EL TRINO DE LOS ZORZALES EN SAN ANDRÉS DE LLAPA

 

 

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Escribe Consuelo Lezcano

 

Desde Cochán Bajo con un pie en la media noche y en el uno de la madrugada, en la afectuosa casa de Alipio Barrantes Becerra, el nuevo día levanta al cuerpo caminante y doña Vilma atiza al fogón para dotarnos de un buen mate de cedrón y de cachangas del trigo de agosto.

Callejones vestidos de flores y hierbas para ramoneo de los animales reciben a los pasos que entre piedras, cascajo y resbaladeras enrumbarán  hacia Llapa. Mi guía, un adolescente de ojos zarcos, atisba el culebreo de la ruta y entre conversa y conversa nos dirigimos a las colinas. El cielo es un trigal de estrellas y la luna se enseñorea en la concavidad de azul intenso.

Yerbabuena, Tambo, Agua Dulce, El Molino: Ojos atentos en estos atajos. En los potreros el ganado rumia pacífico de bullicio. Un tuco rompe la quietud con su fúnebre música, el cuerpo se escarapela tenebroso, se estiran los pasos para evitar el canto del más allá.

Cuesta de Llapa, lengua afuera, tosiendo de cansancio, templanza de peregrina andariega, puesta a prueba en esta espalda de ascenso caprichoso.

“El camino del cielo está siempre empedrado“. Este dicho tiene valor en esta escalera fragosa, donde hasta los párpados de los ojos se vuelven virolos tratando de hallar una ruta menos dificultosa.

-         Avance, avance oiga – me dice el guía. Manos sobre la cintura, el corazón un tambor de marcha militar, las piernas obedecen a medias en estos pasos de cangrejo. Esta debe ser “La cuesta de las comadres “del cuento de Juan Rulfo,   o la subida de Cansacaballo.

Tras obligarme a proseguir por entre las pencas y lugares de Pampaverde, llegamos a Los Manzanos: ¡Música! ¡Música! “ Sierra de mi Perú, Perú del mundo, / y Perú al pie del orbe, yo me adhiero ¡”(César Vallejo ). En los atléticos eucaliptos y en los frondosos alisos gorjean los zorzales a todo buche. Es un canto esencial, único, terreno, agrícola, labriego. El campo trina de verdor, saluda a la mágica aurora. Me siento sobre una piedra musgosa y en mis cajamarquinos oídos una orquesta pajaril brinda su sinfonía emplumada.

-         Nos vamos a hacer tarde, el carro nos va a dejar – me recuerda Wilton el guía. Llegamos a los Manzanos y luego a la carretera: Llapa con sus tejados rojos y pardos, sus pastizales, su serena quietud, su gente, la más amable y amistosa de la región nos recibe.

      Pájaros de cantar, pájaros transitivos, y orejones (...) / no escucharé   ya desde mis hombros / ejecutar sus dianas de animales... (Vallejo).

Los zorzales conversan con dulces notas y con más ternura que en otras lindes del Perú en San Andrés de Llapa. Yo, Consuelo Lezcano, me dejo habitar espiritualmente por este homenaje musical.

 

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