Anécdotas, narraciones y escritos alusivos a

César Abraham Vallejo Mendoza

 

EL ESTANDARTERO

 

Esta anécdota fue enviada el día de ayer por el dilecto profesor

Jacinto Luis Cerna Cabrera, con esa especial deferencia que siempre nos privilegia,

como un homenaje al nacimiento del Vate Nacional César Abraham Vallejo Mendoza,

quien nació el 16 de marzo de 1892 y nos comenta:

“… la anécdota más brillante que sobre Vallejo se haya escrito jamás.

Pertenece a Ernesto More.

No he podido enviarle antes porque tenía que escanearla,

y esto me demandó tiempo; pero,

 ¿qué no se podría hacer por rememorar a César Vallejo.

 Allí está, aunque sea un poco tarde.

Hoy es 16 de marzo, creo que la fecha es muy significativa.”.

Cajamarca, 17 de marzo del 2010.

 Comentarios

 

César Vallejo no era muy dado a hacer evocaciones de su juventud. Con la muerte de su madre, se diría que el poeta había decidido no penetrar con mucha frecuencia en ese mundo en el que por fuerza, había de predominar la imagen de lo más querido, y ante la cual el cholo no podía contener sus lágrimas. Se puede decir que para Vallejo no ha habido sino un patrimonio: el recuerdo de su madre. Sin embargo, es preciso no perder de vista aquel recuerdo referido por él mismo, una noche de confidencias, al Corregidor Mejía, a mi hermano Gonzalo y a mí, porque representa algo como una visión profética con imágenes pretéritas de su niñez

 

Era un día de fiesta en su pueblo. Un día de fies­ta en Santiago de Chuco. Campanas, cohetes, bailes populares, toldos llenos de mercaderías abigarradas; plazas atiborradas de multitudes ebrias; arcos hechos con gasas, tules y papeles de colores; a través de los cuales han de pasar las andas transportando al patrón o la patrona del pueblo. Las gentes viviendo horas de recogimiento, unción y borrachera. Dentro de las casas un ir y venir de infinidad de personas con traje nuevo. Especialmente en la casa del alferado, que es un jubileo. Vallejo, como de diez años de edad va y viene; entra y sale. Su ansia no tiene límites. Su inquietud no conoce descanso. En su pecho se han confundido las inquietudes de todos los que participan en la fiesta. Va a la iglesia, da la vuelta a la plaza, vuelve a su hogar, sale nuevamente con su madre a visitar las tiendas y los toldos. El aire tiene olor a cirio, sahumerio y pólvora. A pan del valle, a polleras guardadas y a cañazo. De repente, los repiques se hacen más enérgicos e insistentes. Estallan dos o tres camaretazos, y los bailarines inician sus frenéticos movimientos y contorsiones. Es la hora de la procesión. Sacan las andas en hombros de seis u ocho mocetones cuyo paso no está sincronizado, porque unos han tomado más que otros. Detrás de las andas va el cura, salmodiando, ceñido de una pelliza blanca y de encajes. Junto a él anda el alferado, por cuyo rostro, vidriado de sudor alcohólico, ruedan gruesos goterones que ni siquiera enjuga. Parece hecho de palo. De lloque. Ha sudado todo el año con el trabajo para poder sudar un día como buen alferado. Pero los ojos del cholo no se posan mayormente ni en las andas, ni en el cura, ni en el alferado. Todo ha desaparecido para él en cuanto surge, detrás del cura y del alferado, la figura de un mozalbete apuesto, vestido de alta ceremonia, y con cinta y rosario al cuello. Es el que porta el estandarte. Y el estandarte es un conjunto bordado en oro y con los colores nacionales.

 

Vallejo cuenta que esa figura se le quedó grabada durante muchos años de su niñez. Durante el recorrido de la procesión, Vallejo no habría de separar su vista de él. Terminada la procesión y siguiendo a su padre y a su madre, Vallejo regresó a su casa. Estaba emocionadísimo. No se atrevió a confiar el origen de su emoción sino a su madre, nada más que a su madre. Sólo ella podía hacer que él consiguiera aquello de que se había antojado. Sólo su inmenso cariño era capaz de eliminar todas las barreras que se interpusieran entre su hijo y sus deseos. Vallejo tomó a su madre de las manos, y mirándola con una intensidad que ninguna virgen ha conocido en los ojos de sus fieles, le dijo, le gritó casi: ‘‘¡Mamá!... ¡yo quiero ser estandartero!...

 

Y volviendo hacia nosotros su cara de piedra, entre triste y festivo, como burlándose de sí mismo, Vallejo nos decía: "¡No había nada en el mundo que me atra­jese tanto como el oficio de estandartero!"

 

Ha muerto el cholo, y lo que no sabe él, es que ha llegado a ser el estandartero.

 

 

 

Ernesto More.

De: Vallejo en la encrucijada del drama peruano.


Comentarios:

El Prof. Jorge Wálter Villanueva Cruzado refiere:

 

Al conmemorarse hoy, 16 de marzo un año más del nacimiento del Poeta Peruano César Abraham Vallejo Mendoza, considerado el poeta más trascendente y el escritor más completo; nacido en Santiago de Chuco (La Libertad) cuya vigencia y palabra poética permanece, nos interpela y perdura en un país que necesita aunar esfuerzos de solidaridad, entrega y sacrificio, tal como César Vallejo dio testimonio de su palabra y  obra, tengo a bien compartir esta hermosa anécdota en la que conoceremos un perfil profundo y trascendente en la vida del gran poeta peruano, que gracias a la generosidad del Profesor Jacinto Luis Cerna Cabrera ha llegado hacia nosotros; pero, infinitas gracias a la familia de Ernesto More en la presencia de la distinguida familia cajamarquina Sáenz More.

 

Jorge Wálter Villanueva Cruzado.

 

 

 70 aniversario de la muerte de César Vallejo