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CÁRCELES DEL EMPERADOR: EL AULLIDO DE LOS INOCENTES

Fransiles Gallardo

“Otoño era un fiero puñal en el corazón, sobre todo al caer la tarde, cuando el saxo de David, hecho de papel cometa y un peine, acuchillaba el crepúsculo con sus notas preñadas de melancolía.

La prisión era mucho más prisión cuando sonaba el saxo de David.

Una fuerte opresión devastaba mi alma, mi corazón se sentía estrujada por los flavos sones y las ebrias melodías de un hermoso pasado perdido, unos labios cuya memoria y el fuego no lograban borrar”.

Es el desgarrado trino de un hombre arrancado de la vida”

1 año y 3 meses es un almanaque y tres arrancadas hojas más.

15 meses en presidio siendo inocente, a simple lectura no significa mucho.

450 días entre paredes, acusado sin ser acusado, tal vez no diga demasiado.

10 mil 800 horas continuas de tensión emocional, golpizas y humillaciones, ya sea algo.

648 mil minutos de insultos, escupitajos, simulaciones de ejecuciones y amenazas, diga que algo está pasando

38 millones 880 mil segundos de angustia, degradación y desesperanza, es ua un montón de números.

“Un fiero huracán me arrastró hacia mares de lava hirviente, una explosión sacudió mi cerebro, mi cuerpo fue estremecido violentamente por descargas eléctricas. La locura flotaba en el ambiente, percibía nítidamente el odio irracional de los mastines que me rodeaban en la helada estancia”, sangra en sus escritos el poeta y editor Jorge Espinoza Sánchez en su libro Las Cárceles del Emperador.

Eran los años en que el terrorismo de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso llenaba las calles, plazas y pueblos con coches bomba, asesinatos de dirigentes sindicales, campesinos, policías y soldados. Sendero acorralaba a Lima, la capital.

Tiempos en que las fuerzas armadas contratacaban, contra todo aquel caminante indocumentado, culpable o el que accidentalmente estaba por los alrededores de una explosión o un asesinato.

Las cárceles se llenaros de senderistas confesos y de cientos de los no confesos. Se necesitaban culpables en esta guerra para parar esta guerra.

En las cárceles de la Patria, en el pabellón de los terroristas del penal Castro Castro, los senderistas imponía su propia disciplina, escueleaban a sus huestes, desconocían las órdenes de los carceleros.

Los no acusados sufrían las consecuencias.

Las Cárceles del Emperador, es un libro desgarrador para la arañada historia de un país desangrado que se desangraba con dinamita y balas de fusil.

Cruda en su narración y en su lectura. Terrible como los cuentos de horror.

Real como la locura de aquellos, a quienes la fortaleza abandonó.

- ¡Este es el poeta, este el desgraciado que dirige a los asesinos! -Así que tú eres el jefe del Movimiento de Artistas Populares. ¿Cuándo dirigías la revista Zeta, ya pensabas destruir al Perú?

Relata Jorge Espinoza que las acusaciones de la Policía devienen de los cien mil ejemplares de su relato “Las pirañas del Parque” difundidos entre 1990 y 1992.

Y luego de su detención con una metralleta sobre el pecho, se inicia un itinerario carceril, con muchos acompañantes y desconocidos guías con botas y cachiporras.

Un tránsito por la Dincote y sus 4 días sin moverse parado frente a la pared, la carceleta de Palacio de Justicia y sus apaleamientos y simulaciones de traslado a la nada y el penal Castro Castro con sus miserias y sus sopas de nada con ratas incluidas y un Tribunal Sin Rostro que lo absolvió la mañana del 27 de octubre de 1993.

Jorge Espinoza Sánchez es acusado sin prueba alguna de asesinar al exministro Orestes Rodríguez, de haber dinamitado Canal 2 y de tomar parte en el crimen del general López Albújar y de participar activamente en el atentado de la calle Tarata.

La Fiscalía, su pedido de cadena perpetua y 10 millones de soles de reparación civil en favor del Estado Peruano.

Las heroicas demandas frente a un Tribunal Sin Rostro; quienes detrás de un vidrio blindado, una cortina y deformada la voz, enterraban vida o simplemente los devolvían a las calles de una patria sangrante, sin un “nos equivocamos” de por medio.

La historia de inicia una fría mañana del 25 de julio de 1992 y terminó un viernes 29 de octubre de 1993 a las 11,45 de la noche y el devolver a vida y a la libertad,

Y fueron las 4 de la mañana, cuando los brazos se entrelazaron en abrazos y las lágrimas, el retorno a la antigua casa con la familia, que no perdió la esperanza en una batallar en todos los frentes jurídicos y las arbitrarias situaciones policiales.

Y en la biblioteca, pacientes libros, que se salvaron de la destrucción y la incautación; que por mesas y rincones, esperaban también su liberación.

- “¡Carajo! ¡Qué tal cantidad de inocentes en prisión! Todos los juicios arrojan hemorragias de absueltos luego de varios años en prisión. Puta madre, que mierda es la justicia peruana para encarcelar por las huevas a tanta gente. Carajo que cagada está nuestra patria”- comenta un joven oficial en las puertas del penal Castro Castro.

La presunción de culpabilidad existe. La presunción de inocencia es letra muerta.

Tienes que demostrarle a la justicia que eres inocente. Esa es nuestra justicia injusta.

“Furiosos latigazos de la helada madrugada azotaban nuestros rostros azorados. Los relojes marcaban las dos y diez minutos de la mañana, la máquina rodaba raudamente igual que mis recuerdos.

Atrás quedaba el precipicio que estuvo a punto de devorarme.

Gritaban nuestras miradas y los labios callaban, quería contemplarlo todo, viajaba pegado a la ventana y ante mis ojos se deslizaban las calles en fantástica sucesión de imágenes.

Por allí crucé una mañana con una metralleta en la cabeza rumbo al presidio. La ciudad era la misma, pero mi vida era otra.

-¡Callao, Callao, Abancay, Tacna…suben chochera!

 

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