CARNAVAL DE
CAJAMARCA
"El vallecito
de Namora comienza con maizales cercados por árboles verde capulí y
de eucaliptus; junto a los árboles, el maguey levanta sus flores
hasta la altura de los frutos del capulí y de los sauces.
"Algunas
casas, cuyo blanqueo brilla con el sol, que ha vuelto a salir por un
claro de las nubes, anuncian ya el pueblo. Frente a las casas, en el
suelo del camino, grupos de cholos tocan guitarra y cantan. Pasamos
rompiendo filas de campesinos, que van despacio, y cantando, al
pueblo.
"Casi de
repente entramos a Namora. La plaza comienza por una especie de
calle que se ancha, siempre en bajada, forma un pampón orillado por
casitas de corredor y se cierra casi en punta, y allí termina el
pueblo; por la calle de salida se va la acequia de agua que cruza un
extremo de la plaza, el agua corre por un callejón angosto sombreado
por árboles de capulí y de sauce; en la misma esquina se abre otro
callejón más ancho y limpio que va hacia la izquierda. Los dos
caminos desembocan en la plaza. El pueblo no tiene iglesia, falta la
cruz grande que siempre se ve apoyada en la fachada de todas las
iglesias de los pueblos. El sol que alumbra desde un claro de las
nubes dora la copa de los árboles y llega siempre a las paredes
blancas y al suelo húmedo de la plaza.
"Aquí están
los cholos del norte, vestidos de blanco, con sus sombreros de paja,
cantando en castellano, en la plaza de su pueblo. La plaza, que es
todo el pueblo, vibra; en el pampón, junto a las ramadas, a la
puerta de las tienditas, o llegando de los caminos de entrada y
cruzando con paso solemne todo el pampón, cantan fuerte todos. Y con
guitarra.
"La música es
india; es un sonsonete que repiten millares de voces cambiándole
siempre la letra; es un sonsonete de carnaval, que recuerda mucho al
gran carnaval de los pueblos indios de Ayacucho y Apurímac; es el
del mismo estilo, tiene el mismo genio del canto de carnaval indio,
porque el carnaval es un verdadero género de música en el Perú. Pero
este de Namora, del norte, parece como mutilado y empobrecido, no
tiene la fuerza y la gran riqueza musical del carnaval apurimeño. En
la guitarra rasgan el acompañamiento, en un temple casi idéntico al
que emplean en Ayacucho y Apurímac, cuando tocan el carnaval en
guitarra; pero este canto de Namora es un sonsonete que jamás varía.
Y, sin embargo, la plaza vibra, nos sentimos exaltados por este
rumor de fiesta que domina el aire y el cielo del pueblo.
"Cantan en
castellano, improvisando casi siempre la letra, y todos con
guitarra. Son cholos; de indios, les queda sólo la música y lo que
ella significa; cierran los ojos, y con un semblante de absoluta
indiferencia, cantan por parejas; tal parece, cuando se les mira,
que cantaran dormidos, como olvidados del mundo y hasta de sí
mismos; y así es aún cuando cantan caminando en las calles o
cruzando la plaza; uno de ellos rasga la guitarra y ambos cantan, y
van al paso, a veces bastante rápido, al compás de la música, pero
indiferentes, diciendo la letra del canto como en sueños; y como son
generalmente bajos, pronto se les ve pequeñitos a lo largo de la
gran plaza de Cajamarca o perdiéndose en los callejones que salen de
Namora; caminando al compás, con los sombreros de paja alones y su
ropa blanca divisándose clara y limpia entre los árboles que cruzan
sus ramas sobre los muros del callejón.
"De pronto, la
voz de las guitarras, que parecen dominar en el pueblo, son como
acalladas por el sonido de la tinya y por la voz del pinkullu. Algún
indio que entra a la plaza tocando sus instrumentos nativos. Aquí,
en Namora, el indio es minoría; entra solo, cruzando el aire del
pueblo con la voz aguda y autóctona de su pinkullu, solito, o
seguido de su mujer, pasa entre la multitud vestida de género
blanco; o se queda un rato tocando su carnaval en la plaza del
pueblo.
"Es el mismo
sonsonete, pero tocado en pinkullu y acompañado de la tinya se oye
distinto, tiene más vida y fuerza; la tinya eleva el tono del
pinkullu, yaunque es sólo voz de tambor sobre el que vibra una
cuerda de tripa, parece que sonara grueso y duro, primitivo y
áspero, para que el pinkullu llore límpido y humano, agitando la
alegría en el corazón de los que van a la fiesta, y hasta en los
árboles que rodean al pueblo y en el cielo, en las nubes, y en las
estrellas, si es de noche.
"El pinkullu y
la tinya son los instrumentos del carnaval indio en Cajamarca, en el
Centro y en el Sur, pero los de Cajamarca les llaman “flauta” y
“caja”; la flauta sólo tiene tres agujeros y un solo hombre toca
ambos instrumentos: con una mano la tinya y con la otra el pinkullu;
además, el pinkullu de Cajamarca es mucho más chico y delgado; el de
Cuzco es el más grande: mide casi un metro y, como la quena, tiene
seis agujeros adelante; se parece al de Cajamarca en que ambos son
de palo de sauco; los de Ayacucho y Apurímac son de carrizo de la
montaña, del “mamacc”, y como el carrizo es mucho más compacto y
duro, su voz es más sonora y limpia. En Ayacucho y Apurímac los
hombres tocan el pinkullu y las mujeres la tinya.
"En las plazas
de los pueblos de Ayacucho y Apurímac reinan la tinya y el pinkullu
toda la semana de carnaval, y desde un mes antes anuncian de los
cerros, desde la cabecera de los maizales, la llegada de la fiesta;
en los días de lluvia, entre el ruido del aguacero y de las avenidas
que bajan arrastrando tierra de las cumbres, la voz del pinkullu
llega a los pueblos, anunciando, llamando, preparando el ánimo de la
gente para el “pukllay”,para los días de canto y de danza sin medida
y sin temor, en la plaza, frente a las iglesias, en todas las
calles; libres para la alegría y el olvido, para el baile en masa.
"Por eso la
música del carnaval en Ayacucho y Apurímac es como un himno, y
cuando lo cantan, entrando a las plazas o reunidos en los pampones
de los ayllus, arrastra y domina, enardece y levanta la alegría en
el corazón más huérfano, incendia el entusiasmo y reúne a la
multitud. Es el canto máximo de la comunidad que se abandona al goce
absoluto durante tres días.
"En Namora
cantan por grupos o por parejas, con los ojos cerrados, o con cierto
aire de desafío, levantando las guitarras hasta el pecho. Pero este
coro disperso en grupos y parejas domina la plaza, llega lejos y
entusiasma.
"Han seguido
entrando grupos de carnavaleros a la plaza; con sus largos ponchos
oscuros, casi todos de un solo color; y las puntas de adelante
tiradas sobre el hombro; se han reunido algunos a la puerta de las
tiendas para cantar de pie.
"El sol del
atardecer ha empezado a enrojecer las nubes del oriente, el
resplandor de las nubes se refleja en las paredes blanqueadas del
pueblito, en los árboles y aún en la tierra de la plaza. A la luz
del crepúsculo el canto y la voz de las guitarras se oyen mejor. Por
el callejón ancho de la carretera llegan a galope tres montados, con
las guitarras en alto; emponchados y con anchas bufandas al cuello;
paran de golpe sus caballos, a la entrada de la plaza, la miran, de
arriba abajo y a lo ancho, hincan las espuelas después y toman el
otro callejón angosto para irse; los caballos salpican el agua de la
acequia con sus cascos, y corren a todo galope bajo los árboles; los
tres montados se pierden entre la arboleda, en la luz opaca y dulce
del crepúsculo, siempre con las guitarras en alto, como en los
cuentos. Este espectáculo no se ve nunca en el sur, y por eso nos
sorprende y nos cautiva".
Cajamarca, 03 de febrero 2024.