SALUDO POR EL DÍA DEL MAESTRO

 

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Miguel Arribasplata Cabanillas

 

Los dones de la amistad y el empeño audaz que asumí para ser abrasado por la profesión docente, me permiten extender mi saludo a los maestros peruanos, en especial a los profesores y profesoras de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, señera cuna de la educación pedagógica peruana, en cuyas aulas ejercieron su magisterio Enrique Guzmán y Valle, Walter Peñaloza y una selecta nombradía de hombres y mujeres al servicio de la educación.

Abrasado es la palabra que me viene a la memoria, porque el magisterio, en su ejercicio, representa un fuego, una pasión rutinaria, desencantada y elevada a la vez. Y que siempre me interrogo en este día: enseñar, transmitir, son ejercicios delicados que en la relación con los alumnos pueden llevar a destruir o elevar sus espíritus. ¿Lo que se ha entregado y lo que se está entregando, tienen claridad u oscuridad? ¿Es legítimo este ejercicio intelectual?

Si la enseñanza es imitación, trascendencia del logos, la actuación del profesor es ejemplar por mandato pedagógico y de valores. ¿Quién enseña qué a quién y con qué fines políticos? Enseñar, educar consiste en cómo hacer de A, Z, decía don Víctor Raúl Oyola Romero. ¿Esto es así ahora? Alumnos. Los hay. ¿Discípulos? Cuánto extraña mencionar esta palabra en tiempos de virtualidad y de masiva y caótica difusión del conocimiento y la cultura.

Ser maestro desde la muda inmovilidad de un escritorio, segmentado por una pandemia universal, puede considerarse una falsificación, un acto de traición al encuentro de la elocución y respuesta cara a cara.

Pereza y mediocridad son los males que pueden destruir la vocación magisterial. A ello se suma el tenaz empeño estatal para convertir al maestro peruano en un informante semanal de papeleos burocráticos, que lo alejan de su labor consciente. Un enjambre de “capacitadores” y “expertos” son los buitres de la educación peruana, que aplican el modelo de lo que desean que sea así la educación, los que mandan. Amnesia programada.

El maestro elige la lucha que sabe, la lucha de los que cuestionan. La verdad como garante y fundamento del deseo de conocer. Desimplicación del conocimiento como posibilidad pedagógica. Vida orientada hacia la justicia. Capacidad científica de discernir. Bien preparados por un maestro, los alumnos desearían una elección de vida disponible para las aventuras universales de un justo Sujeto.

La auténtica enseñanza es una vocación. Una llamada. Responsabilidad y respuesta. El gran reto de la UNE, de educar, que implica humanizar, socializar y culturar, como decía el maestro Peñaloza. Nos hallamos en la hora nona de nuestra institución. La virtualidad en la que estamos inmersos ha puesto sobre el tapete a dos tipos de profesores. Los que utilizan la palabra como logos y los que mascullan verborrea disfrazada de política comprometida y lamento. Vidas extremas.

 

Selección natural: los que se quedan para procurar que el alumno sea el “espía” de la Idea, que es aquello que nos propone acerca de una cuestión determinada, el horizonte de una posibilidad nueva, para que el estudiante no sea víctima de las confesiones entre el ser y el aparecer. Los que se van, aquellos de la indiferencia cínica ante la ciencia, las humanidades, el arte y la verdad, dictadores de opiniones versátiles, de entendimiento, soñadores de utopías canceladas. Su alimento es la doxa, que tiene su escucha en el consenso que hace que se tolere la mediocridad repetitiva y la pobreza informativa. Alejar al alumno de los filisteos, escapistas de la responsabilidad, cuya doxa pueril se desenmascara en el acto pedagógico. Son los que, en vez de hacer magisterio, ejercen los placeres lucrativos del odio.

Hacer clase y ser clasista por convicción es otro cantar.

Escuchar las clases del maestro Guillermo Dally Romero era despertar al conocimiento, sentir que se alojaba en nosotros una luz interior forjada por el entendimiento. La sumisión como alumnos de este gran maestro, devenía en asombro e interrogatorio. Viene a cuento esta cita de Dante “hacia lo mío maestro: hora tras hora / me enseñabais que el hombre se hace eterno”. La pedagogía de don Guillermo era una profesión de fe de un hombre que entraba en el arcano fulgor del saber, el flujo de su pensamiento era ilimitado. Sus exámenes servían para reconocer la calidad excepcional y al posible heredero.

Dos meses de conferencias en el Aula de Posgrado, que dio el escritor Miguel Gutiérrez, allá por los años 80, fueron una conmoción, algarabía, tristeza, hambre de saber, para mi humanidad de proyecto de escritor. Nadie ni nada sería sin las grandes enseñanzas y conversaciones al filo de los intranquilos amaneceres en su departamento del jirón Manuel Cuadros, donde por azar del destino escribí mi novela La niña de nuestros ojos.

El maestro, al tomar en sus manos lo más íntimo de sus alumnos asume una empresa de mucha responsabilidad. Cultivar en el estudiante y en nosotros mismos las artes de la memoria, para que no olvidemos la historia y el propio aprendizaje. El hambre del significado. La indignación como filosofía seria es un deber.

“La crítica no es una pasión de la cabeza: es la cabeza de la pasión”. Lo dice Carlos Marx, el maestro del epigrama político. El preguntar despliega su más peculiar poder, abrir lo esencial de todas las cosas. La crítica también conduce al acontecimiento del pensamiento. Escuchar puede ser un goce activo. El pulso de la enseñanza es la persuasión acompañada de tensiones cordiales.

La relación docente-alumno también es otra cosa. Es una relación contractual que constituye una relación de deseo recíproco por el conocimiento, que a veces puede implicar la posibilidad de decepción.

 El linaje de los maestros cantuteños de pura cepa es solo memoria. Renovemos en nuestra alma mater, no la identidad provinciana del recuerdo, sino la del conocimiento emancipatorio. Maestros y alumnos somos iguales ante este gran proyecto. Qué paradoja, ningún maestro destacado que estudió en las aulas cantuteñas tiene asiento al lado de los que velan.

Pedro Castillo Terrones, es el primer maestro en la historia del Perú, que ejercerá la Presidencia de la República, donde el lápiz y el libro han de ilustrar la fe en un nuevo Perú.

Cajamarca 05 de julio 2021.

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