UN ACTO DE JUSTICIA

 

Por: Jacinto L. Cerna Cabrera*

Docente auxiliar contratado de la UNC

 

El Inca Gracilaso de la Vega, niño aún, recibió una educación muy bien compartida. Por un lado, su madre doña Isabel Chimpu Ocllo, unida a su tío el Inca Cusi Huallpa y sus parientes Juan Pechuta y Chauca Rimachi, trató de inculcar al pequeño el amor a las tradiciones quechuas, cuyo idioma le enseñó. Por otra, el capitán don Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas pide a sus amigos que le ayuden en la educación del mozuelo: designa al devoto y fidelísimo Juan de Alcobaza ayo del niño, y dispone que el canónigo Cuéllar le instruya en latín, y que el capitán Gonzalo Silvestre le embruje con los relatos de guerra. Este acontecimiento marca, sin lugar a dudas, un acto de justicia verdaderamente humano y decoroso. Por eso, el autor de los Comentarios Reales de los Incas amó profundamente a su raza materna, (Primera Parte), y amó entrañablemente a su raza paterna (Segunda Parte).

 

Cosa totalmente contraria, sin embargo, ha ocurrido y ocurre con el pueblo peruano desde la invasión española. En principio, los indígenas (hijos del sol) no tenían derecho a recibir una educación. Leamos no más el episodio de El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, en el que Rosendo Maqui sufre sobremanera la idea frustrante de lograr una escuela para la comunidad de Rumi. O también el episodio de Todas las sangres, de José María Arguedas, en el cual Demetrio Rendón Willka –por iniciativa de su padre– pretende ir a la escuela del distrito de San Pedro, porque en su tierra, Lawaymarca, no lo hay. Todo concluye en una conmovedora frustración. Así discurrió la vida del excluido pueblo peruano durante toda la época de la Colonia −su labor se circunscribió a la de siervo, ya en las labores agrícolas, ya en la casa, pero siempre estuvo al servicio totalmente gratuito del señor o amito. Amito es el diminutivo de amo, y amo es el dueño de la tierra. Este modo de producción persistió durante toda la Colonia, la Emancipación y gran parte de la República, hasta la llegada del General de División Juan Velasco Alvarado al poder, quien deshizo las haciendas en el Perú durante la primera mitad de la década del 70 del siglo XX. Proverbiales eran las frases: “La tierra es de quien la trabaja” y “Campesino, el patrón ya no comerá más de tu pobreza”. El verso magistral de José Santos Chocano lo patentiza: “Indio que labras con fatiga, / tierras que de otros dueños son; / ¿ignoras tú que deben ser tuyas por tu sangre y tu sudor?, ¿ignoras tú que audaz codicia siglos atrás te las quitó?” Felizmente, una vez en su vida, el campesino se sintió libre gracias a la obra redentora del hombre que pensó que “…en el Perú era necesario hacer una revolución desde arriba para que no estallara la revolución desde abajo…”

 

Pero, el tema que nos ocupa es la educación. Volvamos a ella. Durante la República se dio la escuela en algunos lugares del campo, pero las políticas educativas fueron muy injustas. Muy conocidas eran las frases: magister dixet, ergo verum est, ‘lo dijo el Maestro, luego es verdadero’ (palabras que los escolásticos las esgrimían como argumento irreplicable), o “la letra con sangre entra”; es decir, una educación impuesta sobre la base de la férula, el látigo, la varilla y una sarta de adjetivos oprobiosos, injustos y traumatizantes, a los que se sumaba la tediosa reclusión. La escuela se tornó en un lugar de tortura, muy lejos de ser un centro de liberación. El fenómeno se agudizó cuando llegó la escuela a la población quechuahablante o de sustrato quechua. La escuela siempre buscó hispanizar autoritariamente. Este “legado” se puede evidenciar, de manera generalizada, hasta ahora en toda nuestra patria. Estamos frente a una educación no solo hispanizante, sino y peor aún alienante y despersonalizante a ultranza. Las actuales políticas educativas, lejos de rescatar, preservar y fortalecer nuestra identidad, la extirpan irremisiblemente de nuestra nación (¿naciones?). Bien sabemos que –M.M. Rosental lo asevera– “el pensamiento es un producto social tanto por las particularidades de su origen, como por su manera de funcionar y sus resultados. De allí que el pensamiento del hombre se produzca en estrechísima conexión con el hablar y sus resultados se fijen en el lenguaje. Son propios del pensar, asimismo, procesos como los de abstracción, análisis y síntesis, el planteamiento de determinados problemas y el encontrar los planteamientos de su resolución, la formulación de hipótesis, ideas, etc.” Entonces, ¿por qué los sistemas de educación de antaño y de ogaño en nuestra patria se afanaron y se afanan en hacer que los(as) niños(as), los(as) adolescentes y los(as) jóvenes se dediquen a aprender una lengua extraña, como es el inglés, el francés, el portugués, el chino, el japonés, u otra, en vez de volver a nuestras raíces, a nuestra semilla, y reencontrarnos con nuestro correspondiente idioma nativo? ¿Es que existen lenguas superiores e inferiores, altivas y humildes, ricas y pobres, grandes y chicas? Esto jamás podrá demostrarlo la ciencia. Todas estas afirmaciones apriorísticas no pasan de ser un mero subjetivismo.

 

Por otra parte, también se sabe que no se puede amar tanto algo o a alguien si es que no se lo conoce bien. Para amar al Perú, nuestra patria, hay que conocerlo bien en su geografía (su cuerpo), en su historia (su alma), en su cultura (sus valores –ethos– y sus padecimientos –pathos), pero, esencialmente, en su idioma. Por eso, ha llegado la hora de conocernos a nosotros mismos, “Conócete a ti mismo”, como lo haría suyo el maestro griego por excelencia. Es hora de poner muy en alto nuestro verdadero autoconcepto y mejorar nuestra engañosa autoestima. Es hora de sentirnos orgullosos de nuestra identidad, de parecernos a nosotros mismos. Es hora de paradigmatizar lo nuestro sin estigmatizar lo exótico. Es hora de sentirnos orgullosos de nuestra raza y de nuestra cultura. Es hora de recuperar lo nuestro. El idioma es cultura, por eso, cuando se enseña un idioma se está enseñando tácitamente la cultura de ese idioma. En Cajamarca existen alrededor de veinticinco mil quechuahablantes entre monolingües y bilingües, principalmente en Porcón y Chetilla, y la lengua awajún tiene alrededor de treinta y nueve mil hablantes. Nuestra provincia fronteriza de San Ignacio cobija a un gran número de ellos. Sin embargo, el Ministerio de Educación, la Dirección Regional de Educación y la flamante UGEL de Cajamarca se dan el lujo de ignorar estas lenguas tan nuestras. NO han colocado hasta la fecha ningún profesor de quechua o awajún, ningún profesor bilingüe, ningún facilitador de alfabetización bilingüe quechua o awajunhablante, a pesar de que, en este caso, Cajamarca está considerada como una de las regiones con mayor índice de analfabetismo del Perú. ¿Adónde recurrir para buscar a la tan ambicionada educación inclusiva? En estos contextos, en honor de la justicia y de la vieja Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, se debe exigir que el currículo de todos los niveles de la educación peruana considere, en lo tocante a la enseñanza de idiomas, por cada hora de idioma extranjero que se dé, una hora de idioma nativo; es decir, por cada hora de inglés, por ejemplo, se dé una hora de quechua  en las zonas de influencia quechua, o una hora de awajún, asháninca, shipibo, bora, ticuna, jíbaro, jebero, culina, campa ashéninca, campa caquinte, chamicuro, iñapari, machiguenga, campa nomatsiguenga, piro, resígaro, yanesha (amuesha), candoshi-shapra, harakmbut, huitoto, ocaina, achuar-shiwiar, huambisa, amahuaca, capanahua, cashibo-cacataibo, cashinahua, matsés-mayoruna, sharanahua-marinahua, shipibo-conibo, yaminahua, nahua, yagua, urarina, ese eja, ticuna, orejón, secoya, omagua, cocama-cocamilla, arabela, iquito, taushiro, entre otras. Esta exigencia viene como un clamoroso acto de justicia. Lima no es el Perú. El Perú es toda esa inmensa multitud de recursos naturales, climas, razas, culturas, y modos de pensar y de hablar que posee su gente. El Perú es un país biodiverso, multiétnico, pluricultural y multilingüe −he allí nuestra más grande y enorgullecedora riqueza− y a todo ello se le debe brindar un trato decoroso, justiciero y Humano.

 

Cajamarca, 20 de abril de 2010.

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*Jacinto Luis Cerna Cabrera. Lic. En Educación en la Especialidad de “Lengua y Literatura” Graduado en la Universidad Nacional de Cajamarca, Ex Especialista de Educación Bilingüe, Quechua-Castellano en la Dirección Subregional de Educación de Cajamarca. Sec. Cultura, Promoción Científica y Académica del Sindicato Único de Docentes U. Nac. Cajamarca, Director del Consejo Académico de la Academia Regional del Idioma Quechua de Cajamarca, ha escrito gran cantidad de artículos periodísticos muy ilustrativos que ha sido publicados en diarios y revistas de Cajamarca, ha publicado Leamos y comentemos libro de lectura para los primeros grados de Educación Secundaria.

 

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