XI ENCUENTRO NACIONAL DE ESCRITORES  

“MANUEL JESÚS BAQUERIZO”

 

Homenaje a los creadores cajamarquinos

Cajamarca – Perú, 14 al 17 de noviembre de 2012

 

Presentación     XI Encuentro "Manuel Jesús Baquerizo”

 

 

CONFERENCIAS Y PONENCIAS

 


 

UNA BREVE REFLEXIÓN SOBRE EL PLACER DE ESCRIBIR

 

Jorge Pereyra

Cajamarca, 17 de noviembre de 2012

 

No existen más que dos reglas para escribir: la primera es tener algo que decir, y la segunda  saber cómo decirlo.

Todo escritor siempre debe expresar grandes cosas mediante pequeñas palabras. Y, lo más importante: el narrador debe conservar invariablemente su asombro y sus ojos de niño.

Esto último es sumamente imprescindible porque la creación literaria es un viaje a la verdad, pero atravesando el reino de la fantasía y la mentira.

Por otra parte, para escribir bien, primero hay que leer bastante pues uno no vale por lo que escribe sino por lo que ha leído. Hay un proverbio árabe, muy cierto, el cual señala que los libros, los caminos y los días le dan al hombre sabiduría.

Ahora bien, respecto a la rigurosidad con que se escribe un libro, éste siempre debe construirse con la minuciosidad de un artificio de relojería, y venderse como un plato de frito con cebiche.

La novela y el cuento son dos géneros diferentes. A decir de Hemingway, en la novela el escritor gana por puntos, pero en el cuento se impone por knock-out. Yo añadiría que la novela es surcar mar adentro en un transatlántico, en tanto que el cuento es ir de caleta en caleta y pegado a la orilla.

Escribimos para recrear, a nuestra manera, nuestra vida y la de los demás. Y al hacerlo le robamos vida a la muerte. También escribimos por el anhelo egoísta de perpetuar nuestra voz.

Los lectores necesitan que el escritor les cuente historias para olvidar o cambiar las suyas, porque la literatura no es más que un hermoso sueño dirigido. Además, cuando se escriben historias la imaginación y la memoria se confunden a menudo. Por eso, hay que escribir conforme se va viviendo y recordando.

Al escritor siempre se le exige originalidad. Pero el escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar.

Después del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre. Y, en lo que concierne al placer que nos regala un libro, Borges siempre imaginó que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca. Pero es más que eso: un libro es el recipiente donde está contenida la melodía del universo. Y también alberga el sentimiento que le sobra al corazón y nos sale por la mano.

De otro lado, yo escribo para quienes no pueden leerme: los de abajo, los vulnerables, los que no saben leer o no tienen con qué comprar un libro.

 

¿Y POR QUÉ ESCRIBIMOS?

Leemos para no sentirnos solos. Y escribimos, paradójicamente, sólo cuando estamos solos.

Se escribe lo que se recuerda, lo que no se quiere perder y a través del texto siempre pretendemos recuperar lo que hemos perdido.

El arte de escribir consiste en repetir cosas ya dichas, y en hacer creer a la gente que las está leyendo por primera vez.

Quizá en el fondo el motivo por el cual escribimos es parecido al motivo por el cual nos desnudamos ante una mujer: para lograr el máximo contacto, la menor mediación posible. Siempre escribimos para otro u otra. Y al escribir nos dejamos ver, nos exponemos y nos volvemos vulnerables.

Escribimos para comunicar lo que amamos y lo que odiamos, lo que creemos y lo que desconfiamos, y para descubrir lo que pensamos.

También escribimos para ganar poder, para unirnos a algunos y marcar distancia con otros.

A veces escribimos para iluminar, y otras veces para oscurecer. Escribimos para divertirnos y jugar con el lenguaje, para atacar, para lastimar, o para trasmitir nuestro dolor.

Escribimos desde nuestra vida, como Marcel Proust, o desde otras escrituras, como Jorge Luis Borges o los trágicos griegos.

En el proceso de escritura y lectura, quien debe mantener el control es el escritor. Si el escritor pierde el control del proceso, la comunicación colapsa. Hay un pacto entre el escritor y el lector, por el cual éste le cede al primero el derecho a conducirlo por un mundo de improbabilidades ficticias. La suspensión de la incredulidad del lector tiene, sin embargo, un límite, y es bordeando ese límite que trabaja el escritor.

Algunos sostienen que para escribir hay que pensar. Pero también es cierto que para pensar hay que escribir.

Es posible que las conexiones nerviosas entre los dedos y el cerebro funcionen en ambos sentidos. Y que si el cerebro envía instrucciones a los dedos para escribir, puede ocurrir igualmente lo contrario.

Hay que escribir muchas veces mal para aprender a escribir bien.

Las únicas palabras que merecen existir son aquellas que son mejores que el silencio. Por eso, cuando escribo me pregunto: ¿estas palabras son mejores que el silencio?

Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualquiera de ellas, y a veces una, puede suplir la falta de las otras dos.

En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi siempre la misma importancia que las tres últimas.

 

Escribir es una forma de reconocerme. Es el resultado de insólitas sesiones en las que soy el paciente y el sicoanalista en uno solo.

Los románticos creían que la voz que quedaba en sus textos era la suya propia. Pero yo sé que quien habla en mis textos es un personaje de ficción, que trata vanamente de imitarme, que intenta incluso de hacerse pasar por mí mismo, disfrazándose con mis trajes. A veces trata de engañarme, pero no lo consigue nunca. Sé que su verdad es el reverso de mi mentira.

Yo lo trato como a uno de esos fetiches de magia negra, a quienes los brujos clavan alfileres para producir dolor en sus enemigos. Pero en mi caso, en vez de clavarle alfileres, yo se los quito. 

Hay quienes afirman que escribimos para matar al tiempo, antes que el tiempo nos mate a nosotros. Pero yo considero que en realidad no queremos matar el tiempo. Todo lo contrario, queremos detenerlo, queremos aprisionarlo entre nuestros reglones. Tomarlo por sorpresa y forzarlo a que se quede estancado en nuestras páginas el resto de su vil existencia.

Por otra parte, el impulso más íntimo del ser humano es perseverar. Queremos inmortalidad, trascender, que la mente logre lo que el cuerpo anhela: existir después de morir.

Pero no es sólo eso. Escribimos porque queremos jugar, aunque sea en una forma burda y sencilla, en una manera básica y cotidiana, a ser Dios. Sentir el poder de la creación y la destrucción, de la venganza y la justicia, el poder de infringir dolor y a su vez obrar milagros. O para decirlo de otro modo, y citando a Vargas Llosa: “escribimos para estar en paz con nuestros demonios interiores”. Borges decía que él escribía para sí mismo y un grupo selecto de amigos. En tanto que el rumano Cioran usaba la escritura para remediar de alguna forma su insomnio crónico y postergar el suicidio para la noche siguiente.

Hay muy pocas reglas para escribir un buen poema, una buena novela o cuento. Lástima que nadie las sepa. El último que las sabía, antes de morir, las escribió en un papel, lo metió en una botella y luego lo arrojó al mar

 

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