6 DE JULIO

 

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DÍA

DEL

MAESTRO

 

 

FOLIOS

DE LA

UTOPÍA

 

Y

LA HAZAÑA

DE SERLO

 

 

Danilo Sánchez Lihón

 

 

1. Ya

a estas alturas

 

En una subasta el martillero levantó en sus manos una vieja guitarra, polvorienta y desportillada.

 – A ver –dijo–. ¿Cuánto ofrecen por este instrumento?

– Dos soles –Dijo uno que ya había acumulado varios enseres en aquel remate de trastos, algunos que le faltaban piezas y otros visiblemente dañados y viejos.

– Cinco. –Ofreció el siguiente.

– Diez. –Dijo otro, que no se quedaba atrás en querer acaparar uno y otro armatoste.

Y esto quizás para después revenderlo restaurado o en el mismo estado pero en un ambiente y en una oportunidad mejor.

– Ofrezco máximo doce soles. –Dijo uno más, que estaba en la competencia de acumular la mayor cantidad de cachivaches.

El público ya a estas alturas estaba lánguido, agobiado e inexpresivo.

 

2. La abrazó

contra su pecho

 

– ¿Alguien da un poco más por esta guitarra? –Preguntó previo a dar el martillazo final el subastador, quien también quería finalizar cuanto antes el remate de dicho objeto.

Fue en ese momento que desde el fondo de la sala avanzó un señor con pasos lentos pero seguros.

Ya delante, pidió revisar el instrumento.

La guitarra felizmente tenía todas sus cuerdas puestas, que las tanteó, sopló la madera polvorienta, la palmeó hacia un costado para sacudir las pelusas adheridas y la afinó con dos o tres pulsadas exactas.

Luego la abrazó contra su pecho y bordoneó una dulce canción que emergió límpida y cristalina.

Los dedos recorrían hábiles el diapasón y las notas se desgranaban nítidas, expresivas y canoras.

Todos salieron de su arrobamiento cuando él entregó la guitarra sin decir nada y pasó a su asiento.

 

3. Era

valiosa

 

– Ofrezco cien soles, –gritó alguien con voz enérgica.

– ¿Cuánto? –Preguntó el martillero, sin creer lo que sus orejas habían oído.

No se dejó esperar otra voz que dijo con énfasis:

– Doscientos soles.

– ¿Qué?

Al parecer no importaba que aquella guitarra estuviese dentro de otros objetos desechables.

Todos habían apreciado que estaba enteriza, cabal, íntegra. Y que era valiosa.

A todos había quedado evidente que de su caja surgían melodías espléndidas, como aquella que se había dejado escuchar hacía unos minutos.

– Yo ofrezco trescientos soles.

– Quinientos. –Dijo un tercero, desde atrás.

 

4. Evidente

el sentido

 

Y siguió subiendo de manera milagrosa y de modo exponencial el precio de la guitarra.

Creció en proporción geométrica. Y, es más, astronómica. Desde los dos soles miserables y angurrientos del inicio hasta sobrepasar ya a los quinientos soles.

¿Qué había pasado?

¿Qué suceso sorprendente había acontecido para que el valor de ese artefacto subiera de dos soles a quinientos, y más todavía, en menos de unos minutos?

Ocurrió un hecho simple, aunque si se lo aprecia bien, asombroso.

Aquel hombre que avanzó hasta el escenario puso en valor a la guitarra.

Hizo evidente el sentido que ella tenía.

 

5. Vibrar

las cuerdas

 

Demostró que de esa caja de madera polvorienta surgían nobles, afables y tiernos sentimientos.

Hizo evidentes sus virtudes, su potencialidad y su trascendencia.

Esa es la obra de un maestro: ¡dar valor a todo lo existente!

La guitarra antes estaba inerte y gracias al talento del hombre que la tocó ahora desprendía bellas melodías, pese a estar en silencio.

Antes, a lo más, valía doce soles. Ahí iba a quedar su precio. Ahora en relación a dicha tasa su valía era abrumadoramente superior.

Porque alguien lo supo pulsar. Alguien tuvo el don de saber acompasar sus manos sobre su cuerpo y su alma en espera.

Ello presionando los dedos de una mano en el diapasón y los otros dedos pulsando y haciendo vibrar las cuerdas en la boca del instrumento musical.

 El otro factor es que la guitarra estaba hecha para producir música. Era su esencia, su estructura y su destino.

 

6. Realidad

aún no visible

 

Estaba inmersa en su clave de poder interpretar las cadencias y los compases que un ejecutante diestro podía extraer de la índole que tenía y estaba hecha.

En ese acto de confluencia del mundo de adentro con el mundo de afuera, y viceversa, que es en donde radica la virtud y la proeza de lo que es la educación.

En la capacidad del maestro para desde el exterior saber ingresar al mundo interior, y extraerlo hacia afuera, de lo que aún no es visible, ni audible, ni siquiera evidente.

De allí que mientras seguía la puja el martillero recibió una nota del dueño del lote de objetos en venta, separando la guitarra del remate general, y se informó:

– Esta guitarra se ha retirado del conjunto de objetos en venta.

¿Por qué? Quizá porque se demostró que estaba íntegra, que no le faltaba nada, y tenía prodigio. Quizá que ese no era su escenario.

 

7. Maestros

de a verdad

 

Hubo protestas, pero aquella posibilidad estaba contemplada en el reglamento. La guitarra fue retirada con unción y colocada reverente sobre una mesa.

A partir de ese momento todos despertaron del letargo en que habían caído. Y esa es la hazaña de la educación y la probidad del ser maestro, despertar del letargo.

Es saber presentir los contenidos de adentro, las potencialidades de que los seres son capaces; así como el de poder cambiar los escenarios para los seres que educa.

Su hazaña es demostrar que su actuación es ejecutada con mano maestra, que no se equivoca, que no da notas en falso. Y que más bien se imbuye como ejecutante de una misión suprema.

Siendo capaces de hacer que el público, y quienes forman parte del contexto en su acción de educar, vibren y se conmuevan.

Y se sientan engrandecidos de saber que en ellos y en cada situación que se vive habita lo valioso. Eso es educación. Y es eso ser maestros de a verdad.

 

 

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