CANTARES DE MUJER

 

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César Vallejo

CÉSAR VALLEJO MÁS VIGENTE QUE NUNCA

 

                Un día como hoy Santiago de Chuco extendió banderas para recibir a su genial y humanismo hijo, CÉSAR VALLEJO MENDOZA.  El fogón de su casa arde, el árbol de capulí resume la nostalgia del mundo, las pepitas ruedan entre las piedras, la tierra apretada, las recibe entre sollozos, ayes, por los muertos adocenados bajo el puente, entre el cielo y la tierra.

         ¡El dolor no para de crecer a cada rato!  La olla vacía hierve cicatrices de una Patria dividida en círculos sociales y los cadáveres hay siguen muriendo en la puerta de la salud, en la esquina agotada sin poder respirar, en la cama donde la vida se aleja rotunda y miserable.  Un gorrión canta el miserere al filo del cajón, donde yacen los restos de la esperanza rota, corroída por las circunstancias.

         Arrastrando sus pobrezas, el barbijo descansa bajo la garganta, agotado de tanta insana miseria.  Flagela el viento, escupitajo de virus que, asentados en los pulmones, digieren su fiereza, la temeridad de su castigo que avanza hacia el pecho y explota el dolor, en la manzana envenenada por las brujas que roen su cáscara y su alma.

         Escupe el hombre su miseria, mientras el grito se ahoga en el precipicio de la duda.  Trepa su aliento por las paredes de los hospitales, por las callejuelas oscuras de la redención a sus culpas, por el puquio negro y profundo de la muerte.  Suenan las trompetas, la gloria eterna está llena de humo irrespirable.  El hombre cae en su lecho y sigue soñando con la vida. “Dios mío, estoy llorando el ser que vivo” “Dios mío y esta noche sorda, oscura…”

         La madre teje sus tristezas, luego de haber enterrado al hijo, quien rodaba con ternuras en su regazo cansado.  Limpia su cabeza yerta, de los negros piojos que fueron trasgrediendo sus anhelos, sus ganas de volver a trepar el mundo, con las manos abiertas hacia el cielo límpido de la mañana.  Se le agotó el rocío de sus ojos, sólo quedó el invierno crudo, apostado en sus entrañas, de las cuales parió el hijo que ahora entierra en su guarida de adiós, de repente, de olvido. “Las muertas / almas, las que, cual nosotros, / cruzaron por el amor, / con enfermos pasos ópalos, / salen con sus lutos rígidos / y se ondulan en nosotros/”

         Un plato vacío en la mesa grande, los tristes ojos mirando si alguna multiplicación de panes y de peces amanecerá en aquel plato sufriente de vacío eterno.  Las manos aplauden para no morir, cierran los ojos y caminan entre la multitud, que como ellos, buscan la mesa de panes y de peces para estar desayunados todos.

Cajamarca, 19 de marzo 2021.

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