Mitos y Leyenda de San Miguel de Pallaques

 

“LA VIRGEN DEL ARCO”

Escribe: Antonio Goicochea Cruzado.

Corrían  las postrimerías del siglo XVII, en San Miguel de Payaques, pequeña ciudad de la Sierra Norte del Perú, antiguos dominios del Reino de Cuismanco; y, posterior Cacicazgo de los Astopilco.  San Miguel, debió de ostentar un sitial de preferencia en el concierto de los pequeños pueblos de lo que posteriormente sería  el Departamento de Cajamarca ya que contaba, entre otros signos relevantes con un Convento de  la Orden de los Mercedarios.

Esa tarde, coloridos celajes pintaban el crepúsculo en  el horizonte de El Pabellón, de repente las campanas del convento tocaron a arrebato, sus sones invadieron las calles y casas del pueblo, por todos los rincones y se esparcieron por los campos aledaños, a Nihuilán, Cruspampa y Chulis, a Jangalá, La Banda y Sayamud. Como las campanas solo eran así tocadas cuando acontecía un hecho extraordinario en el pueblo, presurosos los señores del pueblo, olvidando su habitual acicalamiento se dirigieron al recinto religioso. Las señoras quedaron en casa intrigadas, tenían que esperar el retorno de sus esposos ya que ellas no podían asistir motu propio. Los campesinos y sus mujeres, en cambio juntos, como lo hacían cada vez que echaban a vuelo las campanas, con sus linternas de regador tomaron camino del pueblo.

Con puertas del convento abiertas de par en par eran recibidos los intrigados sanmiguelinos que acudían al urgente llamado.

Los Mercedarios, hincados de rodillas, dirigidos por el Prior, elevaban plegarias. Por momentos cánticos, por momentos oraciones brotaban de boca de los religiosos.

Los pueblerinos se unieron a la plegaria, los campesinos que iban llegando imitaron la religiosa actitud. El sacristán, recibió el encargo de llamar a las mujeres del pueblo a que se apersonaran y presenciaran la buena nueva. En efecto, con mantilla y reclinatorio iban llegando las damas.

Cuando le preguntaron al Prior por el motivo de tan singular manifestación de alegría, éste díjoles, que estando la comunidad religiosa en su diaria oración vespertina, súbitamente vieron aparecer sobre el arco del portón  de ingreso al Convento, la imagen de la Inmaculada concepción de María. 

Reina de cielos y tierra

Virgen del Arco bendita,

foco de luz infinita,

fuente de amor y de fe.

 

Salvación de los mortales

lenitivo de mis penas,

fragantísima azucena,

del jardín azul de Dios.

 

Vuelve siempre tu mirada…

 

Imagen de singular belleza, bella María, bello el Niño Jesús. Todo el conjunto, estéticamente   proporcionado. No se mentiría si se afirma que incluso la serpiente, bajo inmaculados y virginales pies, adquiría extraña y bella prestancia.

Por haber aparecido sobre el arco de  la puerta de entrada, fue llamada “Virgen del Arco”. La actitud de los religiosos fue imitada por los sanmiguelinos presentes, que no eran pocos y no sin importancia social, eran los “notables” del pueblo los que ocuparon los primeros lugares y también los que entablaron respetuoso diálogo al término de   las oraciones.

Los religiosos convidaron copas de un licor elaborado con aguardiente, huevos, leche y canela; sirvieron queso, manjar blanco, rosquitas, panecitos de maíz y bizcochuelo.

Fue al calor del “agasajo”, de los bocaditos y del licor, que sin saber de dónde, surgió la idea de la realizacion de un novenario en honor a la Virginal aparición. Y así fue, durante  nueve noches, se cantó y se rezó.

Era 28 de diciembre, desde esa fecha todos los 28 de diciembre se festejaba en San Miguel de Payacques la aparición la LA VIRGEN DEL ARCO, hoy sin embargo se realiza los 29.

 

Colofón

 La fuente oral que sirvió de base al relato fue don Arístides Ortega Cruzado, el refirió al que escribe, que en realidad los Mercedarios hicieron venir desde España, a ocultas del pueblo, un eximio pintor, que  premunido de pinturas y pinceles con cuidado sumo pintó a la Inmaculada Concepción de María, después de concluido su encargo, también oculto, dejo lares sanmiguelinos. Los religiosos con la intención de generar una preferente devoción a su Patrona, idearon tal ardid: el de la aparición. Los Mercedarios, conocedores que una sociedad sin símbolos es poco unida, conocedores, también que los símbolos y los actos de masas (como los ritos religiosos) integran, vieron la necesidad de dar una “imagen símbolo” a San Miguel y el consiguiente rito.

  

LA VIRGEN DEL ARCO EN EL TEMPLO ACTUAL

 El convento de los Mercedarios, se ubicaba en el terreno que hoy ocupa la Institución Educativa 82736 “Manuel Sánchez Díaz”, antes Escuela Pre-Vocacional de Varones Nº 73; y, mucho antes, Centro Escolar de San Miguel, a espaldas del actual templo.

Cuando los Mercedarios dejaron San Miguel, la capilla conventual fue conocida como Capilla del Sagrario.  Cuando se construyó el hermoso templo que ahora conocemos, el señor Victoriano Saravia Ríos, al realizar el diseño reservó en el ala izquierda del recinto religioso un espacio para ser ocupado por la Imagen de la Virgen del Arco, planteamiento que respetó el arquitecto señor Héctor Castro, esposo de doña Elisa Serrano.

Para el día del traslado fueron convocados los más fornidos sanmiguelinos, quienes bajo la dirección del constructor el señor Castro, que premunido de arneses, lazos y poleas, ideó un ingenioso aparato con el que trasladaron, con sinnúmeros cuidados al trozo de pared de adobe que contenía la venerada imagen.

Ya en el lugar, la primera década del siglo pasado, se contrató los servicios de un pintor limeño, quien colocó en el cielo, el sol y la luna; y, los ángeles que circundan a la Virgen. Se cuenta que el pintor tomó como modelo angelical a un niñito, de ese entonces de nombre Enrique Quiroz Quiroz, hermano menor del señor Artidoro Quiroz.

Por los setentas, el pintor y ebanista señor Eduardo Huangal Castro “Paluyo”, confeccionó el marco de madera que guarda el cuadro.

El año de 1984, el pintor sanmiguelino Don Juan Villanueva Novoa “Pandoro”, restauró el cuadro, tal como ahora se ve. Los gastos fueron subragados por su devota doña Adocinda Contreras de Torres.

 

LA FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DEL ARCO

Hasta la década de los sesenta (1960), la feria de “La Virgen del Arco”, se celebraba  con acendrada devoción y con presencia multitudinaria. Se congregaban en San Miguel de Payacques (de Payac, no de Pallaquear), devotos y comerciantes de Cutervo, Chota, Santa Cruz, Hualgayoc, Cajamarca, Contumazá, San Pablo, Chepén, Reque, Saña y Chiclayo. Los de Hualgayoc, Cajamarca y de la Costa lo hacían por medio de camiones, pequeños, con llantas unitarias posteriores y con cadenas de hierro para salvar los charcos de nuestras carreteras en lluvias. Los restantes lo hacían a lomo de acémila. Los etenanos (de Eten), los “Dulceros de Saña” y otros costeños, daban colorido y un sabor muy especial a la fiesta, al punto que por varios años seguidos estos comerciantes reunidos, se devotaban la celebración de las “Vísperas”, en las que había derroche de cohetes, bombardas, fuegos artificiales y globos aerostáticos; y, música ejecutada por la Banda de Música de Eten, Reque, Jayanca y de otras ciudades. A falta de hoteles suficientes, las amas de casa preparaban habitaciones familiares para albergar, a precios módicos, a los visitantes.

Todos ganaban con la festividad. Las cocinerías, como se llama en San Miguel a los pequeños restaurantes, vendían sus mejores viandas; las tiendas comerciales y bodegas aumentaban sus ventas; don César Cruzado, conocido por sus amigos como Don Venadito, como lo hacía antes su padre Don Miguel, preparaba centenares de velas y cirios producto de la fundición de arrobas de parafina; los bautizos y matrimonios de importancia eran reservados para estas fechas. En no pocas festividades el obispo de la Diócesis de Cajamarca, realizaba la confirmación de centenares de niños.

Destacaba la presencia de comerciantes ecuatorianos que llegaban a comprar los siempre hermosos y nunca bien ponderados tejidos sanmiguelinos.

Los potreros de Chulis y el Pabellón que albergaban a las acémilas se llenaban de ellas tanto que a lo lejos se veían como alfombras plenos de puntos negros. Los niños también ganaban de esta festividad porque cobraban unos centavos por llevar los animales a los potreros.

Esta festividad religioso-comercial era de mayor prestancia que la del Arcángel San Miguel, Patrono del Pueblo, tanto que la fiesta se extendía hasta el 6 de enero, día de los Reyes Magos. Los Mercedarios y los religiosos que les sucedieron habían logrado en la población una acendrada devoción a la Virgen del Arco. Muchas mujeres en San Miguel, se llamaban y se llaman María o María del Arco.

En la primera década del siglo pasado llegó a San Miguel una distinguida y pudiente señora, hacendada de Chongoyape (Lambayeque), que viajaba acompañada de un esclavo negro, con la intención de agradecer favores recibidos como consecuencia de una advocación a la Virgen del Arco. Como muestra de su agradecimiento regaló al esclavo para servicio de la Virgen. Hasta su muerte la sirvió con dedicación, limpiaba el altar, recogía flores y las colocaba para la Virgen, barría el tempo, limpiaba y conservaba los ornamentos sacerdotales. El sacerdote y las “beatitas” del pueblo le proporcionaban alimentación y cobijo. No se le conocía nombre, todos le llamaban “El Negro de la Virgen del Arco”.

Hoy se sigue con esta celebración, pero ella, según versiones  (apreciación)   de los mayores  “no es ni la sombra de lo que fue”.

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