Por Alberto Manguel
Al
principio, la Iglesia cristiana desdeñaba los aniversarios. La sola fecha que
importaba era la de la Segunda Venida de Cristo, y esa estaba más allá del
entendimiento humano. Pero a partir del siglo II, el nacimiento milagroso
comenzó a ser celebrado por los cristianos del mundo entero, inspirando en uno
de sus más célebres opositores lo que quizás fue el primer cuento de Navidad. El
neoplatónico Celsio, burlándose de lo que él llamaba "fábulas fabricadas",
escribió una versión del evento sagrado en la que Cristo nace en una aldea de
Judea fruto de una campesina adúltera y un soldado romano llamado Pantero. Esta
variación racionalista es el remoto antepasado de otras más recientes: La
última tentación de Cristo, de Nikos Kazantzakis; El
evangelio segúnJesucristo, de José
Saramago; El
testamento de María, de Colm
Tóibín. Pero es Dickens quien define para nosotros lo que es (o debe
ser) un cuento de Navidad con un árbol fastuosamente decorado, dulces, punch y
pavo asado, y por sobre todo, la mágica transformación de sentimientos mezquinos
en generosos y altruistas. Quizás porque todo escritor, como Celsio, encarna el
espíritu artístico de contradicción, en lugar de continuar con el tono jubiloso
de Dickens, los cuentos de Navidad de nuestra época son por lo general lúgubres
y pesimistas, como si quisieran recordarnos que en esta fecha, feliz por sobre
todas en el calendario cristiano, nuevas Marías siguen siendo echadas por el
posadero, y que nuevos Cristos sufren la traición, el escarnio y la cruz. John
Cheever en ‘La Navidad es triste para los pobres’, Alice
Munro en ‘La estación del pavo’, Vladímir
Nabokov en ‘Navidades’, Sergio Ramírez en ‘San Nikolaus’ o Michel
Tournier en ‘Mamá Noel’ describen la Navidad como una fiesta de angustia y
soledad, como para advertirnos que, en medio de cenas opulentas y montañas de
regalos, nuestra condición humana aguarda aún la redención prometida.