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Presentación Comentarios literarios
Una habitación muy visitada, en el silencio parece escucharse la lectura de tauromaquia del abuelo Domingo..., También se escucha la respiración de los visitantes con la iluminación dorada de una lámpara y una vela que guardan los secretos escondidos entre las páginas de los abundantes libros de la Casa del Camal. /jcpa . SABÍAS DE LA BIBLIOTECA CIEZA PAREDES Fernando Cieza Paredes La casa del Camal era humilde. No tenía grandes lujos ni muebles elegantes. Las paredes guardaban el frío de las mañanas cajamarquinas y los pisos crujían con el paso de los años. Había días en que el dinero alcanzaba apenas para lo necesario: la comida en la mesa, una manta para el invierno y el esfuerzo silencioso de una familia que aprendía a vivir con dignidad. Pero aquella casa escondía una riqueza que pocos podían ver desde afuera. En uno de sus rincones vivía una biblioteca inmensa a los ojos de un niño. Los libros ocupaban repisas, mesas, cajones y hasta espacios improvisados donde encontraban refugio. Parecía que cada pared tenía una historia apoyada en ella. Había cuentos de hadas, leyendas antiguas, libros de estampas doradas cuyos dibujos parecían abrir puertas a otros mundos. También estaban las novelas de Corín Tellado, las aventuras de Sandokán navegando mares lejanos y las historias de héroes que aparecían en revistas y libros gastados por muchas lecturas. Y estaban también los libros de tauromaquia. Aquellos volúmenes habían llegado desde las manos de mi abuelo, don Domingo Cieza, un lector infatigable. Leía como quien respira. Leía por las mañanas, por las tardes, por las noches. Leía periódicos, novelas, historias, biografías y cuanto papel cayera en sus manos. Los libros sobre toreros ocupaban un lugar especial. Sus páginas hablaban de plazas abarrotadas, de capotes al viento, de valentías y silencios. Para mí eran misteriosos tesoros heredados de un hombre que había comprendido algo fundamental: que cada libro contiene una vida adicional para quien se atreve a abrirlo. La biblioteca creció tanto que llegó un momento en que los libros parecían multiplicarse solos. Aparecían en los dormitorios, en los armarios, sobre las mesas, junto a las ventanas. Entonces surgió una idea familiar: conseguir un sello. Todavía puedo imaginar aquel tampón de tinta marcando una y otra vez la primera página de cada ejemplar. BIBLIOTECA CIEZA PAREDES. Era mucho más que un sello. Era una declaración de pertenencia. Como si cada libro dijera: "Aquí tengo mi hogar". Como si aquellas historias venidas de lugares remotos hubieran decidido echar raíces en una casa sencilla de Cajamarca. Con el tiempo comprendí que aquella biblioteca era nuestra verdadera catedral. No una construida con piedra, vitrales o campanas, sino levantada con papel, tinta e imaginación. Los libros eran las columnas. Los estantes eran las naves. El silencio de la lectura era una forma de oración. Y nosotros, sin saberlo, éramos los fieles de un culto maravilloso: el culto a la curiosidad. Muchas veces tomaba un libro más grande que mis propias manos. Lo abría con curiosidad y trataba de descifrar aquellos signos misteriosos que los adultos llamaban letras. Poco a poco las letras se hicieron palabras y las palabras comenzaron a contarme secretos. Sin que nadie me lo anunciara, sin darme cuenta del momento exacto, aprendí a leer. Recuerdo que los libros me rodeaban como un bosque. Cada lomo era un árbol distinto. Algunos daban sombra, otros aventura, otros preguntas. Yo avanzaba por aquel bosque sin mapa y sin brújula, pero nunca me perdía. Porque quien aprende a leer descubre algo extraordinario: que los caminos más importantes no se recorren con los pies, sino con la imaginación. Cuando llegó el primer día de escuela, descubrí que aquello que para muchos niños era un desafío para mí ya era una puerta abierta. Mientras la profesora enseñaba las primeras sílabas, yo reconocía palabras enteras. Mientras algunos compañeros empezaban a recorrer el camino de la lectura, yo ya había navegado con Sandokán, había conocido héroes, había visitado castillos, había acompañado toreros en plazas lejanas y había conversado en silencio con autores cuyos nombres apenas podía pronunciar. Éramos una familia de recursos modestos. No sobraba casi nada. Pero, visto desde la distancia, comprendo que fuimos inmensamente ricos. Porque mientras muchas casas acumulaban objetos, la nuestra acumulaba mundos. Y los mundos, a diferencia de las cosas, nunca se gastan. Todavía hoy, cuando entro a una biblioteca, siento que regreso un poco a aquella casa del Camal. Vuelvo a ver el sello de la Biblioteca Cieza Paredes, vuelvo a sentir el olor del papel envejecido y vuelvo a encontrarme con la sombra amable de mi abuelo Domingo, caminando entre los libros. Entonces entiendo que algunas herencias no se guardan en cofres ni en cuentas bancarias. Se guardan en las palabras. Y una vez que entran en el corazón de un niño, ya nunca lo abandonan. Cajamarca, 10 de junio 2026.
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