EL PASEO DEL BURRO

 Por Jorge Pereyra Terrones*

SUCEDIÓ EN LA ÉPOCA CUANDO LA SUPERFICIE de la Luna aún era virginal, y las noches en Cajamarca solían ser sumamente fantasmales y aburridas. No había televisión y menos aún videojuegos. Pero, a veces, ocurrían cosas muy misteriosas e interesantes. Lo único que nos quedaba, entonces, era visitar furtivamente las casas de nuestras enamoradas para robarles unos besos, amparados en las densas sombras de la noche, o empinar el codo en alguna de las tantas cantinas de mi pueblo.

            Pero esa noche tenía algo de especial y flotaba en ella el presentimiento que algo maravilloso iba a ocurrir para sacarnos de la rutina. Celebrábamos el primer mes de la apertura de la cantina “El Cid”, de propiedad de nuestro buen amigo el Negro Lucho. Y, con tal motivo, las botellas de cerveza estaban a mitad de precio. La mayoría de nosotros éramos mozalbetes, frisábamos las edades de 16 o 17 años y este bar era uno de los pocos lugares en la ciudad donde nos permitían beber alcohol pese a ser menores de edad.

            Después que despidieron a los últimos parroquianos y arrojaron a la calle a dos borrachos pendencieros que discutían airadamente, sólo quedó en un rincón un borrachito que se había quedado dormido sobre la mesa, y también muy cerca de la barra un pequeño grupo de ocho personas, todos amigos entrañables del propietario del flamante bar.

            El lugar era espacioso, de un solo ambiente, en el que cabían unas doce mesas con sus respectivas sillas. El sonido, causante del insomnio crónico de los vecinos, provenía de una potente rocola de la que se derramaba a borbotones la aterciopelada voz de Nelson Ned,  el “Gigante de la Canción”:

            “En un mundo tan ingrato, sólo tú amada amante, lo das todo por amor…”

            De las paredes colgaban almanaques y afiches eróticos de compañías de cerveza con hermosas mujeres casi calatas que nos miraban coquetamente, nos invitaban a beber y soliviantaban nuestra temperatura hormonal. En la pared del fondo, las cajas plásticas de cerveza se apiñaban una sobre otra hasta llegar al techo formando una especie de muro.

            Las botellas de cerveza circulaban de mano en mano, el abridor las decapitaba con espumosa crueldad y la alegría grupal era bulliciosa, dinámica y contagiosa. Los chistes, chascarrillos y comentarios ingeniosos menudeaban entre los presentes.

            Pero sólo el Negro Lucho ponía la nota discordante: se quejaba que, a dos cuadras de allí, el dueño del bar “El Guachi” le estaba haciendo una competencia desleal con chismes en los que se afirmaba que el Negro adulteraba los tragos cuando los clientes ya estaban pasaditos de copas o que les llenaba la mesa con botellas vacías inmediatamente después que se quedaban dormidos. Naturalmente, estos chismes eran mortales para la salud económica del negocio, pues los únicos bares que atendían en la madrugada eran “El Cid”, “El Guachi” y “El Ojo Duro”.

             — ¡Vamos, Negro, deja ya de quejarte como una vieja y tómate un trago! —le increpó el Caruco Gálvez—. No te preocupes por lo que dice el Guachi. Tú sabes que él respira por la herida ya que le estás quitando la clientela.

            Y la rocola también quiso terciar en la conversación.  La voz varonil y romántica de Roberto Ledesma se apoderó por un momento del local:

            “Allí está la pared, que separa tu vida y la mía…”.

            — Negro, tiene razón el Caruco, mejor olvídate ya de ese huevón y mas bien brindemos por el primer mes de funcionamiento del mejor bar de Cajamarca —terció el Shusho Pajares, mientras llenaba de modo rebosante los vasos de cerveza de todos los presentes.

            La sensual voz de Silvana Di Lorenzo llenó el silencio por unos segundos como una caricia:

            “Palabras, palabras, palabras… Palabras, palabras, palabras… Tan sólo palabras hay entre los dos”,

            — ¡Salud, pues, carajo!¡Brindemos por la amistad y por el amor! —bramó el Negro Lucho, al tiempo que secó de un golpe su vaso de cerveza.

            — ¡Cállate, negro marica. Si a ti ya no se te para! —gritó balbuceante el borrachito que se había quedado dormido en una esquina.

            El Negro se puso azul de cólera, se rascó un huevo y le advirtió echando chispas por los ojos:

            — ¡Una más, Chiqui de mierda, y te boto a la calle.

            “Soñar, la Luna me hace soñar…”, cantó con voz aguardentosa el Chiqui y otra vez se quedó dormido sobre la mesa.

            Todos reímos con la ocurrencia y desenfado del Chiqui y luego apuramos hasta la última gota de cerveza lo que quedaba en nuestros vasos. El Negro Lucho, siempre atento a cualquier detalle, puso más botellas de cerveza sobre la mesa y también trajo dos cajetillas de cigarros “Ducal” y una talega con hojas de coca para que chaccháramos con el deleite de un auquénido. Mientras tanto, las risas se mezclaban con los más picantes chistes y chismes. Y, de rato en rato, surgían nuevamente los brindis por el bienestar del bar y de su propietario. Todo era alegría, música y juventud.

            De pronto, el Flaco Vela, a quién apodábamos “coshpín con bigote” y que era un poco mayor que nosotros, me miró fijamente y luego soltó una pregunta como quien suelta una culebra venenosa en medio de un grupo:

            — Dime Loquito… ¿Y a ti por qué te gusta la poesía y también jugar con las palabras?

            La pregunta me tomó por sorpresa, bebí un trago, aspiré una buena bocanada de humo y repuse con voz pausada y firme:

            — Mira Flaquito… Es que a veces la vida es una lluvia de mierda y el mejor paraguas es la poesía. Desgraciadamente, Dios ha creado muy poca poesía y demasiados poetas.

            Todos rieron con mi ocurrencia y hasta el Negro Lucho esbozó una sonrisa. Pero el Flaco Vela volvió a la carga:

            — ¿Sabes qué, Loquito?... A mí también me encanta leer para culturizarme. Hoy leí en el periódico una frase de un filósofo inglés, que también es sastre, y que me gustó mucho. La frase señalaba que “la felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace”.

            — Flaco, no es sastre. Su apellido es Sartre y es un filósofo francés. Una vez, un libro suyo, “La Nada”, le cayó en la cabeza al Negro Lucho y por eso quedó como está.

            — ¡Conmigo no te metas, Loco de mierda, porque te meto un cocacho y te quito la locura a golpes! —bramó el Negro mientras los demás se desternillaban de risa.

            — Mi querido Negro, no pretendas quitarme la locura porque ella es la única vacuna contra la mediocridad. Pero tienes todita la razón. Soy un terrible hablador. De modo que discúlpame porque siempre cae más rápido un hablador que un cojo. —respondí con humildad y un poco más conciliador—. ¡Pero no te molestes! Sólo estaba tratando de animar la reunión. No olvidemos que la risa es una victoria pasajera sobre la vida y la muerte.

            — En eso sí tienes toda la razón, Loquito —sonó más tranquilo nuestro barman y amigo—. ¡Salud, carajo, por la vida, el amor y la amistad!

            En el otro extremo del salón, el Chiqui abrió un ojo, quiso volver a decir algo, pero se quedó nuevamente dormido.

            Una punzada en el bajo vientre me advirtió que ya era el momento de levantarme e ir al bathroom  a “regar las margaritas” pero un cartelito colgado en la puerta del baño, en el que se leía “MALOGRADO”, me hizo desistir de mis propósitos. Entonces, a viva voz, le grité al Negro, que se hallaba detrás de la barra:

            — ¡Oye, Negro, y ahora dónde mierda vamos a desaguar. Tu baño está malogrado!

            — ¡Pues mea a la vuelta de la esquina, allí en la calle angosta! ¿O tienes miedo y quieres que te acompañe?

            — ¡Lo que quieres es tocarme la pieza, Negro maricón…! — dije casi a gritos, y saliendo rápidamente del local, mientras el Negro me arrojaba el trapo con el que limpiaba y secaba las mesas.

            Una vez afuera, en la calle, casi me caigo de espaldas por lo que vi. La luz de la Luna, en esa época, iluminaba mucho más que el débil alumbrado público de Cajamarca. Y por eso, supuse que debía tratarse de una alucinación causada por los tragos, por el chacchado de las hojas de coca o por la escasa luz que otorgaba un tono fantasmal a todos los objetos que a esa hora existían en la calle. Me restregué los ojos, pero la misma imagen seguía tercamente allí y a escasos metros de la puerta de la cantina.

            — ¡Puta madre…! ¡Qué mierda es esto! —me escuché decir a mí mismo—. ¡Pero si se trata de un burro muerto que lo han dejado sentado y apoyado contra la pared! ¿Quién chucha lo habrá botado aquí?

            Y, sin pensarlo dos veces, entré nuevamente en el local como alma que lleva el diablo y profiriendo fuertes gritos:

            — ¡Negro, negrito!... ¡Hay un burro muerto allá afuera!

            El Negro me miró con sorna, se rascó el otro huevo, esbozó una sonrisa cachacienta mientras brillaba su único diente de oro y me contestó más rápido que escupitajo de trompetista:

            — Sí, cojudo. Y seguro que quieres que le corte la verga para que te la metas en el culo.

            — No, hablo en serio, negrito. No es broma… ¡Hay un burro muerto allá afuera!… ¡Síganme y se van a convencer con sus propios ojos! —repuse con tal convicción que todo el grupo me siguió a la calle casi en estampida.

            Estando ya en la calle, todos formamos un semicírculo junto al desgraciado jumento. El animal tenía los ojos brillosos y abiertos y parecía querer contarnos por qué lo habían arrojado cerca de la puerta del bar “El Cid”. Naturalmente, las exclamaciones de sorpresa y asombro no se hicieron esperar:

            — ¡Carajo, es la primera vez que veo algo parecido! —dijo sin tartamudear el Ju-ju-lio Chávarri.

            — Sólo un hijo de puta o un enfermo del alma pudo haberse atrevido a hacerle una salvajada a este pobre animal —señaló indignado el Chochoca Rojas.

            — ¡El que hizo esto lo ha hecho para joderme! Tienen que ayudarme a mover este burro hasta la calle de arriba para que no me impongan una multa —resumió rápidamente el Negro Lucho.

            — No jodas, Negro. Puede que sea brujería lo que te han tirado, y si lo tocamos a lo mejor nos convertimos en sapos —acotó el Chiqui que se había despertado con el barullo y se había unido al grupo.

            — ¡Chiqui, tú hace tiempo que ya te has convertido en un sapo dormilón! —gruñó el Negro volviéndose a rascar un huevo—. ¿Es que nadie me va a ayudar a librarme de este burro?.

            “Amor de cabaret que no es sincero... Amor de cabaret que se paga con dinero”, seguía sonando con fuerza la Sonora Santanera en el interior del local.

            Después de un largo silencio, volvió a retumbar la pregunta del Negro Lucho:

            — Bueno, pues… ¿Me ayudan o no?.

            En ese momento, se me prendió un foquito en el hemisferio derecho del cerebro y supe que gracias a este inesperado acontecimiento podíamos beber gratis toda la noche si prosperaba el plan que se me acababa de ocurrir.

            — Por supuesto, negrito, pero con sus respectivas chelas para remojar la garganta. Tú sabes que el esfuerzo de cargar al burro puede sofocarnos y necesitamos un precalentamiento alcohólico —susurré casi con la suavidad persuasiva de un predicador evangélico—.

            — Está bien. —dijo el Negro—. Si me ayudan a botarlo en la calle de arriba, les convido media caja de cervezas.

            Y fue después de su asentimiento que le asesté la estocada final:

            — ¿Y cuánto nos darías, negrito, si llevamos el borrico y lo dejamos en la puerta del “Guachi”, tu más acérrimo competidor?.

            Los ojos del Negro Lucho se agrandaron como platos, unas malignas chispas de maldad bailaron en el fondo de sus pupilas y respondió más rápido que pedo de pulga:

            — ¡Puta, Loquito, esas son palabras mayores! ¡Pero qué buena idea se te ha ocurrido! —señaló casi babeando de felicidad—. Si hacen eso… les ofrezco una cajita de cervezas por cortesía del bar “El Cid”.

            Todos aplaudimos el noble gesto del Negro y nos dispusimos a ejecutar el traslado del jumento.

            “Camino del puente me iré a tirar tu cariño al río…”, la gruesa y varonil voz de Roberto Ledesma seguía saliendo de la cantina como largas serpentinas de carnaval.

            El Negro cerró su local y luego se puso a la cabeza del grupo mientras silbaba feliz una melodía desconocida. Un poco más atrás, seis palomillas cargaban al asno, yo llevaba al hombro la caja de cervezas y el Pototo Verástegui tocaba la guitarra. Parecía, bajo la luz de la Luna, un alegre y absurdo cortejo fúnebre. Hicimos el trayecto en medio de bromas, pero bien sabíamos que si la policía nos pillaba iba a ser muy difícil explicar qué hacíamos a esa hora con el cadáver de un pollino. De pronto, al acercarnos a la puerta del bar más odiado por el Negro, como si hubiéramos obedecido a la batuta de un invisible director de sinfónica, todos nos callamos de golpe. Y allí entró a funcionar la segunda parte de mi plan. Casi como cuchicheando, le pregunté al Negro:

            — ¿Qué te parece, negrito, si en vez de dejar el burro en la puerta, lo ponemos adentro y lo acostamos sobre la mesa de billar que está al fondo del local?... Pero eso te va a costar otra cajita más.

            El Negro volvió a sonreír como el Guasón y otra vez danzaron las chispas malignas en el interior de sus pupilas. Y su respuesta no se hizo esperar:

            — Ustedes saben que no hay nada que me haría más feliz, pero ya les regalé una cajita. Y sólo tengo dinero para pagarles media caja más allá adentro. De manera que lo toman o lo dejan…

            No quise presionar más a nuestra suerte, de modo que aceptamos su oferta y nos preparamos para entrar al interior del local con borrico y todo.

            El bar “El Guachi” consistía de cuatro habitaciones en línea que se comunicaban entre sí y cuyas puertas cerradas daban a la calle con un pequeño tragaluz en la parte superior. En la primera habitación, casi en penumbras, estaba la barra, un par de mesas y hacia un costado dos cuartitos que fungían como reservados. En la segunda y tercera habitación había dos mesas de billas con sus respectivas bancas para los espectadores. Y, finalmente, al fondo del local, la cuarta habitación tenía una mesa de billar que casi nadie usaba y estaba por lo general a oscuras. La puerta principal del negocio quedaba en la segunda habitación. Y cuando uno ingresaba al local se dirigía hacia la derecha con dirección al bar o hacia la izquierda donde estaba la segunda y tercera mesa de billas y luego la mesa de billar.

            La mitad del grupo, a cargo del burro, esperaba pacientemente escondido detrás de la esquina, mientras el Negro Lucho y cuatro de nosotros golpeábamos reciamente la puerta del bar. Después de algunos minutos, el Guachi abrió la puerta y mirando hacia ambos lados preguntó con voz zalamera:

            — ¿Cuántos son chochitos…? ¿Son cinco nada más? Pasen y que el último cierre la puerta.

            Y diciendo esto se dirigió nuevamente hacia la barra. El Negro y otros tres lo siguieron para pedir una media caja de cerveza, en tanto que el quinto se fue hasta la esquina para avisarles a los demás que no había moros en la costa y que ya podían meter al jumento en el local. Lo que quedaba del grupo, con una rapidez y sigilosidad tipo comando, se dirigió entonces hacia el otro extremo del local para depositar al animal sobre la mesa de billar. Lo acostaron tan suavemente que parecía que dormía plácidamente y después de lanzarle una divertida mirada se dirigieron raudamente hacia la barra pues el esfuerzo les había causado una sed beduina.

            El Negro era el más feliz de todos y reservó una mesa para el grupo que había participado en el cortejo fúnebre y, al poco rato, nos encontramos otra vez alegres y dicharacheros brindando por todo lo que se brinda cuando uno se entrega a los disipados placeres de Baco.

            — ¡Amigo, Guachi, aparte de esta media caja que le he pedido, también quiero que nos prepare unos frijolitos bien picantes de esos que sólo usted sabe hacer. Y además quisiera saber cuánto me va a cobrar por esta caja que he traído de afuera! —preguntó el Negro como gallo en corral ajeno—. Estamos celebrando el cumpleaños del Loquito porque hoy es el Día de los Animales.

            Todos rieron jocosamente, inclusive el mismo Guachi, quien repuso de inmediato:

            — ¡Pero cómo le voy a cobrar, mi querido negrito, si somos colegas y además estamos en el mismo negocio! ¡Págueme tan sólo por la media cajita que ha pedido y no se preocupe por la caja que ha traído!.

            El tiempo siguió su marcha y se fue haciendo más viejo. Y nosotros mientras más cervezas bebíamos, más alegres nos volvíamos. De pronto, como salido de la nada, el Chiqui arrastró una silla y se integró al grupo, no sin antes decir:

            — ¡Carajo, no me miren mal y sírvanme un trago! De lo contrario, le cuento al Guachi que le han metido un burro muerto en el salón del fondo…

            El Chiqui sabía muy bien que nos tenía a todos agarrados de los huevos. Por eso cuando nos dijo que en esta palomillada él era un cómplice más, todos lo miramos con resignación pero también con bronca. Y un poco para castigarlo, sin que él se dé cuenta, el Negro le acercó el vaso en el que sacudíamos y depositábamos la espuma de los otros vasos. El Chiqui aparentemente no se dio cuenta de la broma y se bebió el trago de cerveza de un sopetón. Y luego con meliflua voz de mercachifle señaló:

            — ¡Vamos, amigos, anímense que esto parece un velorio! Voy a contarles un chiste buenísimo que me acaban de contar. A un argentino lo detiene un policía y le dice: “Déme su nombre y apellido”. Y éste le contesta muy molesto: “Pero está loco, agente, ¿y después cómo me llamo?.

            Todos nos desternillamos de risa por la ocurrencia, y hasta el Guachi se carcajeó epilépticamente mostrando el brillo de su diente de oro mientras secaba los vasos con un mantel blanco. “Otra, Chiqui, otra…”, gritamos todos al unísono, al tiempo que le servíamos (esta vez con todas las de la ley) un enorme vaso de cerveza rebosante de espuma.

            — Está bien, está bien… —asintió el Chiqui haciéndose el engreído—. Ahí les va otra de argentinos: Un argentino se murió de risa, entonces le hicieron una autopsia, pero nunca le encontraron el chiste…

            El Chiqui no nos dio tiempo para reírnos y al toque se contó otro chiste:

            — Una más antes que se me olvide… Estaba Jesús en el cielo, reunido con todos sus discípulos, examinando el tremendo daño que causan las drogas en el mundo. Pero como ellos nunca habían probado ningún tipo de drogas, Jesús decidió mandar a todos sus apóstoles a traer muestras de drogas de distintas partes del mundo para analizarlas. El Divino Maestro pasó cinco días esperando que llegaran sus discípulos, hasta que por fin tocaron la puerta: “¿Quién es?”, preguntó Jesús. “Soy Juan”, le respondieron. “¿Y qué has traído Juan?”. “Cocaína de Colombia, Maestro”. Al rato, golpean nuevamente la puerta: “Toc, Toc, Toc…”. “¿Quién es?”, preguntó Jesús. “Soy Pedro”. “¿Y qué trajiste Pedro?”. “Marihuana de Jamaica, Maestro”. Y nuevamente se escucha: “Toc, Toc, Toc…”. “¿Quién es?”, volvió a preguntar Jesús. “Soy Mateo”. “¿Y qué trajiste Mateo?”. “Crack de Nueva York, Maestro”. Y así sucesivamente iban llegando los discípulos. Habían traído heroína, anfetamina, LSD, hachis, pasta básica, etc. Sólo faltaba un discípulo, y en eso sonó la puerta: “Toc, Toc Toc…”. “¿Quién es?”, preguntó Jesús. “Soy yo, JUDAS”. Jesús abre la puerta y dice: “¿Y qué trajiste Judas?”. “A la DEA y al FBI, cojudos... ¡Todos contra la pared! ¡Y ese de la barba es el Jefe!”.

Esta vez hasta las paredes se doblaron de risa e incluso el Negro, de la emoción,  se rascó el huevo equivocado. El Chiqui estaba en la punta de su popularidad, se subió a una silla, nos miró desde arriba con olímpico desprecio y como si hablara desde un púlpito replicó:

            — Este es el último chiste, por ahora, pues ya me dio sed. De manera que cambiemos de tema… Un ejecutivo pierde su avión y desde el aeropuerto llama por teléfono a su esposa para avisarle que va de regreso a casa. Pero responde la empleada a quien le dice: “Pásame con la señora”. Y ésta le contesta: “No se va poder, señor, porque la señora está en su cuarto con otro hombre y me dijo que no la molestara”. El patrón, furioso, le ordena entonces: “Escucha bien lo que te voy a decir: ve a mi despacho, saca la pistola que está en el cajón de mi escritorio, luego vas al cuarto y les metes dos balazos a cada uno. ¿Me entendiste?”. La empleada deja el teléfono en la mesita y después de unos minutos se escuchan cuatro balazos. Ella toma nuevamente el teléfono y le informa: “Ya lo hice, señor”. El hombre le vuelve a dar instrucciones: “Ahora sí, arroja los dos cuerpos a la piscina”. Hay unos segundos de desconcierto al otro lado de la línea al cabo de los cuales responde la sirvienta: “Pero si aquí no tenemos piscina, señor…”. Muy aturdido, el ejecutivo pregunta: “Perdona... ¿Qué número marqué?”.

            Éxito total. En medio de las carcajadas generalizadas, el Chiqui se evaporó su cerveza de un solo golpe y ya no quiso contar más chistes. Otros intentaron remplazarlo, pero no tenían la gracia ni la cadencia del Chiqui, ni les temblaba graciosamente el labio superior cuando se acercaban al desenlace de la historia. El Chiqui era único contando chascarrillos y chirigotas.

            Y así fue transcurriendo inadvertidamente el tiempo. Nos habíamos tomado la caja y media de cervezas y cuando ya íbamos por la última botella, el Guachi sentenció generando una serie de murmullos y quejas:

 

             — ¡Esa es la última cerveza…! ¡Ya no sirvo más tragos! Son las cuatro de la mañana y es hora de ir a dormir. Además, más tarde tengo que ir a cobrar en la fila del Banco de la Nación los pagarés de los burócratas morosos que hoy cobran sus cheques.

            Habíamos pasado una velada incomparable. En el fondo nos resistíamos a disolver la reunión y a ser expulsados del paraíso alcohólico, pero obedecimos a regañadientes. El Guachi nos acompañó hasta la puerta de salida y nos puso de patitas en la calle luego de desearnos que soñáramos con los angelitos. Cerró con llave su puerta y se puso a revisar todos los ambientes de local, prendiendo y apagando luces, para constatar que no se había quedado dormido ningún borracho en el interior.

            El Negro se despidió de la pandilla bostezando y aduciendo que se caía de sueño y que además tenía ganas de revolcarse con su mujer. Todos los demás nos quedamos en la esquina esperando el desenlace de la fechoría que habíamos perpetrado. Y, cuando el Guachi prendió las luces del último cuarto, se escuchó entonces un alarido desgarrador que hizo saltar en sus camas a los que dormían a varias cuadras a la redonda. En ese momento supimos que el Guachi había encontrado al burro muerto y nos preparamos para lo que se venía.

            Apareció en la puerta con los ojos desorbitados y gritando enloquecido como si hubiera visto calato al mismo diablo:

            — ¡Han matado a alguien en mi local! ¡Su cuerpo está tendido sobre la mesa de billar! ¡Creo que es el Pavita Rojas!.

            Y dirigiéndose hacia nosotros, que simulábamos estar muy sorprendidos, suplicó como un condenado:

            — ¡Ayúdenme, chochitos, y acompáñenme adentro para echar otro vistazo! ¡Con el susto y con la prisa no pude fijarme muy bien quién es el muertito!.

            Lo acompañamos tal y como nos pidió. Íbamos en fila india y él se mantenía temblando al final de la misma. Al llegar al lugar de los hechos, el Guachi se adelantó con sumo recelo y pudo por fin entender lo que sus ojos le cuchicheaban a su cerebro. Entonces, como si se hubiera roto la represa más grande del mundo, rugió atronadoramente:

            — ¡Un burro muerto…! ¡Carajo, quién mierda lo ha puesto aquí! ¡Quién será el malparido que ha podido hacerme algo así!.

            Nosotros teníamos una expresión seráfica en el rostro como si la Virgen nos hubiera hablado. Y aparentábamos ser más inocentes que un niño de pecho. El Guachi seguía incendiado y tronando de cólera. Hasta que el Chiqui, para asombro de todos nosotros, soltó el petardo:

            — ¡Nadie más que el Negro Lucho ha podido hacerle esto, chocho! Y como usted es su única competencia…

            — ¡Tienes toda la razón, Chiquisito! Ahora entiendo por qué se levantó cuatro veces para ir al baño. Y el muy maldito lo hizo para que me cierren el local o me apliquen una multa las autoridades. Pero alguien ha tenido que ayudarle…

            — ¡A nosotros no nos mire, chocho! No tenemos nada que ver en este asunto. Usted sabe que desde que llegamos vinimos de frente a la mesa y no nos hemos movido para nada. Seguro que al Negro le ayudó alguien pero desde afuera… —replicó el Coche Prado.

            El Guachi se quedó cavilando por unos segundos y, ya un poco más sereno, nos imploró:

            — ¡Ayúdenme a sacarlo del bar, chochitos, y a arrojarlo en la calle angosta!.

            Y fue en ese momento que entró a funcionar la tercera parte de mi plan. Con una seriedad digna de un congresista aprista, y apelando a mis mejores dotes persuasivas, le hice ver lo siguiente:

            — Pero eso es un poco peligroso, chocho, y nos podría convertir en cómplices. A lo mejor el burro está enfermo o es portador de un virus letal.

             — ¡Qué virus ni qué niño muerto, carajo… —bramó el Guachi—. ¡No ven que se trata de una maldad del hijo’eputa del Negro! Bueno, pues… Si me ayudan les convido una media cajita de cerveza… pero para que se las tomen afuera.

            Como un toro de casta que busca querencia y se arrodilla, el Guachi dobló la cerviz y allí le apliqué la espada de descabello:

            — Mejor por qué no nos da una caja y llevamos el burro hasta la misma puerta de “El Cid”… ¡Sería la venganza total, chocho!.

            El Guachi sonrió perversamente, con malicia, con sorna. Su diente de oro brilló como nunca, babeó de felicidad y dándome una palmada en la espalda expresó:

            — ¡Trato hecho! ¡Caramba, Loquito, a veces se te ocurren ideas geniales! Y ésta es una de ellas…

            De manera que cargamos a la caja y al burro y emprendimos nuevamente el camino de regreso. El Guachi nos vio alejarnos en dirección hacia el barrio de San Pedro, alzó una mano y se despidió de nosotros.

Dejamos al jumento otra vez sentado al lado de la puerta de “El Cid” y sonriendo estúpidamente. Luego nos perdimos en las brumas de la noche para disfrutar en un guarique, de cuyo nombre no puedo acordarme, la cajita de cerveza que nuestra picardía había logrado de manera gratuita.

             Una semana no nos aparecimos por el bar del Negro Lucho. Y al octavo día cuando lo hicimos, en grupo, encontramos un enorme cartel en la puerta del local donde se leía la siguiente leyenda:

            SE PROHÍBE EL INGRESO A ESTA CANTINA, DE POR VIDA, POR CANALLAS Y MALOS AMIGOS, A LAS SIGUIENTES PERSONAS:

            Allí figurábamos todos nosotros, con nombres y apellidos, y la cara se nos caía de vergüenza. Nos sentíamos como unas vulgares cucarachas por lo que le habíamos hecho al Negro. Queríamos disculparnos y pedirle perdón, pero teníamos miedo de acercarnos pues no sabíamos cuál sería su reacción.

Desde la vereda del frente, vimos que el Negro salió a la puerta, y cuando ya estábamos a punto de correr, arrancó el cartel y gritó con esa voz tan suya de llamador de cárcel:

             —¡Ya pasen, huevones! Todavía me queda algo de bronca… Pero prefiero tenerlos de amigos que de enemigos…

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*Jorge Pereyra Terrones. Sociólogo, poeta, escritor y periodista peruano, nacido en Cajamarca, Perú, exilado a México en 1978, actualmente labora en la casa televisiva municipal Tv Norte, dirigiendo y conduciendo el programa “Primer Plano”, gran cantidad de su producción intelectual lo ha volcado en su página web "El Rincón".

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