CAJAMARCA: UN VIAJE NO OLVIDABLE

 

Por: Ing. Fransiles Gallardo Plasencia (*)

Incluido: Cajamarca, 06 de Agosto del 2008.

 

Emocionado, por el retorno a la tierra después de seis años y acompañado de mis hijos Kory y José Arturo, para la presentación en Cajamarca de mis libros “Ventisca tu (des)amor” y “Entre Dos Fuegos, Historias de Ingenieros”, gracias a la generosidad de los poetas y amigos de siempre Bethoven Medina y William Guillén; en el terminal de buses de Civa en Lima y mientras ubican en la bodega mi equipaje, le sugiero a la azafata:

-       Señorita, por favor, que coloquen mis cositas, junto a la puerta; porque bajo en Magdalena y usted sabe, estaremos allá, a golpe de cinco de la mañana.

-       Por lo menos será a las ocho- me contesta entre irónica y comprensiva –la carretera está malograda y según parece, usted hace tiempo que no viaja a Cajamarca ¿verdad?.

Lo miro intrigado y muevo la cabeza afirmativamente y ya, en el segundo piso y frente a los amplios ventanales, aseguramos nuestros cinturones.

Pasan unas películas, la cena y la vigilia se apodera de nosotros, en toda la panamericana norte.

La odisea comienza pasadas las cuatro de la mañana, cuando el bus llega al cruce entre la Panamericana y la carretera “de penetración” a Cajamarca. Realmente resultó de penetración.

Los baches y el encalaminado de la vía, nos despiertan, sobresaltados.

El bus se balancea y los asustados viajeros (voy con un grupo de turistas extranjeros) del segundo piso, pareciera que estamos meciéndonos sobre una hamaca inmensa o mejor dicho, trepados sobre la copa de un árbol azotados por un vendaval del trópico.

El marcador electrónico de velocidad de la sala, oscila entre cinco y treinta kilómetros la hora. ¿Quien puede viajar a esa velocidad, en un viaje interprovincial?.

Mentalmente voy contando los baches y ya me acerco a los tres mil, antes de llegar a Gallito Ciego.

Los rompe muelles son un crimen contra los pequeños autos. Son rompe carros y existen, uno cada doscientos metros.

Mi hijo me pregunta, porque han hecho esos rompe muelles, si la carretera está tan malograda.

No se que contestarle. No entiendo, a que inteligencia sobre humana, se le ha ocurrido tomar esas decisiones y autorizaciones. Con las disculpas de mis amigos y colegas ingenieros.

Por mi profesión de Ingeniero Civil, graduado en la UTC de Cajamarca, soy un viajero consuetudinario de las rutas del Perú y puedo decir, sin temor a equivocarme: Que en ningún lugar de la patria he encontrado una carretera en estas condiciones. O es una carpeta asfáltica o es una trocha carrozable.

Además, sin tantos rompe muelles. ¿Serán mas de mil?. Yo me quedé contando doscientos treintaisiete.

Levantando polvareda y por nuestro costado, circulan volquetes de catorce llantas de Cemento Pacasmayo, caravanas de cuatro vehículos pesados cargados con repuestos para la minera Yanacocha y trailers de veintidós llantas de una empresa TRC. Creo que conté catorce, esa madrugada.

A un costado de la maltrecha carretera hay un Toyota blanco rodeado de toda la familia, quienes miran iracundos y apesadumbrados, como un rompe muelles ha destrozado el tubo de escape. Con este ya van tres autos, varados en la ruta.

¿Querrán volver nuestros queridos y sufridos paisanos?. Talvez sí, somos medio masoquistas y además, la tierra llama.

¿A quienes maldecirán?. Sospecho de algunos candidatos.

¿A alguien le arderán las orejas, como decimos en la tierra?. Con toda seguridad, que sí.

Hago memoria y comparaciones con las carreteras peruanas por las que he transitado. Talvez, sólo se iguale  a la de Macusani-San Gabán en Puno, Carhuamayo-Paucartambo-Oxapampa en Pasco o Lunahuaná-Yauyos-Huancayo en la sierra de Lima.

Con una salvedad: Antes de viajar, sabemos que son trochas y debemos estar preparados para ello.

Algunas preguntas y reflexiones flotan en mi cerebro:

¿Cómo es posible que siendo Cajamarca, después de Cusco y Huancayo, la ciudad serrana de mayor transitabilidad; tenga ese desastre de carretera?. Si es posible.

¿Cómo es posible que teniendo Cajamarca a la minera Yanacocha, una de las mayores explotadora de oro del mundo, y de más alta rentabilidad en el Perú, tenga y se merezca esta carretera?. Si es posible.

¿Como es posible que  Yanacocha a través de sus tercerizados traylers de alto tonelaje y los volquetes de cementos Pacasmayo hayan destruido la carpeta asfáltica, diseñada para tránsito mediano y buses de pasajeros; convirtiéndolo en una inhumana vía y no hayan podido repararla?. Si es posible.

¿Y nuestras paisanas autoridades y representantes?. Como siempre. Bien gracias, no hay de que preocuparse.

Supongo, viajarán en avión. No, como nosotros: Simples ciudadanos de bus, comunes, silvestres y mortales cajachos.

El sol se aparece pasando Chilete, pintando los cerros grises con su paleta de indefinibles colores.

Recuerdo a mi padre diciendo: “No importa que se malogre el carro, un rato a pie y otro rato caminando, a mi tierra llegaré”. La tristeza empaña a mi alma.

Son las ocho y treinta de la mañana y llegamos a Magdalena.

Mientras bajo mi equipaje, la azafata entre irónica y comprensiva, me dice:
      -    ¿Tuvo un buen viaje, señor?.

-       Si, gracias- le contesto –pero la carretera está hecha una desgracia- mientras escucho el eco de la banda de músicos celebrando la Fiesta de mi tierra y los cohetes resuenan en su cielo azul claro; asustando a los perros, que se refugian presurosos en las casas de sus dueños.

-       Se lo dije- me contesta –y que se divierta.

-       A que hora estarán en Cajamarca- pregunto

-       Diez y media, supongo- cerrando la portezuela, reinician el viaje.

“Seis horas para ciento sesenta kilómetros”. No se necesita ser un genio de las matemáticas para hacer cálculos.

Recuerdo los viajes de mi niñez,  de Magdalena a Cajamarca sobre la caseta del camión de don Segundo Correa.

Salíamos a las ocho de la mañana y llegábamos a las cinco de la tarde: Nueve hermosas e intensas horas de viaje; entre el caluroso sol, la emoción de las primeras aventuras, la polvareda que hacían más trinchudos nuestros trinchudos cabellos y casi siempre las lluvias, con truenos y relámpagos que nos mojaban hasta el alma.

            “Soy pajita de la jalca / que todo el mundo me quema/

            El consuelo que me queda / que he de volver cuando llueva”.

Los brazos y los abrazos de mi hermana y mis sobrinas, me impiden seguir pensando, recordando y sollozando.

Pero este, es un viaje no olvidable.

Y no solo para mí, con toda seguridad.

(*) Ingeniero Civil, escritor y poeta.