Ir a Presentación Temas Navideños
| PORÓM PON PON, PORÓM PON PON Por Jaime Abanto Padilla. Son días previos a la navidad, esas fechas que no a todos nos alegran y que a cierto tipo de personas como a mí me acaban deprimiendo siempre. Recibo una invitación de una institución del Estado para ser jurado en su concurso de pesebres, esos nacimientos que se suelen hacer para recordar la llegada del niño Jesús. En el jurado hay un pintor excelso, también la directora de una institución cultural de un ministerio y un artista plástico famoso. Debemos evaluar todos los pesebres en varias oficinas en donde nos esperan personas correctamente vestidas con gorros de Papá Noel y mucho ambiente navideño. La mayoría son abogados, lo que le añade a nuestra labor mayor atención, pues algunos tratan de sobornarnos con sutil discreción. Como fuera, no estamos dispuestos a zucumbir ante los coqueteos de chicas lindas con minifalda que nos explican cómo elaboraron su pesebre y los elementos que usaron. Recorremos las oficinas una a una, evaluando cada detalle, cada elemento que los hace diferentes. Uno tiene hasta un pequeño molino de agua que gira y un pequeño riachuelo. En cada oficina hay mucha cortesía y amabilidad. En una nos ofrecen platos rebosantes de exquisitos potajes, lo que considero como un acto de pretender influir en el fallo final, por eso nos excusamos con amabilidad y evaluamos sin miramientos. Luego de un par de horas de recorrido entramos a una oficina en donde nos esperan 7 atractivas mujeres formadas en orden castrense. En fila correcta como si se tratase de los frascos del anaquel de una farmacia, perfectamente alineados. Todas con sus gorras rojas con filos blancos y cinturones del mismo color atados a sus esbeltas figuras. Al fondo en una esquina en solitario, casi en el anonimato se encuentra el único varón de esa oficina. Es un hombre no muy alto, con una barba algo crecida y abdomen prominente. Tus ojos vivaces parecen chisporrotear y luce unos zapatos de plataforma, sospecho que adrede para lucir de mayor altura. Aunque lleva también una gorra de Papá Noel, su aspecto es más el de un duende malévolo y perverso, a lo que suma un grueso cinturón con gran hebilla de metal. De pronto las siete mujeres entona al unísono un villancico. Sus voces suenan bien, un coro de ángeles no podría hacerlo mejor. Son fantásticas. "El camino que lleva a Belén / baja hasta el valle que la nieve cubrió... /" canta el coro de querubines. Nosotros estamos a espaldas al rincón del gordo con aires de duende. Emvelezado escuchamos ese villancico clásico y querido llamado "El tamborilero". La verdad estamos extasiados por tan sutiles timbres de voz de quienes nos han convencido que hemos alcanzado el cielo. El coro sigue cantando esos versos que además acompaña una música sutil que brota desde una computadora y que sirve de marco perfecto. Nosotros estamos embobados, concentrados al máximo. De pronto hay una pausa en la canción, un silencio inmenso se apodera, del pequeño salón. Entonces como una bomba inesperada, brota desde tras nuestro un canto portentoso que más que canto es un grito de guerra, una inmelodiosa voz salvaje y con la fortaleza de un trueno. - ¡Poróm pon pon... Poróm pon pon! - El gordo agazapado a nuestras espaldas nos cogió desprevenidos, inermes y por la retaguardia causándonos un susto casi mortal y haciéndonos dar un brinco de espanto. Volteamos a mirarlo y el hace bis: - ¡Poróm pon pon... Poróm pon pon!- Mientras esboza una sonrisa que delata que lo hizo con premeditación, alevosía y ventaja, lo que constituyen agravantes y lo delatan como el duende terrible que es. Quizás por eso lo confinaron a ese rincón silente donde permaneció desde que llegamos. Volteamos a mirarlo y le dibujamos nuestra sonrisa más hipócrita y falsa. Él está feliz. Debe haber disfrutado mucho al ver a todo el jurado que éramos cuatro, más el presidente de su institución, saltar como felinos al momento de escuchar ese grito insondable que nos asustó tan terriblemente. Al terminar la evaluación de todas las oficinas y después de entregar el acta del resultado, partimos del lugar, subimos al carro aún algo nerviosos. El pintor excelso se acerca al espejo retrovisor y se arregla los ondulado y largos cabellos - ¡Gordo de mierda! - espeta, - ¡Qué susto me dio, me puso los pelos de punta! - me dice. Al pasar por la puerta principal vemos al gordo que aunque su oficina no ganó, ha salido hasta ahí y con una mano tras de la cintura y otra en lo alto nos dice adiós con esa sonrisa siniestra. Nosotros no decimos nada. Manejamos sin decir nada aún con el susto a cuestas. Ahora sabemos que el Grinch existe. En mi cabeza suena: - ¡Poróm pon pon! ¡Poróm pon pon! Cajamarca, 24 de diciembre 2024.
|