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CUENTO EN HOMENAJE AL MAÍZ POR ESTAR CELEBRANDO LAS FIESTAS NAVIDEÑAS Ulises Gamonal Guevara. Por estar celebrando las fiestas del Niño Jesús o Niño Manuelito la última semana de cada mes de diciembre, en reconocimiento a mis padres Ulises y María Lola (+), cuando era niño y no existían los panetones, todas las familias del campo y la ciudad en vez de estos productos consumíamos con alegría los TRADICIONALES BUÑUELOS de: choclo, arracacha, yuca, zapallo o camote, con quesillo bañados por la dulcísima miel de caña, publico el hermoso cuento tradicional recogido por el Maestro y Editor Casimiro RAMÍREZ TENORIO, natural del distrito Colasay, provincia de Jaén, en reconocimiento a su notable producción cultural; en homenaje a los papás y abuelos rurales que en su gran mayoría seguirán comiendo buñuelos y como merienda gallina guisada, cuy frito con papas, bituca o michuches ahogados con achiote y manteña de chanchito vilco, asentarán la cena con una buena copa del Cañazo puro de: Valillo, Callayuc, la Capilla, San Martín de Jaén o valles de Chontalí. FOTOGRAFÍAS: Ceramio con la representación del Maíz, procede de Mórrope-Lambayeque, donado por el Dr. Dante Cervantes Saldaña. Dos micro mazorcas de maíz en piedra- proceden del caserío Pariamarca-Querocota-Chota, donación Rogelio Rufasto Zavaleta (+) se conservan en el Museo H.M.S de Jaén Escultura del maíz por Deyner Dávila Rojas Variedades de Maíz en Perú Escritor Casimiro Ramírez Tenorio, compilador del Cuento Morochito.
MOROCHITO EL ORIGEN DEL MAÍZ MORADO EN PERÚ (Del libro: El compadre Zorro y otros cuentos de Colasay-Jaén-Autor. Casimiro Ramírez Tenorio) En tiempos antiguos, en la pampa de los Anises, vivía un campesino con su esposa y una pequeña hija. La hija fue creciendo hasta convertirse en una hermosa señorita. Por esos días, el padre salió de caza y regresó con un ave que nunca habían visto por los campos de ese lugar. Cuando la hija se puso a sazonarla para la cena, encontró en el buche del ave una semilla desconocida, se la mostró a su padre y él le sugirió que la sembrara en el huerto de la casa. Después de algunos días, la muchacha vio crecer una planta muy hermosa y desconocida para ellos. La pequeña planta apareció primero como un lanzón minúsculo apuntando hacia el infinito. Luego, de una punta de del ínfimo lanzón se fueron abriendo unas pequeñas hojitas alargadas. Y al cabo de una semanas la planta había desarrollado un firme tallo leñoso parecido al de las cañas, y sus hojas lanceoladas eran sacudidas por el viento. Pasaron otras semanas más para que la desconocida planta despuntara una extraña flor en la parte superior del tallo y para que, al mismo tiempo, brotara desde uno de los nudos centrales de su tallo una envoltura de hojas duras que apuntaban hacia arriba, con un pequeño mechoncito de fibras amarillas. Los delgados y frágiles hilillos brillaban bajo el sol como si fueran de oro. La muchacha no dejaba de visitar a su hermosa planta, y al ver el mechoncito de oro, empezó a peinarla todos los días. A veces, incluso le hacía algunas trencitas como si se tratara del cabello de una niña. Y la planta parecía estremecerse cuando la sentía llegar, agitaba sus hojas, aunque no hubiera viento. En la época más calurosa de año, sin embargo, la jovencita empezó a sentir algunos malestares extraños y no pudo ir ir a ver a la planta por varios días hasta que, finalmente, del pobre vegetal no quedaron más que unas hojas secas replegadas contra un tallo también seco y parecido a caña solitaria. La salud de la jovencita, al mismo tiempo, parecía empeorar, por lo que sus padres se vieron en la necesidad de llamar al curandero del poblado más cercano y este, luego de examinarla detenidamente dijo que aquellos males se debían a un reciente embarazo. -¿Embarazada? ¿De quién, Dios mío, de quién? - dijo la madre cubriéndose la boca con las manos. Ni los padres, ni ella misma lo sabían. El alumbramiento se produjo finalmente, y nació un niño robusto pero con una extra particularidad: el lado derecho de su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, era de color oscuro con los cabellos desortijados y el ojo verde y los cabellos tan rubios como los de la planta que hacía meses atrás la jovencita peinaba todos los días. -¡Morochito! -dijo el abuelo-, su nombre será Morochito!. Y el niño se quedó con el nombre de Morochito a pesar de que la abuela buscaba, sin poder encontrar, un nombre como convincente que resaltar el medio cuerpo blanco. No obstante. Morochito, desde el primer día de su vida se convirtió en engreído de la casa. El niño crecía y se mostraba muy inteligente tanto al ayudar a su madre y a su abuela en los quehaceres de la casa, como al ayudar a su abuelo en los quehaceres del campo. Una mañana, mientras desayunaban, Morochito se dirigió a los tres y les dijo: -No vayan ustedes a venderme, ni por blanco caro, ni por negro barato. -¡Vaya! -respondió, soltando una estruendosa carcajada, el abuelo-, ¿de dónde sacas tú esas cosas, hijo? ¿Cómo crees, que vender yo, a mi engreído? Sin embargo, pasaron algunos días y Morochito volvió a decir: -Abuelo, no vayan ustedes a venderme, ni por blanco caro, ni por negro barato. "Este muchacho", pensó el abuelo, "siempre sale con cosas extrañas". Otro día, Morochito, que siempre andaba pidiendo algunas cosas pequeñas a su abuelo le dijo: -Por favor, abuelito, yo quiero que me des un gusto grande. -A ver, a ver, dime -dijo contento el abuelo-, ¿qué gusto quieres? -Yo quiero que me prepares un pampillo grande cerca de la casa. -¡Ah! Y para qué lo quieres, si ya tienes el patio de la casa..., hijo. -Para revolcarme, pues abuelito. -Pero... -Por favor..., yo quiero un pampillo especial, y recuerda abuelito que no debes venderme ni por blanco caro, ni por negro barato ¿ah? -Ay muchacho, muchacho, muchacho -dijo el abuelo acariciando la cabeza de Morochito-, vamos a hacerte el gusto pero con una condición. -¿Cuál? -Que me digas después, por qué me andas diciendo que no debemos venderte ni por blanco caro, ni por negro, barato. -¡Listo abuelito! -dijo Morochito y se puso a bailar. Luego, el abuelo y el niño, con pico y pala empezaron a hacer el terraplén. Hijito, ¿ya está bien? -dijo el abuelo al mediodía. -No abuelito, todavía falta. Tiene que ser más grande. Siguieron trabajando y el abuelo preguntó otra vez: -¿Ya? -Sí, abuelo, pero tiene que estar totalmente limpio -dijo Morochito y ambos empezaron a limpiar. Cuando el terraplén estuvo bien apelmazado, Morochito dijo: -¡Listo! ¡Gracias abuelo! El abuelo que no cabía en si de felicidad, juntó sus manos sobre el pecho y levantó la mirada al cielo. -Ahora sí -dijo contento, Morochito. Se tendió de largo en el centro del pampillo, y agregó-: coge una vara y varéame. -¡No, hijito!, ¿qué estás diciendo? -dijo sorprendido, el abuelo. -¡Si, abuelito, varéame! -¡No! ¿cómo voy a hacer eso contigo? -respondió el abuelo y se arrodilló para acariciar la cabecita de su nieto sobre el suelo. El niño insistió tanto y el abuelo por darle el gusto nomás , cogió una varita de lloque y solo lo amenazó. -No, abuelo, tienes que hacerlo con todas tus fuerzas -protestó el niño, y cogiendo el mismo la va ra, golpeó el piso varias veces, dejando unos nítidos surcos sobre el terraplén. Y mirando a los ojos del abuelo, agregó -; -¡Así tienes que hacerlo, abuelo! -Está bien -dijo con seguridad, el abuelo-, ¡ahora sí! -cogió la vara, le elevó, y la dejó caer despacio, hasta tocar apenas al niño. En ese momento el niño se desgranó como una enorme mazorca de maíz, dejando a un lado los granos blancos y hacia el otro, los granos morados. -¡Ay, mi nietecito! -se lamentó el abuelo- ¡por Dios dónde está mi Morochito? Y empezó s buscarlo escarbando entre la enorme cantidad de granos de maíz que cubrían el terraplén. -¡Morochito! -gritó lleno de alegría cuando sus manos tocaron entre los granos de maíz, algo que parecía ser un pie de su engreído. Tiró con fuerza con la intención de desenterrarlo, pero en su mano solo apareció una coronta del tamaño de un brazo, con un par de granitos de maíz en el extremo, uno negro y el otro blanco, que miraban al abuelo como si fueran los ojos de Morochito.
Cajamarca, 24 de diciembre 2024. |