LA PANDEMIA DE MI PUEBLO

Presentación      Coronavirus

Cajamarca, 11 de abril de 2020.

LA PANDEMIA Y MI PUEBLO

 

                  Melacio Castro Mendoza (Perú/Alemania)

 

En pleno ascenso de la pandemia Coronavirus, mi sobrina Amelia Alvarado me buscó para apedirme un consejo: dejar Caín, nuestro pueblo ajeno a toda cartografía, e irse a Villa El Salvador, un distrito marginal de Lima, a celebrar el cumpleaños de Elia, su hija predicadora de una secta religiosa, filial de una especie de cofradía protestante de los Estados Unidos de América.

¡No lo hagas: si vas a Lima traerás el virus a este anónimo, saludable pueblo! —aconsejé plantando mi pala al borde de un surco del sorgo que estaba regando en mi pequeña chacra. El sorgo, sabe usted, llamado también zahína, es una planta que debe de venir de la India; en mi chacrita lo cultivo como una gramínea con la que alimento a mis animalitos domésticos: una docena de cuyes y una ovejita.

Acató su sobrina su consejo pregunté.

Primero dijo que sí; que yo tenía razón. Después sucedió algo que usted no me va a creer: la pequeña población de Caín vio, tres días después de que Amelia me hiciera su consulta, cómo una carroza se detuvo, portando un atúd, ante su casa.

»Conmovido, junto a otros vecinos corrí hacia su casa justo para ver cómo Amelia, su marido Teodoro Galán, y dos de sus hijas, con ropa festiva, abordaron el vehículo. Al verme, ignoró a la vecindad, y antes de partir, me dijo: «Tío Sixto: mi hija Elia ha consultado con El Señor Todopoderoso y Él le ha dicho de que si voy a Lima, a mí y a mi familia no nos pasará nada malo. Aparte de eso, El Creador del Mundo le dio un consejo: “Tus padres, Elia anunció deben de tomar una carroza, arrendar un ataúd y con él dentro, deben de hacerse camino a Lima: cualquier control policial o militar será vencido si declaran ante los celosos
 

 

DIE PANDEMIE UND MEIN DORF

 

                  Melacio Castro Mendoza (Perú/Alemania)

 

Es begab sich zu der Zeit der massiven Ausbreitung des Coronavirus, dass meine Nichte Amelia Alvarado mich um Rat aufsuchte: Sie wolle Caín verlassen, unser abgeschiedenes Dorf abseits der Hauptverkehrswege, und nach Villa el Salvador reisen, einem Randebezirk von Lima. Sie wolle dort zum Geburtstag von Elia. Elia war Predigerin einer religiösen Sekte mit Hauptsitz in Nordamerika. Eine Bruderschaft einer evangelischen Freikirche in den USA.

Mach das nicht. Wenn du nach Lima fährst, wirst du das Virus in dieses abgeschiedene gesunde Dorf bringen. Ich riet ihr, nicht zu fahren und pflanzte weiter meine Hirse auf meinen kleinen bescheidenen Feld. Diese Sorgum-Hirse, die wohl ursprünglich aus Indien stammt, dient mir als Futter für meine Meerschweinchen und die Ziege, die ich besitze.

Stimmte ihnen ihre Nichte zu?, fragte ich.

Zuerst stimmte sie mir zu, ich hätte recht. Aber dann drei Tage später geschah etwas Unerwartetes. Unsere kleine Dorfgemeinschaft sah, wie ein ein großer Transporter, auf dem sich ein Sarg befand vor dem Haus von Amelia hielt.

Aufgeregt liefen ich und ein paar Nachbarn zu ihrem Haus und wurden dabei gewahr, dass sie, ihr Mann, Teodoro Galán und zwei ihrer Töchter im festlichen Aufzug den Transporter bestiegen.

Amelia bemerkte mich und sprach inmitten der Nachbarn vor ihrem Aufbruch zu mir :

Onkel Sixto, meine Tochter Elia hat mit dem Allmächtigen gesprochen und er hat ihr gesagt, das meiner Familie und mir nichts Böses geschehen wird, wenn wir sie besuchen. Der Erschaffer der Welt gab ihr noch einen Rat: Deine Eltern sollen einen Sarg mit sich führen und sich auf den Weg nach Lima machen. Bei einer Kontrolle
 

guardianes del orden de que el cadáver que llevan en el ataúd murió del Coronavirus. Nadie se atreverá a molestarlos; caso de que lo hicieran, un billetito de cien dólares depositado en sus manos les permitirá avnzar, y llegar a Villa El Salvador. Todos los gastos hechos y por hacer lo asumirán mis fieles hijos estadounidenses”. ¡Iremos y volveremos sanitos y buenos, tío!».

»Todos creímos estar soñando despiertos. El asunto es que, ignoro si a causa del inoportuno consejo del Señor Todopoderoso en el que confiaron mi sobrina Amelia y su hija Elia,  o de los dólares aportados por la mal llamada Hermandad Protestante, el viaje de ida y vuelta de mi sobrina y su familia, funcionó. Muy oronda, mi sobrino aal volver de Lima hizo depositar en el corral de su casa el ataúd que se le sirvió de carnaza ante los guardianes del orden, para después venir a buscarme y decirme: «La fiesta de cumpleaños de Elia, tío Sixto, estuvo muy bonita; durante tres días comimos bien, bailamos y rezamos por el bien del mundo, como nunca jamás antes lo había hecho».

—Amelia —respondí— ¡mantente, por seguridad, lejos de mí y de toda la gente! ¡Tu marido y tus hijas deben hacer lo mismo que tú!

¡Qué histeria la suya, tío Sixto! Tenga fe, como nosotros los protestantes, en Dios: ¡Él nos proteje e ilumina!

Un después, señor periodista, Dios bueno, deseo creerle por una sola vez a mi sobrina Amelia— la llamó a su lado: guardando una oportuna distancia, la vecindad de Caín, mi pueblo, y yo mismo, la vimos ser transportada por su marido y sus hijas al cementerio, dentro del ataúd con el que, en ida y vuelta a Lima, ella y los suyos se pasearon en una carroza cuyo chofer, lo supimos más tarde, murió  infectado por el diabólico mal.

¿Y qué pasó con sus hijas y su marido? consulté.

La vecindad quemó sus casas y sus cadáveres dentro.

 

sollen sie sagen, dass sie einen Coronavirus-Toten bei sich haben. Weder Polizei noch Militär werden sie aufhalten. Sollte es dennoch dazu kommen, werden 100 US Dollar an den jeweiligen Kontrollposten in jedem Fall weiterhelfen. Alle Aufwendungen werden durch meine treuen nordamerikanischen Söhne beglichen werden.

Sie schaute mir freudig in die Augen und verabschiedete sich: Onkel Sixto, mach dir keine Sorgen, wir kehren bald gesund und munter wieder.

Es schien uns, als würden wir das alles nur träumen. 

Nun ja, ich weiss nicht woran es lag - ob es der unglückliche Rat des Allmächtigen war, dem meine Nichte und ihre Familie vertrauten oder doch eher die Aufwendungen der Bruderschaft der Evangelischen Freikirche waren, die die Hin- und Rückreise ermöglichten. Nach der Rückkunft im Dorf stellte meine Nichte sehr stolz und zufrieden den Sarg in ihren Stall, da der ja mitgeholfen hatte, nach Lima zu kommen.

Sie suchte mich auf und sprach: Onkel Sixto, das Fest war wunderschön, drei Tage haben wir gegessen, getanzt, getrunken und voller Inbrunst für die Rettung der Welt gebetet. Amelia!, rief ich, halte bitte sicheren Abstand von mir und den Menschen im Dorf. Sowie dein Mann und deine Töchter. Onkel Sixto, jetzt werde nicht hysterisch. Ich wie auch alle Protestanten glauben an Gott. Er erhellt unseren Weg und beschützt uns.

„Schließlich, Herr Reporter, und hier will ich einmal meiner Nichte Glauben schenken, rief der Allmächtige sie an seine Seite und wir sahen mit gebührendem Abstand, wie Ihr Mann und ihre Töchter sie zu Grabe trugen. Im selben Sarg, der sie nach Lima hin- und zurückbegleitet hatte.

Was geschah mit ihrem Mann und ihren Töchtern?, fragte ich. Nachdem auch sie gestorben waren, brannten ihre Nachbarn das Haus nieder. Darin lagen ihre sterblichen Überreste.

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