Día de la Madre

 

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¡FELIZ DÍA DE LA MADRE, TÍA JUANITA!

Evelyn García Tirado

¡Feliz Día de la Madre, tía Juanita! 😊¿Sabes una cosa? Creo que eres la única persona que me ha querido de verdad en este mundo. Los recuerdos que tengo de ti en los primeros cinco años de mi vida son algo esporádicos. Venías a casa solo los domingos, en tus días de libra, y siempre me gustaba observarte, ver en ti esos ojos seguros y que a veces parecían serios, pero siempre llenos de ternura y bondad. Esos ojos tan profundos. Trabajabas en la casa de una familia francesa que estaba por El Golf de San Isidro. Recuerdo que era la casa más maravillosa de cuantas he visto en mi vida, no solo porque era enorme sino porque sus jardines y habitaciones eran de los más elegante y confortable. Los muebles, alfombras y accesorios eran todos delicados y de primera calidad y tú te movías entre ellos con una seguridad y habilidad que siempre envidié y admiré. Esa casa tenía muchos salones grandes y pequeños con cortinas y tapizones mullidos y gruesos, todo lo cual tú siempre mantenías brillante y en orden. Qué estupendo hubiese sido quedarse dormido en uno de esos saloncitos, pero los muebles eran tan blancos y bellos que daba miedo siquiera sentarse en ellos. Los dormitorios de los niños estaban llenos de juguetes traídos de Europa tan lindos como yo jamás había visto antes. Sobre todo, el dormitorio del niño tenía un robot que casi era más alto que yo y miles de carritos y pequeños artefactos rodeando ese juguete enorme como a un diosecillo. Pero eran las revistas juveniles que estaban regadas por el piso lo que más me impresionó, con sus diseños divertidísimos y sus colores brillantes cuando se trataba de historietas y suaves cuando contaban una historia con humanos en los intermedios. Me llevaste a la cocina, estábamos cerca de Navidad, me presentaste a tus amigas, y una de ella me preparó un chocolate caliente riquísimo y me lo sirvió en una taza de un celeste tan suave como un cielo en calma, jamás olvidaré ese color y cómo todo lo que había en esa casa me fascinaba: las puertas con sus pomos tan brillantes, la forma de las ventanas, en donde la hija de la señora Schaetzel había dibujado unas campanas rojas rodeadas con muérdago con ayuda de mucha escarcha, las puertas vidrieras, los árboles del jardín llenos de aves cantoras y misteriosas, la cancha de tenis, la pequeña casa digna de Hansel y Gretel para las visitas que se veía entre unos arbustos, los dos perros enormes como lobos pero mansos y juguetones, todo en esa casa era para mí nuevo y tenía un tinte de magia. Cuando mi madre enfermó de cáncer y quiso dejar Lima para ir a vivir a la casa que tú tenías en Trujillo, no te importó dejar ese trabajo estupendo y muy bien pagado para mudarte con ella a esa nueva vida ignota y así poder cuidarla. Tu única hija, Yesenia, tuvo que dejar a su vez su colegio y amigos para ir a estudiar a esa nueva ciudad. Mi madre decidió que yo debía acompañarles. Mi madre era pequeña y bella, pero ya estaba muy delicada. Yo insistía en que ella me cargue en el bus en que viajábamos, pero ella solo podía recostar mi cabeza en su regazo. Acordaron que yo dormiría contigo en el bus, pero en medio de la noche, me levanté con el sonambulismo que ya no me dejaría en todo ese año y el siguiente, y busqué a mi madre por todo el bus a tientas, pero solo encontré el regazo de un señor calvo. Cuando me desperté y vi bien de quién se trataba, salí de ahí dando un brinco, mientras todo el bus se reía. Luego corrí al asiento de mi mami y la persona que iba al lado tuvo que cambiarme el asiento. Solo con ella podía conciliar el sueño, pero en los meses que siguieron, ella ya estaba tan enferma, que tuve que buscar cariño en ti, y hasta a veces dormía contigo, tía Juana, y a veces incluso me escapaba de tu cama y vagaba por el jardín lleno de paltos de tu casa de Trujillo, en medio de la noche, siempre sonámbula, y hablaba con alguien que nadie podía ver. Yo creo que buscaba el recuerdo de mi madre sana y como no podía asimilar el que estuviese tan mal, me despertaba con esa idea en mi mente, que daba mil vueltas sin que pudiera encontrarle solución. A falta de mi madre, tú estabas siempre conmigo, y de tu mano exploré el jardín y vi cómo plantabas y cosechabas deliciosos ajíes, cómo cuidabas un naranjo, unos arbustos muy frondosos de hierbabuena que nos preparabas en el desayuno en forma de riquísimas tisanas, al lado de una generosa porción de cachangas calentitas. También tenías plantitas de huacatay, del cual preparabas un ají para chuparse los dedos y que servías con sopa verde de paico y papas en la mañana o cuando venía una visita especial como mi padre con su canchita serrana más. Otras veces, te las arreglabas para alejarnos de la tristeza organizando picnics en el jardín donde nos servías generosos platos de tallarines rojos con atún, papas amarillas con ají y un refresco de gelatina de naranja que nos daba en la yema del gusto. Pero mi mamá iba adelgazando a ojos vista, y a pesar de todos tus cuidados y los de mi abuela, a pesar de todos los médicos y naturistas que consultaba mi padre, ella solo mejoraba por periodos de tiempo muy cortos para recaer enseguida con vómitos y hemorragias. Fue terrible verla postrada y consumida todo ese año, nunca olvidaré su mirada triste, pero fue también un ejemplo de vida el verte siempre alrededor de ella, satisfaciendo hasta la más pequeña de sus necesidades, siempre con una actitud solícita que trataba de esconder la preocupación que la palidez de mi madre te inspiraba. Nunca podré olvidar cómo en todo momento le demostraste un amor tan incondicional que ni siquiera puedo calificar de humano, era algo que superaba todo, y ese mismo amor angelical lo entregas a manos llenas a todas las personas que tienen la inmensa suerte de conocerte: mi hermana y yo, tu hija Yesi, tus hermanas y hermanos, todos han podido disfrutar de tus cuidados y ternura, una ternura profunda de madre. Mi mami se fue consumiendo como una vela hermosa y blanca, hasta que finalmente falleció un día antes de que yo cumpliese seis años. Mi padre me había traído a Lima para iniciar mi primer día de clases en la escuela. Nunca supe que, al apagar las velas de mi pastel, la vida de mi madre ya estaba consumida. Te quedaste un tiempo en Trujillo luego del entierro de mamá, pero mi padre volvió para traerte a Lima y recuperaste así el trabajo que tenías en esa casa de ensueño francesa.

Tía, quiero que sepas que te quiero con toda el alma y que jamás podré pagarte todo lo que hiciste por mi hermana, por mí y por mis padres. Eres un ser único e increíble. Yo siempre he creído que eres una santa, porque el amor que entregas y tu paciencia proverbial no las he vuelto a ver en nadie que haya conocido en este mundo. Ese amor y esa entrega solo los encuentro en las vidas de los santos que a veces hojeo, seguro que si llego a ir al cielo contigo veré cómo Dios te corona como a una reina. Soñé el 2016 que las dos íbamos del brazo por un jardín interminable lleno de una luz blanca, hasta el pasto y el camino por el que íbamos brillaba con una luz extraña. Reíamos y conversábamos sin por eso dejar de ir del brazo, ambas llevábamos túnicas blancas. Creo que ese jardín era el cielo, pero no estoy segura de poder alcanzarlo contigo, no por ahora al menos. Otra noche soñé que iba contigo por un canal veneciano lleno de aguas verdes y turbias, y espesas como gelatina o emoliente. Tú navegabas de un modo muy brioso sobre una góndola, sujetando un remo larguísimo con decisión, mientras yo nadaba por esa agua fangosa, o trataba de flotar sujetándome con fuerza a tu barquilla. Porque tú siempre me has guiado y me has protegido y me has llevado contigo, gracias por cuidarme y por ser una parte tan importante de mi vida. Gracias por cuidar de la vida de mi madre como lo hiciste, gracias por ser mi madre cuando ella no estuvo. Te quiero y siempre, siempre voy amarte, quererte y amarte, querida tiíta, querida mamá. Ojalá tuviese tu paz y tu fortaleza, tu bondad tan inmensa. Desde el fondo de mi alma, te quiero, tía, no sé qué hubiera sido de mí si tú no hubieses existido. Sería una persona incluso más fría y huraña seguramente. Gracias por darme tanta calidez cuando la necesitaba, pero siempre te necesito, tiíta.

Cajamarca, 13 de mayo 2024.

 

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