Llegar a buen puerto

Cumplir los 50 sin querer queriendo.

 

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Por Iván Salas Rodríguez – Sociólogo, columnista periodístico.

 

Me parece increíble pero llegué, sin querer queriendo. Cuando era niño escuchaba de familiares y sus amigos que ya tenían 50 años, me imaginaba a un viejito tierno de barba blanca; 50 años eran para mí un tiempo lejano, inalcanzable.

Pero entre alegrías y penas, sueños mil y metas permanentes, he llegado.

Como es la vida, si 50 años me parecían lejanos, lo que sí me parecía imposible era quedarme sin pelo, ¡mira esa cabeza del señor, parece poto! me comentaba asombrada una prima en mi niñez.

Era imposible imaginar, ya adolescente, que vas a perder el pelo, más aún cuando estás en la playa, tienes 16 años, las hormonas están que saltan y se abrazan de alegría al ver tanto bikini y chica linda, bronceada.

Años después, para consolarme, leí una cita de otro pelado, el gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien explicaba con cariño que, lo más importante en la cabeza no eran los pelos sino las ideas. ¡Por fin me encontraba con una cita inteligente que me consolaría el resto de mis días!

Agradece, no seas malagracia, es una de las frases más repetidas de mi querida mami Mache. En efecto, culminar el primer tiempo, el primer round, merece agradecimientos muy puntuales:

A Dios, a mi gran amiga la Virgen Dolorosa (patrona de Cajamarca y su hijo, mi querido pata Jesucristo Super Star). Al amor, ternura, cariño, sacrificio, esfuerzo, tolerancia y comprensión de mis queridos padres que me inculcaron una sólida formación en valores llenos de espíritu humanista.

A mis queridos hermanos con quienes compartí los juegos más fascinantes en nuestra niñez. A mis queridos amigos de infancia, recuerdo las travesuras que sacaron más de una cana a nuestros queridos padres. A la nostalgia de los amores perdidos, los buenos momentos y las películas que nos permiten retroceden en el tiempo. A la buena música, al cine y la literatura. A mis libros, esos solitarios acompañantes en los momentos difíciles que a veces parecen eternizarse.

“No me arrepiento de nada” cantaba el dulce gorrión de París, Edith Piaf, la gran Edith, una de mis cantantes favoritas. Isadora Duncan bailando como loca, rompiendo los esquemas cucufatos de la época, Flora Tristán tristísima recorriendo el mundo, difundiendo los derechos de la mujer y los trabajadores. Mujeres a quienes admiro por su tenacidad y huella histórica.

A mis amigos basquetbolistas con quienes compartimos partidos en que se nos quedaba el alma en la cancha, a la pasión de practicar este deporte maravilloso, fundamentalmente aéreo, quizás como muestra del amor a la libertad (no es casualidad que los mejores basquetbolistas del mundo sean negros en un país como los EEU donde aún quedan rezagos del viejo y atroz racismo).

A un amigo entrañable: Ricardo Ravines, quien me ayudó a comprender la sencillez de la vida y la tertulia apasionada (de preferencia en un bar); sencillez que también leí en un pasaje de “Cien años de soledad”: la felicidad ganada en un mundo propio de realidades simples. Probablemente sea este exceso de culto a la simple vida, el motivo de serios custionamientos, amigos y amigas se enojan mucho porque no tengo casa propia, departamento, carro, ni cuenta bancaria; a propósito, escuchaba el otro día una de mis canciones favoritas: “WATCHING THE WHEELS” de JOHN LENNON :

“La gente me hace preguntas

perdida en un mar de confusiones,

yo les digo que no hay ningún problema

solo soluciones,

entonces sacuden la cabeza

y me miran como si me hubiese vuelto loco,

yo les digo que no hay ninguna prisa

sólo estoy aquí sentado haciendo tiempo”.

¿Por qué no celebras tus 50 con unas dos orquestas, me preguntaba una amiga? Pues porque no tengo el dinero – le respondí – Y si lo tuviera, ni loco para despilfarrarlo en tanto baile y trago; por el contrario, viajaría por el mundo, conociendo esos países que siempre quise conocer desde niño, apasionado por la lectura de grandes escritores que mentalmente te trasladan a uno y otro lugar maravilloso. Esta es una tarea pendiente programada para el segundo tiempo, siempre y cuando no me saquen tarjeta amarilla o algo peor: la roja, cuando te avisan que es hora de partir.

Considero la mejor época a mi joven incursión en la política. Era 1983 y tenía 20 años, empecé como delegado del primer año de Sociología en la Universidad Nacional de Cajamarca; tuve la oportunidad de leer a José Carlos Mariátegui, a quien admiré, admiro y admiraré por su sólida formación académica, moral y convicción humanista, socialista. Conocí a don Alfonso Barrantes Lingán, líder incomprendido y vapuleado dentro y fuera de la coalición denominada Izquierda Unida; don Alfonso fue un ilustre ejemplo de dignidad y decencia en el Perú.

Recuerdo cuando formé un grupo de estudio que se reunía todos los sábados por la tarde, pues no nos conformábamos con las clases; uno de los aspectos que más valoro de amigos de esta generación es la pasión por los ideales, el rechazo a la mediocridad, la corrupción o el ayayerismo que te podía conducir a un callejón con puerta al basurero, donde terminarías amontonado como un wachiturre de la politiquería criolla (que dígase de paso hoy abunda por uno y otro lado, sino miren sus actos o lean las desatinadas declaraciones de esta rara especie).

Los años 80 fueron tiempos difíciles en que los dirigentes estudiantiles de izquierda estábamos entre la espada y la lanza. En un lado, la postura enfermiza y terrorista de Sendero Luminoso y el MRTA nos gritaba: ¡lacayos del imperialismo! En la otra orilla los sectores de la derecha cavernaria, la policía y los militares nos tildaban de terrucos. Pudimos vencer a los dos extremos con IDEAS y organización, con debate, palabras que causaban escozor a la mediocridad y la intolerancia en uno y otro extremo.

En agosto del 2004 tuve el honor de ser partícipe en la lucha en defensa del cerro Quilish, el cual pretendía explotarlo Minera Yanacocha a pesar que se demostró técnicamente que esta operación sería suicida, pues el cerro en mención queda encima de la planta de agua potable de la ciudad con un ecositema sumamente frágil. Según pude investigar, el pueblo cajamarquino fue el primero en el mundo en hacer retroceder a la norteamericana Newmont (la empresa de oro más poderosa del mundo, accionista principal de Yanacocha).

Fueron 15 días de lucha planificada, organizada, pacífica (jamás toleramos un ápice de extremismo o anarquía que radicalice a la población y la conduzca al abismo). Sin un centavo en los bolsillo, dirigentes campesinos, el Frente de Defensa y el Comité Cívico Unitario de Lucha, unimos esfuerzo, mística, compromiso, trabajo en equipo; logramos ir a la mesa de diálogo (único espacio para debatir y solucionar los conflictos) y resolver el problema en 15 días bien sudados.

En noviembre del año pasado, con motivo de la gran protesta popular contra la explotación del proyecto minero Conga, tuve oportunidad de escribir dos artículos con una propuesta de agenda para discutirla en una mesa de diálogo, de manera que esta lucha histórica de Cajamarca contribuyera a plantear nuevas propuestas, nuevas reglas para la nueva minería en Perú. Lamentablemente, esta propuesta no tuvo acogida.

Quienes dirigieron esta lucha, no asumieron las lecciones de la lucha en defensa del cerro Quilish, pensaron equivocadamente que la historia comenzaba recién con ellos; se negaron a dialogar; prevalecieron los intereses personales, electorales antes que los sociales. La policía por su parte, respondió con brutalidad, ocasionando 5 muertos (precisamente el día que conmemoraba con mi familia, la misa la misa con motivo del primer mes del fallecimiento de mi querido padre. Este será uno de los días más tristes de mi vida).

Los errores de uno y otro lado han dejado el conflicto en punto casi muerto; ojalá se retome el diálogo con agenda concreta y proactiva.

Los avatares propios del quehacer político ocasionan insultos y ataques desde los cuatro puntos cardinales, incluso te puedes encontrar con gente que llega a odiarte y quererte ver aplastado por un tractor, dando los últimos movimientos a tus dedos debajo de la enorme llanta. Felizmente nunca odié, nunca conocí esta patología del cerebral; de mis padres y la vida aprendí que el odiar te ciega; tampoco me interesan los chismes y habladurías del prójimo desocupado o descomputado, recuerdo una lectura del viejo Marx (el intelectual del milenio según encuesta de la BBC de Londres) cuando citaba a Dante recomendando: “Sigue tu camino y deja que la gente murmure”

Prefiero la discrepancia con cachita, el espíritu tolerante en medio de la diversidad, la paciencia andina y el buen humor que todo lo pueden.

En fin, aquí sigo con mis virtudes y mis defectos recordando la canción de nuestra querida Mercedes Sosa: “Gracias a la vida”. Digo para terminar: con visión clara, el compromiso social erecto y eterno: ¡Salud mi querido prójimo!

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