Parrilladas, polladas, y etc., etc. en fin de semana

 

Hugo REYNA GOICOCHEA

 

Todo hace suponer que el ingenio de nuestra población, ahora con una abigarrada interacción de costumbres de propios y foráneos, no encuentra límites de imaginación, si de recursear los alicaídos bolsillos se es objeto. Hasta allí todo estaría bien; si es que en estos eventos callejeros, el consumo desmesurado de licor, no provocara escándalos, peleas y actos reñidos contra la moral y las buenas costumbres, que de buenas prácticamente ya no quedan muchas en nuestra sociedad actual.

 

Y es que para nadie es novedad, chocarse indistintamente, los fines de semana con populares bailes y jaranas en la vía pública, al son de estrepitosos equipos de sonido, con variada música popular, por hoy día, aún con las tonadas de las secuelas carnavaleras, en variopintas reuniones: parrilladas, polladas, truchadas, chicharronadas y también unshadas, las mismas que se prolongan, desde tempranas horas, hasta pasada la medianoche.

 

Lógicamente que este tipo de diversiones populares, de libertina organización y desarrollo se ha hecho ya usanza; situación que viene originando un clima de inseguridad y práctica de malas costumbres por los espectáculos que brindan, en la vía pública, los asiduos concurrentes, luego del ingente consumo de licor; que en muchos casos, da orígenes a grescas y agresiones callejeras.

 

Sobre el particular, muchos vecinos y mortificados ciudadanos, de diversos sectores de la ciudad  manifiestan su total disconformidad, ya que los organizadores o llamémosles eufemísticamente promotores, izan toldos, se apoderan de veredas, colocando sus parrillas y columnas de sonido, obligando a los peatones a desplazarse por las pistas, ante el peligro de ser atropellados por los vehículos automotores que circulan por las vías.

 

La escandalosa música para atraer a los clientes, con muchísima potencia, genera un ambiente de zozobra en los sectores involucrados, sin respeto alguno para el vecindario. No hay ningún tipo de consideración con los niños y personas adultas, que requieren de tranquilidad, unos para hacer sus tareas y los otros para descansar. Al respecto, pobres de aquellos afectados: vecinos o transeúnte que se atrevan a protestar, reciben improperios de gruesos calibres, con soez vocabulario.

 

Cuando a alguien se le ocurre llamar al Serenazgo, porque llamar a la policía es tiempo perdido; sus impotentes efectivos, solo se limitan a tratar de persuadir se  baje el volumen de los equipos de sonido, para luego emprender inclinada retirada, porque lógicamente no se cuenta con alguna ordenanza que regule este tipo de eventos en las calles.

 

Frente a esta triste realidad, originada por las ingeniosas costumbres gastronómicas y de farándulas callejeras, es impostergable una acción concreta, normativa del gobierno local. Frente a este desordenado ambiente, es oportuno que los reflexivos  regidores del Concejo Municipal saquen lustre a sus funciones y desquiten las dietas, de tres largos meses, reglamentando la realización de actividades, mezcla de comida y licor, música y flirteos  amorosos, para que los sufridos vecinos no sigan lamentándose y  no dispongan de otra opción que contener su indignación y rumiar su impotencia.

 

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