¿Qué pasa con Transportes El Cumbe?

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Hugo REYNA GOICOCHEA

 

Ingreso raudamente a un terminal de buses en la ciudad de Jaén, a fin de dirigirme en servicio nocturno hacia Chiclayo. Es un día cualquiera de la semana pasada. En su interior un señor de apellido Burga, con una cordial sonrisa, desde un stand,  me invita a viajar en su empresa: El Cumbe. Según me indica, muy amablemente, cuentan con servicio directo hasta Cajamarca, con una pequeña escala en Chiclayo.

 

La gentil invitación de este personaje, muy ligado a la vida de esta empresa, desde sus inicios, algunas décadas atrás, me conmueve favorablemente: opto por adquirir un pasaje de Chiclayo a Cajamarca a las 7.00 horas, con la idea de llegar a mi destino, con mayor prontitud. Minutos más tarde encuentro un compañero de trabajo a quien también persuado de adquirir su pasaje en el mismo horario, incentivado por la calidez de la atención que nos brinda el señor Burga, que emocionadamente nos informa de la adquisición de nuevas unidades para brindar un servicio de calidad a los usuarios.

 

La actitud positiva de este personaje, con trato amable a sus clientes, me embarga sobremanera, porque a pesar de la gran competencia del transporte interprovincial, sus promotores, quieren mejorar la empresa que con tanto esfuerzo forjaron, convirtiéndola en la de mayor preferencia entre Chiclayo y Cajamarca, a finales del siglo pasado.

 

No obstante estas buenas intenciones, al día siguiente, ya en Chiclayo, abordamos el bus, de placa UD 3324, en el “terminal” de Bolognesi, aproximadamente con veinte minutos de retraso, para posteriormente, luego de abandonar sus instalaciones, iniciar una serie de paradas para subir pasajeros en el trayecto. Una dama, un tanto incómoda por esta actitud, increpa al ayudante por las sucesivas paradas y demoras, recibiendo a cambio, un mal trato de palabras, como que la “tía está apurada”; “dígale pue al chofer”.

 

Luego de tres horas de viaje, y habernos internado por el sinuoso trazo de la carretera de penetración a Cajamarca, hay parada obligatoria en algún sector, antes de Chilete; según el ayudante, para desayunar y hacer uso de los servicios higiénicos, que de higiénicos solamente tienen el nombre, por la suciedad y la falta de privacidad para ambos sexos.

 

Los regordetes choferes, flanqueados por su ayudante, ingresan pausadamente al interior del supuesto restaurante, depositando sus gruesas anatomías en sillas y mesa, destinadas para ellos, donde deglutan un suculento desayuno, sin mayor prisa que la de su lerdo masticar. Entre tanto el grueso de viajeros indaga respecto a precios de los platos, optando más bien por el consumo de alguna fruta o paquete de galletas, frente al alto costo de los mismos. 

 

Otros pasajeros, se desplazan, alrededor del vehículo, sumamente incómodos por el retraso y la prolongada demora de los choferes, que pausadamente, retornan blandiendo las bolsas de su refrigerio, sin inmutarse ante el reclamo airado de algunos pasajeros con urgencia de llegar a tiempo a su trabajo. Reanudado el viaje, se enciende un televisor, con muchos años de vida, cuya proyección de video es sin audio, entre tanto el ambiente interno sofoca. Finalmente arribamos a Cajamarca, luego de siete largas horas de viaje, superando con creces el promedio general.

 

Estas dos caras de la moneda, no son sino el reflejo, de la realidad del transporte interprovincial, que trata al pasajero, no como el sujeto a quien brindar servicio, sino como aquel individuo necesitado de transporte y a quien hay que esquilmar, en una sociedad donde impera una total informalidad, aún a costa de las buenas intenciones de empresarios, a quienes escapa el control de sus irresponsables subalternos.

 

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