Ir a Presentación Textos alusivos al Día de la Madre

APRENDIENDO A LEER CON MAMÁ
Carlos Cerdán Moreno
Cuando era un infante de jardín y como aún no sabía leer, mi mamá me leía unos cuentos que me compró mi hermano mayor, Marco, que aún conservo, con nostalgia. Esta acción, que mi mamá me lea cuentos, me hizo comprender que esos curiosos trazos negros, las letras, “tenían” el cuento y que mi mamá sabía contarlo, así que no había por qué preocuparse, tenía los cuentos asegurados, salvo en los casos que no estaba ella para leerme, pero no era tan grave, porque otras fuentes de “letritas”, como los libros, todavía no llamaban mi atención si no tenían dibujos… hasta que empecé a toparme con las revistas de historietas. Pero no había problema, la imaginación superaba la falta de mi lectora y me contentaba con ver la secuencia de dibujos, adivinando de qué se trataba la historia.
En cierta ocasión, cuando tenía 4 años, viajé a Bambamarca con mi tía Elena y, una de esas noches, cuando visitamos a algún familiar o quizá a algún vecino, te topé con otra fuente de letritas, con dibujitos. En esta ocasión, en una revista de historietas, conocí a un hombre vestido de color azul, con una trucita, como calzoncillo, encima de su traje ajustado, con un escudo en el pecho y con una capa roja. ¡Era Superman! Pero esa vez se trataba de un Superman ¡anciano! que estaba caído, apoyándose en una mano y levantando la otra, suplicante, frente a una especie de vaquero que le disparaba un rayo en la frente. ¿Qué estaba pasando? En la historia se veía a ese vaquero, con cara de “malo” que tenía un caballo blanco alado, como Pegaso. Tomé una “foto mental” de la carátula de la revista. Tendría que buscarla en mi Cajamarca.
En setiembre de 1976, cuando tenía 5 años, mi hermano mayor, Marco, llegó con un amigo a casa para que me tomara una fotografía "casual" en la que posé en el patio de la casona de la srta. Yolanda Rocha Rubio, en el Jr. del Batán N° 246, donde vivía. Recuerdo el evento porque tengo en mi poder la famosa foto, fechada, y porque no solo pasó eso, sino que luego ese amigo entró a la casa a conversar con mi hermano y yo estaba de "cola" pues vi que el amigo en cuestión había traído un objeto que llamó mi atención y que accedieron a prestarme, tal vez para dejarlos tranquilos. Era un voluminoso libro, con muchos dibujos de un pajarito azul, pecho blanco, y copete rojo, ¡era un libro de historietas del Pájaro Loco! Lo revisé de arriba abajo, todavía sin saber leer, tratando de adivinar de qué se trataba la historia. Esta vez me sentí muy frustrado porque, luego de conversar un buen rato con mi hermano, su amigo llevó el libro y solo quedó el recuerdo... y unas enormes ganas de aprender a leer.
En ese entonces en el jardín de niños se aprendía manualidades: hacer bolitas de papel, pegarlas, cortar y pegar, colorear, hacer trazos y otras "niñerías", pero no nos enseñaban a leer sino recién en primer grado de educación primaria; así que disfruté de las "niñerías" en el querido Jardín N° 55, que funcionaba en Jr. Dos de Mayo # 679, cerca a la esquina con Jr. José Sabogal.
He allí lo interesante del caso: había un niño ávido de leer porque su mamá no solo lo mimó, sino que también le leyó los clásicos cuentos de caperucita roja, la liebre y la tortuga, el patito feo y otros, con lo cual estableció una conexión entre los dibujos con esas curiosas manchitas negras, las letras, conformando una historia; además vio que había revistas de historietas que llamaron su atención. En esa ocasión de la foto se había topado con un gran tesoro que podría haber leído, pero por no saber hacerlo, se lo perdió.
Entonces, luego de ello, no recuerdo exáctamente cómo, ni en qué tiempo, pero mi mamá me enseñó a leer antes de iniciar la educación primaria ¡Ya era independiente! ¡Ya no era un bebé a quien había que leerle los cuentos! Quizá no recordaría esto si no fuese porque, al iniciar mi primer grado de primaria en el Centro Educativo Experimental Antonio Guillermo Urrelo (que funcionaba en el José Sabogal), mi mamá me encomendó una misión: que le muestre a mi profesora de primer grado que yo ya sabía leer.
No recuerdo los detalles exactos, si acaso estuve nervioso por la misión, si acaso no quería del todo hacerlo, solo recuerdo que, al estar en clases, en un momento en el que la profesora se sentó tras su pupitre ¡zas! aparecí a su lado:
— Profesora Berta, yo ya sé leer.... y dice mi mamá que le lea.
Una sonrisa en su rostro, condescendiente. En mis manos tenía el libro texto que utilizaríamos ese año, el libro Amigo. Aceptó y me dijo que leyera un segmento y fue así que inicio mi vida escolar "seria", ya no esas niñerías del jardín… aunque, no, las “niñerías” no se habías acabado: en ese entonces, a los niños se les enseñaba a escribir y leer mediante el silabeo, así que tuve que lidiar con “mi ma-ma me mi-ma”; “tito juega con dora”; “la mama pasea con rosita” etc. (todo en minúsculas y sin tildes, todavía).
Pero eso no duró mucho, porque como ya sabía leer, pronto me convertí en parroquiano de los lugares de alquiler de revistas de historietas: el frontis de la entonces Casa del Maestro, en una casona al frente de donde todavía venden los periódicos, en la cuadra 1 del jirón Del Batán, y también en el mercado central, en una de los pasillos que sale hacia la calle Apurímac. Los puestos de alquiler eran simplemente un marco de madera atravesado con varias hileras de un cordel donde se colgaban las revistas. En el primer caso leíamos sentados al borde de la vereda, o apoyando la espalda contra la fachada de la casona. En el segundo puesto creo que había banquitos para los lectores.
Estos eran un centro de cultura… cultura foránea, pero era lo mejor para desarrollar el hábito de la lectura. Había muchos lectores, grandes y pequeños, que no podíamos darnos el lujo de comprar las revistas, pero las alquilábamos y disfrutábamos, allí, en una vereda, siguiendo las aventuras de nuestros héroes preferidos, como Superman, Batman, Spiderman, Llanero Solitario, Fantomas, Kaliman, Aguila Solitaria, El Santo (el enmascarado de Mexico), etc.
Algunos años después de esto sucedió el reencuentro: volví a toparme con la ansiada historia de Superman y Terraman. Estaba muy emocionado. Leí la historia ávidamente. ¡Éxtasis total! La emoción de entonces vuelve a surgir ahora que escribo esto… y todo porque, además que mi mamá me mimó, también me enseñó a leer.
Muchas gracias, mamá.
