VII MUESTRA INTERNACIONAL DE CARTAS Y POEMAS DE AMOR - CAJAMARCA, PERÚ
2014
CARTAS DE AMOR
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Título |
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Anónima |
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Antonio Goicochea Cruzado |
San Miguel |
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Carlos Dané |
Bambamarca |
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Daniel de Cullá |
España |
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El compositor en secreto |
Lima |
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Gavino Quinde Pintado |
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Guillermo Alfonso Bazán Becerra |
Cajamarca |
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Isabel Robles |
La esquina | Cajamarca |
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J.S. |
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Jorge Pereyra |
Cajamarca |
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Jorge Wálter Villanueva Cruzado |
Cajamarca |
Cajamarca, 13 de febrero, 2014.
En madrugada de insomnio.
Ay, Morena mía, cómo ansiaba se cumpliera lo que en el último encuentro me prometiste: “nos veremos en la Biblioteca Municipal a las cuatro de la tarde del trece de febrero, víspera del día de los enamorados”. Aunque hoy no será mirando el crepúsculo a orillas del mar, que como todos los años lo celebrábamos juntos, ya no será recibiendo en nuestros rostros la suave brisa salina, será con aquel olor peculiar que tienen los libros en los estantes, donde fungiremos como dos acuciosos investigadores, cuando en realidad estaremos planeando escapar a un lugar en donde esparcir nuestros ardores. Allí donde reverdeceríamos nuestras pasiones. Como nos prometimos te esperé, ansioso en el lugar de tu elección.
Ya me veía envolviendo tu figura de mimos, diciéndote lo mucho que te extrañé, tanto que en mis noches en soledad te hacía mía hasta el éxtasis, diciéndote: hoy me verás con el pecho abierto y con el corazón en las manos, iluminando la noche de embeleso, hijos de la luz seremos. A tus ojos negros, soñadores, mis sentimientos, mis pretensiones y mis sueños, que alguna vez se inundaron de pena, se descubrirán plenos; y, en derroche de goces te robaré suspiros, te aspiraré a torrentes, te robaré el alma y volcaré en cascada mi simiente.
Te esperé forzando paciencias. De latir tan fuerte el corazón se me salía del pecho. Cerrados mis ojos, lejanos los libros, bajo el balcón de las añoranzas, cubierto de angustia, te vi de azul turquí, tu tonalidad querida, caminar tan suave como vicuña altiva, desairando miradas que importunaban tu trajinar. Vi a la brisa besando tus mejillas y celé al aura por este atrevimiento.
Hacedora de sueños, no llegaste, y como vidrio frágil en sonoro estrépito se rompieron mis anhelos. Alambicaba ardores mi pecho a tu desplante. ¿En qué te entretendrás y en que meandros del amor te disiparás? No tuviste un tiempo para mis anhelos, ni un poquito de bálsamo siquiera que calmara las flamas de amor, crepitantes, que me abrasaban.
Tú, morena, desdeñosa, nunca viniste. Agobiado, me resigno, con mi ego maltratado, en el umbral del desvarío, muy a mi pesar, a rumiar que ¡pasaré otra vez muchas lunas sin ti!
Antuco
Martín, todos los días escucho el sonido de la calle, el ruido diario de las motos, que contrasta con esos vacíos sonoros de mi alma, convivo con la orquesta discreta de la legión de hormigas sindicalizadas, que me pican y critican, cuando me ven desesperada. Busco el equilibrio en la racionalidad.
Mis días y la racionalidad desconocen a mis ojos chinos que se niegan a olvidar, esconden a esa mirada llena de otoño y soledad, ignoran a mis labios secos cansados de tanto gritar.
Sin embargo aún sigo con mis pies heridos de tanto buscarte, con mi piel callada, muerta de miedo pues ya no quiere sentir más y este vientre ausente, sin sombra, sin fuego, seco, vacío, siempre en silencio, echado al olvido, para que recordar.
El tiempo pasa, los días, las horas, los minutos, los segundos, se han convertido en un año entero, he contado cada segundo sintiendo ese frio doloroso que golpea a cada uno de mis huesos y penetra hasta llegar a mi alma, preguntándome en cada paso, cada respiro, cada palabra, buscándote en cada mirada, recordándote entre el viento, necesitándote tanto.
Son tus libros mi única herencia de tus palabras, te he buscado en cada página, esperando encontrar alguna pista que me lleve a encontrarte, hoy todo está en silencio y tú muda guitarra, ya no me canta.
Otra vez el sindicato de hormigas, propone un trato, llevamos firmados dos pactos de no hostilidad, ellas saben nuestra historia, pero el sindicato no acepta treguas de dolor, arremeten al mínimo indicio de melancolía y sufrimiento, he argumentado como continuar sin fuerzas, sin plano, sin sabores, ni colores todo es gris, ellas se comen el azúcar y yo prefiero tu silencio.
Algunas personas lloran por deporte, otras por tristeza, porque tienen frío, yo lloro para sacudir de rato en rato a mis pensamientos, pero cuando mis sentimientos se caen al suelo, rápidamente por aquel sindicato tan organizado, las he visto como cargan los pedacitos de mi dolor, se lo llevan rápido, no se a donde, entre dos y hasta entre tres. En las mañanas preparo café, lo tomamos sin azúcar, ellas se quedan tan apuradas, ya para la noche están muy cansadas y yo aprovecho esos momentos, para salir a buscarte entre mis recuerdos, esos nuestros momentos eran perfectos.
Aún te amo, entre el amargo y silencioso veneno de nuestra triste distancia, en nuestra nostalgia y ese dolor de no saber dónde estás, te extraño tanto y te necesito en cada espacio de mi vida.
El tiempo pasa y tú has estado todo este tiempo ocultada en la distancia sin escribirme y sin dar noticias de tu presencia. He estado contando los días desde tu partida y te he buscado en el recuerdo tratando de retenerte en mi memoria; pero el tiempo es el culpable de que escapes poco a poco de mi memoria.
No sé cómo retenerte y no sé cómo podré esperarte otra eternidad que has creado con tu ausencia. He tenido que caminar por las rutas donde tú y yo paseábamos observando el horizonte y nuestros sueños crecían juntos bajo el atardecer. He buscado tus palabras en la brisa del viento que despeina mis cabellos y he sentido tus caricias en las tibias mañanas cuando el sol me sonreía con tu sonrisa. La noche muchas veces me abrazó con tus frías manos que venían lentamente entre mis sueños y desperté desesperado como un niño enamorado gritando tu nombre en la oscuridad de nuestra habitación.
Ahora el tiempo pasa y todos estos recuerdos son las únicas cosas tristes que dejaste cuando tus manos se soltaron de las mías aquel día nublado de invierno. Mi corazón se arma de valor y se niega a olvidarte y aceptar las frases que me dijiste: “Si no vuelvo, olvídame”.
Aunque no creas, es difícil olvidarte cuando tu amor corre por mis venas alimentándome el alma. Es difícil ser optimista en este tiempo en que el destino a veces nos quita lo que más queremos. Me lleno de valor y he decidido esperarte en esta realidad solitaria donde tu un día me dijiste “Nunca te Olvidaré”.
Te envío esta carta y espero que el tiempo sea testigo de lo que he sufrido durante tu ausencia y espero que leas y pienses en mi más de la cuenta, y solo te dejo esa frase que siempre te repetía al oído:
“Has que valga cada día”
Atentamente,
Tu poeta: Carlos Dané
Calixta, alma amada, amor mío. No, no rompas esta carta aunque empiece de esta guisa. No te extrañe mi osadía.
Desde un pesebre limpio, pues sabes que soy agricultor y ganadero, te escribo estas cuatro letras con amoroso acento, y mucha pena por tu abandono. Me gustaría desandar el desamor que nos desunió y volver a comenzar para que veas lo que valgo, y que ya no soy el Asno que tú creías, que Rebuznaba de noche y hacía el amor de día, que por cosas bien inútiles, como decir negro donde tú dices blanco, o decir so donde tú dices arre, hemos dejado de hablarnos, pero sé que no de querernos.
Cuando saco las ovejas al pastal, este grito o clamor con que te llamo retumba en los valles y en los cerros, en las calles, las cuadras y corrales, porque digo tu nombre y te reclamo, a ti mujer protectora ayer de mis rebuznos, sí, y exabruptos, pero , también de mis amores.
Yo podría decir de ti cosas malas, como el que pretendiste a don Pedro, el alcalde, que venía a verte de noche, al filo de media noche, que por eso algunas malas mujeres le decían “Alfil toledano”, haciéndote creer que amanecía. Sabes que yo te he perdonado..
Tus oídos tienen que chillarte pues el eco de mi grito con tu nombre alcanza hasta el pararrayos de la torre de la iglesia, que alguna vez hiere algún pájaro, y aquel buitre volando que, herido, cayó en tus brazos. ¿Recuerdas?
Con tu ausencia, me has indicado los medios verdaderos de acertar en materia tan sublime como es el amor basado en el respeto y el cariño. Ahora un santo padre apellidarme puedo. Uno de los espíritus celestes del primer coito angélico. No te enfades. Quiero que me perdones y que vuelvas a casa. Madrid nada tiene que ver con Saleres, nuestro pueblo.
En el pueblo soy bien motejado y me nombran más que pollino por haberte dejado marchar con lo mucho que te quiero. Siempre pienso en desplegarme del error cometido. Sí. Yo siempre pensé que eras mía y solo mía, y que debías sumisión total a mi asinino plectro, como manda la iglesia. ¡Qué equivocación¡ ¡Qué error¡ La religión es el rasguño de un gato en el ojo y es menester ponerle un pegote
Tú sabes que el primer amor es lo que perdura, y es lo que une, pues tú y yo estábamos reservados el uno para el otro, ¡Oh, amada mía¡ Tu sabes curar y prevenir el daño. Cúrame en salud.
Ya sabes que nunca he visitado los clubes de chicas del sexo ni me he tirado a la Bartola; más la carne es débil. Aun los curas pueden llamarse puteros, y las beatas les siguen como las gallinas al gallo pelado del corral. Recuerda a nuestro párroco del pueblo apellidado Ganso que salía al camino a la “Galga”.
Tú ves, tú ya sabes que el balido de la oveja acaricia mi pecho, y temo, como Platón, ponerme a desplegar mis plumas con ellas como no debo.
Quiero volver a ser por ti admirado. Que los del pueblo digan “lo que vale esa pareja de enamorados”, aunque sé que tu desprecio hacía mí fue justo y que tu huida a Madrid, a casa de tu madre, fue mucho mejor que una orden de alejamiento. Yo siempre digo:¡Cuántos hombres somos deudores de vuestras gracias y alegrías, mujeres¡
Ven Calixta, no te tardes. La casa, sin ti, está vacía. Y me siento como un jigüe, ser fantástico a modo de sátiro que el vulgo de Cuba representa por un negro enano habitante de los ríos y lagunas. Me duele tu desamor, aunque sé que me lo merezco, y más por haberte levantado la mano. Las gallinas, ¿sabes?, desde que tú no estás, ponen menos huevos.
Si vuelves a casa, te prometo no rebuznar ni imitar a los cerdos. Pues estoy muy afectado. Espero que lo comprendas. Me encuentro como el truhán de Vélez, que subiendo una escalera para alcanzar un libro de la biblioteca municipal, cuando le diste una palmada en las ancas para que espabilase, soltó un pedo, riñéndole tú la descortesía, y el respondiendo:
-¿A qué puerta llamará vuestra merced que no le respondan?
Alma amada, amor mío, por favor te lo pido. Ven. Pero ven. No te tardes. Tengo los brazos disminuidos en la sensibilidad y no voy a levantarte la mano, ni asir ni herirte levemente. Tengo la barba a pelluzgones, y he puesto pellón, piel de carnero en la cama, que sirve para acostarnos. En antepecho de azotea, ya sabes, tengo un órgano excitado en paranza, tollo o chozo formado de tierras y ramas para esperar tu res al tiro y esas confituras del diablo, que tú me hacías tan deliciosas en el Mar Menor de Cartagena, te acuerdas?
Un beso en el cielo del paladar, Calixta, alma amada, alma mía.
Daniel de Cullá ESPAÑA
Hola ¿Cómo estás? Esta vez espero que un “más o menos” no sea la respuesta, tienes razón en decir “estoy bien” es engañarse. Yo a veces me engaño.
Al decir “mas o menos” haces que quien te oiga se preocupe, me hubiera gustado saber por qué ese “mas o menos” existe y por qué aún no se ha convertido en un “estoy bien” esa tarde iba a tratar de saberlo . Nunca sabré la respuesta.
Como ya lo habrás notado me quede casi mudo cuando conocí a tu madre (creo que salió de entre las piedras, no sé cómo apareció) en verdad me sentí intimidado, me hablaba como si te fuera a secuestrar (tu madre debe ver muchas noticias)
Me gustaría poder sortear las imposibilidades, debí decir algo inteligente, pero nada se me ocurrió, siempre las freces geniales llegan a la cabeza luego de acabada la conversación - Yo no tengo la culpa de haber nacido antes que tú, en todo caso la culpa la tienen mis padres o mis abuelos-
Me dijiste que no tenías secretos, no creo que alguien no los tenga, deberías empezar a fabricarte algunos.
Tal vez nuestra amistad llegue a ser real, en otro tiempo, uno todavía inimaginable, uno sin complicadas estructuras, bajo otros rostros, con otros ojos, quizá bajo la luz de otra estrella (siempre he creído que eso pasaría).
En verdad me gustaría, en algún momento, compartir una tarde contigo, quizá ahora el tiempo escapa de nuestras posibilidades, pero espero este se de en 5, 10 o 20 años solo espero se dé. el año tiene muchas tardes.
Espero puedas responderme. No olvides que puedes contarme cualquier cosa, no es necesario que sea real, también puedes inventar, yo creeré todo lo que escribas.
Adiós me despido te envió un beso, puedes dejarlo donde quieras.
El compositor en secreto
Señora: Milda Y. Ch.
Tarapoto.
Querida y recordado amor, hace exactamente un año que me alejé de tu lado por asuntos que ya conoces; sin embargo motivo será hacerte saber la forma en que hube de pasar en aquella oportunidad después de mi viaje a esta tierra que me ve mendigar todos los días sumido en un ensimismamiento del cual muchas veces no soy consciente.
Tú siempre me has preguntado sobre esta cuestión y yo no he querido ahondar en detalles para no socavar tu propia realidad. Pero es tanta mi congoja por no estar a tu lado, que iguala a aquella oportunidad en que me vi fuera de ti y de los tuyos: ya sabes, hacía ocho años que me había alejado de esta zona. La tarde aquella en que tú te quedaste sola con tu presente y tu tragedia en el aeropuerto y yo enfilé en el avión que me trajo de Iquitos me rodeó tan solo con mi hermano; llegó la noche y unas cuantas botellas de cerveza nos brinadaron su amistad. Libamos con él hasta una prudencial hora y luego se hizo el silencio, ya que la luz eléctrica se fue de un momento a otro.
Toda la noche pasé en vela, ora leyendo algún libro bajo la luz amarillenta de una alcuza, ora dándome la vuelta como un shitari en terreno llano. Cuando la luz se hizo presente ya era el día de San Valentín. Mi hermano salió a las ocho de la mañana a Shanao, una comunidad de donde es natural su esposa, y yo nuevamente volví a sentir los rigores de la soledad. La mayoría de amigos habían migrado y los pocos que quedaban ya no eran los mismos de antes.
Como te darás cuenta, una fecha tan oportuna fue el cadalso de mi propia desesperanza.
Tú, fiel a la sencillez de la tradición amazónica me dices que quizá así sea nuestro destino. Y yo te digo que se trata de una cobarde manera de mi parte por no abordar una decisión y descorrer los más de quinientos kilómetros por ese intrincado camino de ríos que conducen hasta la capital loretana.
Espero que te encuentres bien de salud. Tendrás noticias mías muy pronto. Tienes que saber que ya no puedo resistir este aislamiento.
Un fuerte abrazo y bezos para ti. Recuerdo para tus niños.
Gavino Quinde Pintado
Mi vida:
¡Qué lindo es gozar un nuevo día cuando en el corazón florece, generoso de ansia, el amor…! ¡Este amor por ti que no podré arrancar, aunque pretendí hacerlo!
No importa que sea difícil el sentirme solo, porque en mi horizonte el verdor eres tú…
¡Cómo ansío que seas el remanso definitivo, permanente y último que refresque mis labios y mi fiebre…!
Por muchos senderos que mi alma tuvo que recorrer este fin de semana, casi llevando a rastras mi corazón (que se empeñaba en girar incansablemente alrededor de tu recuerdo, recuerdo querido), a duras penas he logrado terminar las tareas emprendidas.
Pero, sintiendo lo que ha de sentir un tigre enjaulado, he alcanzado la meta con una intranquilidad extrema, más que agotado, más que extenuado… ¡Cuánto habría dado por verte y tenerte cerca, aunque fuera unos minutos! Estoy seguro que habrías renovado (como otras veces) mis fuerzas, llenando al tope mi vaso de agua fresca e inundando tu alegría en mi sangre.
No pudo ser así; qué importa. Lo valioso es que vives en mí, inarrancablemente… y eso me hace feliz (Es la locura del amor, ¿verdad?)
Ayer, al terminar la tarde, estando juntos, mientras conversábamos en tu dormitorio, comprobé una vez más que de verdad mi vida te necesita: yo soy el río bravo, desenfrenado y –a veces, acaso– quizá un poco salvaje, a fuerza de golpear las rocas de su lecho en la agreste bajada montañosa… pero no importa cuán grande sea la bravura ni los remolinos que mi agua albergue, su correntera se amansa de improviso con sólo presentir que tu blanca playa está esperándome en el siguiente recodo, como puerta feliz a un valle feliz.
Entonces, aspirando el aire y aroma que te rodean, disfrutando el sabor de tus arenas, sueño en quedarme así para siempre, filtrándome en todo tu ser y, al mismo tiempo, sentir que tu rostro, de verdad feliz, se refleja en mis aguas…
Te amo inmensamente, sin remedio… pero también me quiero mucho yo, a tal punto que quisiera darle un beso a mi propio corazón, por acertar en escogerte a ti, la mejor; también premiar a mis ojos, por saber contemplarte; a mis labios, por besar tus labios y cada milímetro de tu piel; a mi voz, por emprender vuelos felices cuando pronuncia tu nombre; a mis manos, por retener las tuyas y por hacer propicias las ocasiones para acariciarte con temblante ternura, como sólo lo han de poder hacer las manos de los ciegos que recorren len...ta...men...te... el rostro del ser amado; a mis oídos, por hacer que tu voz llegue hasta ese fogón que sólo por ti está ardiendo dentro, muy adentro de mí… En fin, premiar a mi alma, por serte fiel a través de nuestras ausencia y porque su ilusión no desmaya sino crece…
Esta carta tiene por objeto desearte un lindo domingo y que mi recuerdo te acompañe. Tú estarás conmigo, alegrando mis horas.
Desde el alma...
Guillermo
Era una esquina empedrada, ángulos imperfectos, esquina de la espera, de la duda, del dolor. Furtiva , temerosa, la risa del encuentro, del adiós, del presente y del ayer. Una esquina cualquiera y sin embargo, palacio de la ilusión, de los sueños exacerbados, infinitos retazos de ternura.
La hora detenida, estática, mirando los ojos del tiempo, la nubosidad de la tarde, el escollo del barco, navegando en el crepúsculo, a punto de estallar en los arrecifes pétreos de la angustia, aquella que amontona basura en el alma del que espera.
¡Amor mío¡ dónde estabas en aquel naufragio de la esquina. Pobre esquina transgredida por mis dudas, mis temores de no llegar a tiempo para emprender el vuelo de la noche y del amanecer en tus brazos, detenidos en el instante. Finalmente no llegaste, tuve que soportar el peso de la esquina bajo el corazón de la estrella enmudecida, sin poder consolar mi espanto. Espera inútil al espasmo de mi agonía entre las sombras.
Jamás volviste a la esquina aquella… Esperaba en las noches, una tras otra. La Esquina se volvió hermana, compañera, confidente. Me recostaba en ella y ella en mí, descargando las penas de todos los seres humanos que amaron y esperaron tras su rastro. No sólo era mía, era la esquina de los amantes. Sabía de los besos sigilosos, apasionados, de los tímidos primeros besos de las ninfas y los púberes, aprendiendo a querer en la esquina; sintiendo el estertor del placer inocente, de un beso hasta las entrañas.
Cuántos niños tuvieron su origen en aquella esquina desgastada de tanto amor a la deriva, de tanto beso y de tanto abrazo. En el día, la miras al pasar y aquellos ni la miran, no saben de tu alma adormecida de afanes amatorios. También se cansan las paredes resistiendo demasiados amores…
Entonces tomas la paja del trigo de tu pared izquierda y escribes sobre la tentación del amor a cuestas, Tus vértebras están llenas de nombres, dibujados en tu piel de barro, nombres adolescentes que hoy son viejos nombres, ya olvidados de amor y de ternuras; de jóvenes que te usaron sólo para pasar el rato, engañando el momento; de mayorcitos, cansados de la misma boca, buscan en labios virginales, el sabor de la chirimoya reciente, como decía mi padre. Hombres y mujeres, de casi todas las edades, se recostaron en vos, amando el segundo o toda la vida. Recostaron en tu espalda el calor de sus fuegos, locos de alegría por hallarse en el punto preciso de tu ángulo agudo, tras la perpendicular de la dicha y la horizontal de la entrega.
Esquina. Mi Esquina, ya no eres de barro… Sobre tus recuerdos y los míos han construido un edificio, dos policías resguardan tu entrada y sólo un perro a la deriva, escabulle a los guardas y un río de sus adentros, deja la marca del olvido.
Isabel Robles
Cajamarca, 5 de Febrero del 2014
La noche, la lluvia, un café y el recuerdo tuyo; perfecta combinación para abrigar mis sueños, para sentarme a escribir y plasmar lo que siento; demás está decirte que siempre te pienso y que esta breve carta no es más que un pretexto para volver a verte, aunque sea en mis pensamientos.
Ya es 14 de Febrero, ¡que rápido pasa el tiempo! y aunque hoy, yo esté lejos, quiero que sepas que siempre te llevo por dentro.
Flores, bombones… detalles… sabes que te mereces más que eso, pero hoy permíteme regalarte un verso, el que se escribe desde mis sentimientos…
Como te digo que eres linda
Que tus pálidas mejillas
Y tus labios inquietos
Combinan perfectamente
Con tu altiva mirada
Que mirarte un segundo
Es detenerse eternamente
Y que si me sonríes y me llamas
Vas a emocionarme como nunca…
Estoy aquí otra vez…
La lluvia se disipa, la luna se esconde y el café se enfría, pero no tu recuerdo, al contrario, este se renueva y vuelve a mí, sobre todo tu sonrisa; así que haré con ella un archivo, ¡sí!, ese será desde hoy mi mejor pasatiempo, clasificar tus sonrisas y guardarlas para mí, para sentirte cerca, para tenerte aquí, aunque no estés conmigo… tu sonrisa – qué duda cabe – me ayudará a sobrevivir a esta monotonía que se vuelve absurda y sin sentido…
Abrigaré mis sueños con tu recuerdo, y así, las noches frías de Madrid dejarán de serlo; cerraré los ojos, viajaré en el tiempo y sé que te encontraré ahí, muy dentro de mis pensamientos, y aunque me resista, debo hacerlo y tendré que terminar esta carta – por el momento-, pero lo haré dejando tres puntos suspensivos, esos que se dejan cuando se va a volver a escribir…
Cuídate mucho y recuerda siempre sonreír…!
Quien te quiere y te extraña
J.S.
Jorge Pereyra
Tú tenías un vestido rosa con unos lacitos blancos que sujetaban tu larga y sedosa cabellera negra y poseías los ojos más bellos que alguna vez brillaron en la noche cajamarquina. En el patio empedrado la luna bañaba con una sustancia lechosa la pileta, los geranios y las rosas. Y adentro, el tocadiscos lanzaba a los cuatro vientos la cálida, dulce y poderosa voz de Nelson Ned.
Y es que tú amada amante, das la vida en un instante, sin pedir ningún favor…
Bendito bolero… Gracias a él, los chicos podíamos pegar nuestros cuerpos al de las chicas y, cachete con cachete, imaginar que eran nuestras. En estas fiestas no había bebidas alcohólicas, sólo gaseosas, chicha morada, gelatinas y bocaditos. No hacía falta y tampoco necesitábamos estimularnos pues, a esa edad, la alegría vivía dentro de nosotros.
Las chicas se reunían en grupo para contarse no sé qué cosas sobre nosotros y se reían nerviosa y alocadamente. Y esperaban sentadas a que nos acercáramos para sacarlas a bailar.
Yo no estaba invitado y era solamente el amigo de un amigo que no vino
a la fiesta, pero nadie me reclamó ni me dijo nada. Tenía el alma y una camisa
bien planchadas y un cigarrillo Ducal colgaba desafiante de mis labios, mientras
masticaba un chicle de menta.
Cuando te divisé por primera vez, en medio del grupo, en ese instante
supe que ya no podía pasar el resto de mi vida sin sacarte a bailar ni saber tu
nombre. Tú creíste que me acercaba a sacar a bailar a la hija de la dueña de
casa, pero era a ti. Me dijiste que sí con esos ojos de gata de los que salía un
torrente de chispas azules y naranjas, y saliste a bailar conmigo sonriendo
coquetonamente.
Al principio, casi no podía hablarte porque estaba tieso y tenía que contar los pasos que había ensayado con mi prima durante toda una semana (un-dos-tres, un-dos-tres), pero después la música de Roberto Carlos hizo que me soltara poquito a poco e intercambiamos nombres y teléfonos.
No ganas al intentar en olvidarme, durante mucho tiempo en tu vida, yo voy a
vivir. Detalles son pequeños de los dos, son cosas muy grandes para olvidar…
La vida era nueva, larga y bella. Estaba casi sin estrenar y parecía un carrusel musical que al girar nos descubría hermosos y novedosos paisajes. Había tantas preguntas por hacer y tantas promesas y esperanzas por delante. Todo el tiempo era nuestro y jamás cruzó por nuestra mente que moriríamos viejos y achacosos algún día lejano en un año lejano.
Y es que nuestra existencia parecía tener una luz mucho más brillante
que el sol del verano que doraba nuestras pieles lozanas y que nos invitaba a
zambullirnos en un remanso del río Mashcón. Aún no conocíamos los dardos del
adiós ni el llanto de los desconsolados.
La vida era el instante en que vivíamos, una página en blanco para
garabatearla o para hacer un barquito que navegara por las acequias de la calle
cuando lloviera. Y sí, pues, todo, absolutamente todo, era posible, bello y
luminoso en esa época.
Porque todo era así, esa vez te canté un bolero a capella en el oído. Y
oculté mi rostro entre tus cabellos porque me dio vergüenza que los demás me
oyeran.
Muñequita linda, de cabellos de oro, de dientes de perlas, labios de rubí…
Entonces tú me miraste, abriste tus labios y me los ofreciste. Yo te besé y el tiempo se detuvo o desapareció, no lo sé, pero en ese momento sólo existimos tú y yo. Fue el primer beso tuyo y mío y los dos sentimos que en ese encuentro nuestras vidas se amarraban.
Tal vez hubiese sido así, Lucy, si no hubieras tenido que marcharte con
tu familia fuera de Cajamarca después de algunos meses.
Digo tal vez porque, si te hubieras quedado aquí, no estoy
seguro si hubiese continuado la magia y el romance. O solamente fue el olor de
ese verano, el un-dos-tres del baile, tus ojos chispeantes, tu
tintineante voz, tu cabellera gitana y mis ganas primeras de saber lo que era un
beso.
Y sin embargo, ahora, después de tanto tiempo, de tantas cosas y tantos desencuentros que se juntaron para hacer mi vida, me gustaría verte otra vez.
Lucy, no quiero morirme sin volver a verte. Y si por casualidad lees
estas líneas, si recuerdas que fuiste aquella linda muchacha a la que besé por
vez primera, si mi nombre todavía sigue siendo parte de alguna historia que no
borraste totalmente de tu corazón, llámame, escríbeme o envíame una paloma
mensajera.
Todavía quedan dos vasos con chicha morada, hasta la mitad, que nunca terminamos
de beber.
Sólo quiero contarte algunas cosas, saber qué fue de ti, y quizás… sentir que
vuelvo a tener quince años otra vez, aunque sea por un ratito.
Para ti...
¿Sabes?... me gustaría que hablases del amor, cuando por circunstancias de la vida
extravíes algo muy preciado y también de manera muy fortuita logres encontrar
lo que has perdido.
Me gustaría que valores las cosas que has amado, no por su forma ni su color, sino
por lo que significan en esencia para ti.
Y que en cada paraje de tus recuerdos, de aquellos que siempre te acompañan, en
algún lugar de ellos, me encuentres a mí, mirándote y observándote para hacerte pre-
sente que estoy contigo en los momentos más adversos que la vida te propicie...
y que a pesar de la distancia que nos separa, puedes contar conmigo.
Me gustaría que un día al pasear por las calles, mirando al infinito del tiempo, descubras
que te he amado de verdad, y que en cada detalle de tu vida y tu sombra, descubras
algo de mí, no como un recuerdo fácil sino como un talismán que te propicie alegría
y mucha fe en el futuro ... y que por toda contradicción que hemos vivido guardes
en tu más precioso rincón de tus recuerdos, lo mejor de mí.
Sí, vivimos bellos momentos, días de luz y misterio, de pasión y sosiego; pues en todo
momento supe amarte como algo difícil de amar, de tener, de decir...
sí, y hoy descubro inexplicablemente como la noche más cruda, más solitaria, da lugar a un nuevo amanecer y detrás mío, se edifica bellamente la aurora, y la luz llena
los territorios de la sombra, la vida permanece, la esperanza se levanta...
Tú definitivamente eres un hito, una señal, un camino, y el ritmo de la vida que no se detiene da paso a otro momento, y detrás de tu recuerdo se cimienta mi vida misma, que empieza a germinar nuevamente mirando el destello significativo de la luz. Y hoy sólo llamo tu atención para decirte, gracias... gracias por todo lo que fuiste para mí,
yo sólo me perderé como un recuerdo, como un fugitivo viento que da sobre tu frente,
para luego perderme de tu vista y así solamente en un mágico silencio...
tú te acuerdes de mí...
Jorge Wálter Villanueva Cruzado.
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