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LA VENGANZA EN LAS ALTURAS DE BOLÍVAR

Escribe Antonio Goicochea Cruzado

- ¡Ay de la casa en que canta la gallina! decía convencido don Atanasio a su hijo Rodomiro al comentar los casos en que la mujer domina en el hogar. Él estaba convencido que la casa debería ser dirigida por el varón, y que la infidelidad de la mujer es lo peor que le puede pasar a un esposo. –Los cuernos lastiman más que un puñal. Pisao y cornudo, lo pior.

Y ahora, luego de la muerte de su padre, de un sorpresivo ataque al corazón; Rodomiro ya sospechaba de la infidelidad de su madre. Su desconfianza creció el día que encontró junto a la cama de su madre un chufrán que antes lo había visto en manos de Fulgencio, es más, aquel aroma de perfume barato, que su madre se lo echaba encima, le hicieron sospechar de los devaneos de su madre con Fulgencio. No supo qué hacer, pensó en increparle a su madre, pero luego pensó que esto lo pondría en evidencia y no podría realizar su venganza.

Se rumoraba en el pueblo que su padre había muerto de infarto al sorprender a su mujer en infidelidad.

-Es mejor que lo vea yo mismo con el hombre traicionero, decía Rodomiro. Un celo profundo le carcomía el corazón, su padre no merecía los cuernos que le pusieron en vida y ahora, suplantado en muerte; tendría que dar su merecido al autor de la deshonra.

Itamara, guardó luto, toda de negro y sin perfumes, tan sólo por dos meses, inusual en esos lugares en que se lo respetaba hasta el “quitaluto” que lo realizaban al año del finado. Otra vez el perfume “Tabú” impregnó los ahora coloridos vestidos de Itamara.

Rodomiro, para salir del lodazal de la maledicencia era necesaria una venganza, que el pueblo la comentara con la misma vehemencia con la que ahora murmura. Y tramó venganza. Ni su Justina, ni su amigo Domingo sabían de su decisión.

Mamá Ita, voy a Bolívar por unas compras, creo que me demoraré una semana.

Espera mi hijo, te prepararé cecinas de chancho, cancha y un capacho de chicha patu viaje.

Con presteza inusual, la madre, preparó el fiambre.

–Toma hijo, que te vaya bien puel camino. Cuídate de los despeñaderos, que los asaltantes están por ahí esperando a los caminantes.

–No tengas cuidao mamita, questaré bien.

-Ni tanto, hijito, tu ojo derecho guiña cuando estás preocupao y hoy está late que late.

- Cálmate mamita, nues nada. Llevo mi revolver porsiaca se presente un bandido.

El día amaneció esplendoroso en Bambamarca, un sol radiante cubría los campos y el poblado.

Rodomiro se colocó el poncho de lana, que lo protegería del frío de jalca; el sombrero de palma, del inclemente sol de la altura; verificó que el tambor del viejo colt calibre 38, que en vida lo usó su padre, esté cargado, se lo colocó al cinto y sobre el hombro la alforja con el fiambre, sin que lo notara su madre, quitó la tranca de la puerta del traspatio. Sin embargo, salió por la puerta de la calle e inició el viaje.

Rodomiro se ajustó el sombrero para que la ventisca no se lo quitara. En un recodo del camino hizo pascana, tenía sed y tomo un poco de chicha, luego comió cecinas y cancha. Se dispuso a esperar la noche.

Las cigarras con su chirriar anunciaban el final del día. El viento hacía gemir a los pajonales. Esperó la noche.

-Es una noche de abigeos, pensaba en silencio, está tan clara que se puede caminar sin cuidau.

Inició el retorno a casa, decidido a todo. Frunciendo el entrecejo y ya sin guiñar se dijo: - ¡Mataré al desgraciau y juiré pa´las montañas!

Por la puerta del traspatio, con sigilo, cual, si fuera un ladrón, ingresó a su casa. Con igual precaución abrió el cuarto de su madre. Una lámpara de querosene llenaba con una luz ámbar un ambiente cuyo silencio era roto por los jadeos de los amantes y el zarandeo de la tarima. La ardiente escena nubló la conciencia del hijo traicionado. Tomó el revólver y gritando se abalanzó en pos de Fulgencio.

-Así quería ampayarte, Fulgencio desgraciao. Jódete traidor.

El amante reaccionó con rapidez ubicándose detrás de la mujer. El estallido de una bala llenó el ambiente y retumbó como un trueno en las laderas de Bambamarca. Un aterrador grito llenó la casa y alrededores. Del pecho de Itamara brotó sangre a borbotones. Rodomiro gritó desesperado:

- ¡No, no mamita, nuera pa´tí! ¡Al desgraciau del Fulgencio quería matarlo! Abrazó a su madre y al momento sintió los últimos estertores de Itamara.

Fulgencio, desnudo, escapó. Rodomiro con el cuerpo inerte de su madre en sus brazos lloraba como un niño. El fracaso y el sentimiento de culpa lo paralizaron. Se sentía desgraciado. Abrazado a su madre lo encontraron los vecinos y la policía que había sido alertada por ellos.

Corcino, el policía recién llegado a la ciudad, se apresuró a detenerlo. Rodomiro, fuera de sí, en silencio, se dejó apresar.

-Te jodiste güevón. A una madre no se le hace eso.

Después de que se le tomó las generales de ley, Corcino fue recluido en una oscura y húmeda celda del puesto policial.

Corcino Sifuentes, hacía poco que había llegado a Bolívar y luego derivado a Bambamarca, por haber roto el fémur y dejado cojo a un abigeo después de una feroz paliza, sus colegas comentaban que no es el único juicio que se le seguía y que sólo influencias políticas lo habían salvado de la baja.

En el puesto policial, Corcino Sifuentes, que tenía el turno de guardia, recibió la comida que para Rodomiro había preparado con dedicación Justina. La llevó al calabozo y entregó el atado al preso. Rodomiro desató el calentito envío y un aroma a cecinas de venado inundó el ambiente, fue en ese momento que el policía, volvió a ser lo que era: el abusador de siempre, le quitó la comida y se la tiró a la letrina. El preso quiso protestar, pero su situación de inferioridad lo hizo resignarse. Aquel día no comió.

Cada vez que Cloromiro tenía turno, Rodomiro sufría las torturas del policía que a veces incluía baños de agua fría.

-Jódete cojudo, el juez tomará tu caso y te pondrán treinta calendarios por lo menos.

-Algo malo has hecho pegalón, cuando te han mandado por estas tierras. Le increpaba Rodomiro, que solo lo que todos decían:

- Todos los guardias que vienen a estas tierras es porque algo malo han hecho y son mandados acá por castigo.

Rodomiro, ante los abusos se propuso escapar. Lo que está para suceder, sucede: El policía con unos amigos estaba celebrando, con todos, la fiesta patronal de Bambamarca y bebían calientitos, fumaban y chacchaban coca, descuidando al preso. Estaban borrachos, tanto que quedaron dormidos con la radio funcionando a todo volumen, allí el locutor comunicó un flash: Los ronderos del valle, recuperaron los cuerpos de los náufragos de la balsa que tragó la muyuna del río Marañón, entre los cadáveres está el de Fulgencio Chihuala, -La justicia divina, llegó, ya murió el desgraciau, y no pude realizar mi venganza, dijo con resignación.

Aprovechando la situación Rodomiro, con la venganza en mente, puso manos a la obra en su escape.

La celda era un cuartucho de adobe, de paredes húmedas producto de las lluvias continuas, el desnivel respecto del terreno colindante y de la poca protección que le daba un techo de paja. Aunque ya había pasado la época de lluvias, las paredes seguían tan húmedas que un vaho fungoso inundaba la estancia.

Con la cuchara y el plato de fierro enlozado con que Justina le había alcanzado la comida, empezó a raspar la pared. Se sorprendió de la facilidad con la que cedía al arañado, en el piso se iba formando un cúmulo de tierra marrón, siguió así hasta horadar la pared y ver la lumbre que se colaba del patio de doña Ordalia Chihula. Siguió raspando y agrandando el agujero hasta que pudo pasar por él. De este traspatio pasó a un corral de ovejas y allí se encontró con Domingo Rivera. Después del efusivo abrazo con el amigo de infancia, le contó de las torturas de que había sido objeto y que huiría a las cuevas de Intimachay, le encargó que dijera a la Justina que por allí paste sus ovejas en esta temporada para que cuando le alcance los alimentos nadie sospecho de su presencia. Después de decirle de cómo sería su venganza, se fue.

Al día siguiente el jefe de línea de la Guardia Civil, el teniente Rudecindo Bravo, dispuso la reclusión de rigor de Corcino y le inició un proceso por negligencia. El dejar escapar un preso lo hacía culpable y sospechoso de complicidad, lo que significaba que se le cerraban las puertas de futuros ascensos. Sifuentes, juró apresar al fugitivo a como diera lugar.

Terminados los días de rigor, Sifuentes realizaba, todos los días, rondas de pesquisa con la finalidad de dar con el paradero de Rodomiro. En una de ellas detuvo a un lugareño con un alijo de pasta básica de cocaína, al que debió conducirlo a la dependencia policial. Camino al puesto policial el apresado declaró ser encargado solo del transporte de la droga, por lo que ofreció una pequeña coima; como el policía no aceptaba el trato, le dijo, ladino, saber dónde se escondía el preso que se le había escapado del puesto si es que lo dejaba libre. El policía escuchó con impaciencia.

-Rodomiro está escondido en Atojmachay de las laderas de Intimachay. Todos los días la Justina le lleva su comida. En la entrada de la cueva deja que se veya un sombrero. Es la señal que está ahí y quella puede entrar.

Aceptado el trato, Sifuentes, sin conocimiento del teniente Bravo, se hizo acompañar de un policía y con el delator partieron rumbo a las cuevas Atojmachay.

-Domingo, estas esposas te mantendrán tranquil. Si lo que dices es mentira te empapelaré y te mandaré adentro por mucho tiempo.

Ya cerca de Intimachay, en una pequeña cañada, de entre las rocas salió un disparo que tumbó de la mula a Corcino Sifuentes. Cuando el otro policía se disponía a sacar su pistola de reglamento, se escuchó:

-Si quieres vivir, pon las manos en alto y salta de tu mula.

Tirado en el camino estaba Corcino, a su lado tiritando de miedo el otro policía.

Apareció Rodomiro con una carabina 30-30, gritando…

-Si quieres vivir, tira la pistola y juye, que si denó, te mato.

El policía, inició la retirada. En un recodo del camino, Justina, revolver en mano vigilaba la cobarde retirada.

Rodomiro, golpeando los grilletes con una piedra sobre otra, libró a Domingo, al que abrazó con fuerza.

-Gracias manón, la hiciste bienazo.

Dirigiéndose al caído, Rodomiro, le propinó un puntapié en la cara. El policía imploraba perdón, juraba que no volvería hacerlo ni con él ni con nadie. Como respuesta recibía más golpes. Otra patada y le rompió las costillas. Un golpe con la culata de la carabina, le rompió la pierna derecha.

Corcino estaba convertido en una piltrafa humana.

- ¡Mátame, ya, imbécil de mierda! Gritaba desesperado Corcino.

-Sufre, como yo sufrí. Jódete hijoeputa.

Mientras el policía se debatía en dolores sin límite, Rodomiro, pidió a su fiel amigo Domingo, que retornara al pueblo, a escondidas, como si no supiera nada de lo sucedido.

Rodomiro y Justina, satisfechos, aprovechando las dos mulas de los policías, emprendieron un trajinar que los llevarían por las montañas de Moyobamba, donde al amparo de la lejanía y poca presencia estatal labrarían su futuro. Satisfecho de su venganza, acicateó a las acémilas e iniciaron el viaje, dejando al moribundo tirado en el camino.

Después de unos momentos que le parecieron siglos de sufrimiento al policía Sifuentes, en caleidoscópica visión se le aparecieron el abigeo con la pierna rota, la hija de la dueña de la pensión, desgarrada; las coimas recibidas de los abigeos y, todos sus abusos cometidos. Corcino, que se retorcía de dolor intenso dejó escapar por la boca, ya sin dientes, un borbotón de sangre que fue a mezclarse con el polvo del camino, débiles estertores sacudieron su cuerpo y, dando un último suspiro quedó con los ojos abiertos al infinito.

En el camino, la sangre coagulada reflejaba un sol resplandeciente.

 


 

“LA VENGANZA EN LAS ALTURAS DE BOLÍVAR”

Comentario

CONSUELO LEZCANO RUIZ

 

He tenido la satisfacción de recibir, del autor Antonio Goicochea Cruzado la versión original de su cuento reciente y tendré mucho gusto en elaborar el comentario que me solicita. Todos sabemos que es un poeta y escritor, nacido en San Miguel de Pallaques. Su pluma literaria fecunda, ágil y amena, es incansable. Es muy hábil para llegar a su público receptor, especialmente a la niñez y juventud, escribiendo relatos breves que conllevan reflexiones éticas y morales.

El presente cuento, de trasfondo policial, nos relata una historia, de esas tan comunes en el presente siglo tan vapuleado con la falta de valores y un afán sin límites de vivir todo tipo de aventuras solamente llenas de emoción y disfrutes circunstanciales, que, a la corta o a la larga, desembocan siempre en desgracias y lamentaciones fuera de tiempo y lugar.

Si para un esposo la infidelidad de quien eligió como esposa es terrible, igual o más ocurre –o peor– para los hijos darse cuenta que su madre carece de valores y se enloda en una traición así. La venganza, así, brota de por sí, pero no por culpa sólo del hombre sino de ambos protagonistas. Pero hay más, porque nunca son solamente dos sino hay más, según sea el número de los que acompañan a esa familia formada o que son tocados, aunque por fugaz contacto, con la lujuriosa historia contaminada y de los que, de casualidad, son tocados por ella y luego arrastrada a las tinieblas del infierno.

Cuento breve pero narrado con los detalles suficientes para ver como en película esa tragedia múltiple en los renglones de Antonio Goicochea. Felicitaciones por su acertado trabajo.

Cajamarca, 30 de enero 2023.

 

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