ORATORIA Y ELOCUENCIA

 

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Jacinto Luis Cerna Cabrera*

Ex docente de la Universidad Nacional de Cajamarca

Cajamarca,  29 de Setiembre del 2010.

Normalmente, el vulgo suele confundir los términos: oratoria, retórica, facundia y elocuencia. Se ha escuchado decir siempre: “fulano de tal habló bien bonito, zutano habló qué bien, mengano sabe llegar a su auditorio.” Sin embargo, estas expresiones suelen escucharse solo en nuestras sociedades caracterizadas por una irremisible pobreza educativa, cultural, económica, social y moral de las grandes mayorías. Esta se puede patentizar en una acusada deseducación, altos índices de analfabetismo, desnutrición, morbilidad y mortalidad infantiles, deficiente ingesta de calorías per cápita, pues, no se cubre ni el mínimo deseable –o sea 2 500, aunque Josué de Castro sugiere 3 000. De ello deviene otra amplia gama de lacras sociales que denigran aún más la condición humana. Allí están: el alcoholismo, la drogadicción, la prostitución, la corrupción, la delincuencia, el trabajo infantil reñido no solo por las leyes internacionales, sino principalmente por la moral y el respeto a la persona humana; luego, pensemos en el elevado número de niños, ancianos y minusválidos mendigos que invaden las calles –casi como el ejército de mendigos de que nos habla Víctor Hugo en Nuestra Señora de París–; a ello se agrega la realización de “actividades sociales” inconsultas pro fondos para salir de alguna situación “apremiante” (polladas, cebichadas, parrilladas, truchadas, cuyadas, anticuchadas, etc.), las cotidianas y tediosas “colectas públicas” pro ligas, las molestosa venta de caramelos, chicles u otras baratijas al público, el ingreso inopinado de grupos musicales aficionados en los restaurantes. En conclusión, un cúmulo de problemas sociales ocasionados por la mala distribución de la riqueza en nuestra sociedad imperante marcada por ricos y pobres. Todas estas lacras ya han sido superadas con creces en otros países de la región, tales como Cuba, Venezuela, Bolivia y, en estos últimos tiempos, también se esmera Ecuador. Los gobernantes de estos países –elegidos, en forma reiterada, con más del 70% de votos– lideran sus pueblos con un espíritu verdaderamente humano, patriótico y nacionalista. No enajenan sus recursos naturales estratégicos, ni dejan que perezcan de hambre a sus compatriotas. Jamás descuidan la educación, la salud y las actividades agropecuarias e industriales vitales de sus gobernados. Estos servicios, que son los más caros en nuestra patria, están asegurados en aquellos países. Por tanto, constituyen un paradigma no solo para nosotros, sino para el resto de la humanidad.

 

Los griegos decían que todo lo malo que le pueda venir al hombre es culpa de él mismo, y todo lo bueno que le pueda ocurrir es obra de los dioses. De ello podemos colegir que, los pueblos tienen los gobiernos que no solo eligen, sino que se merecen. Cuando un político aspira ocupar un cargo público, ya sea una presidencia, un escaño en el congreso, una alcaldía, un rectorado, etcétera, el pueblo, con un alto índice de analfabetismo strictu sensu, o funcional, suele confundir a aquel “personaje” que le habla “bonito” con aquellos que le deben hablar bien. J.M. Vargas Vila dice: “de todas las prostituciones, ninguna más lamentable, que la prostitución de la palabra.” Hay personas que recurren a la facundia, o sea a la afluencia de palabras y la facilidad para hablar; así se constituye en un eficaz instrumento de la oratoria. Precisamente, porque la oratoria se presta para cumplir aquel adagio. La oratoria puede complementar la elocuencia, pero, jamás puede sustituirla. Es que la oratoria se queda en el arte de hablar, pero, ¿hablar qué? ¿Hablar bonito? Este no es el terreno de la elocuencia. En este mismo sentido, la oratoria se vale de la retórica. Es decir se vale del arte de “bien decir”, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover, para influir en el auditorio, como decía Aristóteles (aunque en su época persuadir y convencer eran sinónimos).

 

En cierta ocasión me contó el profesor de un colegio notable de Cajamarca que, durante el curso de la procesión del Señor de los Milagros, la imagen tenía que pasar por delante de la institución educativa, en la cual, justamente, él había sido designado para pronunciar el discurso de salutación. Según me informó lo había dicho con tanta capacidad retórica y facundia, que varias mujeres e incluso algunos hombres, derramaron sus lágrimas. Él se sentía orgulloso de lo que había dicho. Eso es deleitar, persuadir e influir en el(los) interlocutor(es). Sin embargo, eso no puede llamarse elocuencia. La elocuencia exige coherencia entre la palabra y la acción. Y esto es propio de solamente algunas personas, por no decir, de los genios, profetas, o poetas. Por eso, la elocuencia y la retórica perviven como conceptos antagónicos irreconciliables. La retórica resulta ser la degeneración de la oratoria. “El retórico es casi siempre un asalariado –dice el autor de Ibis. Se debe agregar que todo elocuente es un rebelde, desde Prometeo que robo el fuego para entregárselo a los hombres, hasta Jesús que murió en la Cruz por la noble causa de la Humanidad. Son elocuentes y rebeldes a la vez, Demóstenes que levantó su vigoroso verbo contra el tirano Filipo de Macedonia (Grecia), Cicerón enfrentando al conspirador Catilina (Roma), el Padre Hidalgo de México, Bolívar de Venezuela, San Martín de Río de la Plata, José Martí de Cuba, Mohandas Karamchand Gandhi y Jawaharlal Nehru de la India, Martín Luther King de los EE. UU., Nelson Rolihlahla Mandela de Sudáfrica, Fidel Castro de Cuba, Ernesto Che Guevara de Argentina, entre otros. Y en nuestra patria desfilan desde Manco Inca, Cahuide, Calcuchímac, Túpac Amaru I y Túpac Amaru II, pasando por Mateo Pumacahua, José Olaya, los hermanos Angulo, Mariano Melgar, Francisco de Zela, Juan José Crespo y Castillo (Huánuco), Enrique Pallardelli (Tacna) y Enrique Peñaranda (Tarapacá); Micaela Bastidas, María Parado de Bellido, hasta quienes juraron y sellaron nuestra independencia en 1821 y 1824, lo que fue corroborado por nuestro coprovinciano José Gálvez Egúsquiza (1866). Hasta el soldado anónimo (Aparicio Pomares), además de ser heroico, fue elocuente; precisamente, por esa vital coherencia entre el discurso y la acción. Eso es elocuencia. El hombre elocuente es indubitablemente un vir bonus, es decir, un hombre bueno. Aquel que lucha por la libertad, el decoro de los hombres y la honra de su patria.

 

Contrariamente –como dice José martí“los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales”. En estos casos, lamentablemente, la lista no es corta en el orbe. Figuran, entre otros, Alejandro Magno de Macedonia, Ciro El Grande de Persia, Aníbal de Cartago, Jerjes de Persia, Napoleón Bonaparte de Francia, entre otros. A ellos se suman los dictadores, muy abundantes en el planeta: Hitler (Alemania), Mussolini (Italia), Suharto (Indonesia), Sadam Husein (Irak), Francisco Franco (España), Anastasio Somoza (Nicaragua), Fulgencio Batista (Cuba), Rafael Leónidas Trujillo (República Dominicana), Manuel Estrada Cabrera (Guatemala), Augusto Pinochet (Chile), Juan María Bordaberry (Uruguay), Emilio Garrastazú (Brasil), Jorge Rafael Videla (Argentina). En el poema Satrapías de Pablo Neruda se pueden confirmar varios de estos nombres. Veamos: Nixon, Frei y Pinochet / hasta hoy, hasta este amargo / mes de septiembre / del año 1973, / con Bordaberry, Garrastazú / y Banzer, hienas voraces / de nuestra historia, roedores / de las banderas conquistadas / con tanta sangre y tanto fuego, / encharcados en sus haciendas, / depredadores infernales, / sátrapas mil veces vendidos / y vendedores, azuzados / por los lobos de Nueva York, / máquinas hambrientas de dólares / manchadas en el sacrificio / de sus pueblos martirizados, / prostituidos mercaderes / del pan y del aire americanos, / cenagales, verdugos, piara / de prostibularios caciques, / sin otra ley que la tortura / y el hambre azotada del pueblo.

 

Y en el Perú, la lista es muy larga. Casi toda la vida republicana, nuestra patria estuvo gobernada por dictadores y corruptos, excepto dos de los poquísimos momentos estelares del Perú, con Ramón Castilla –que libertó a los negros esclavos– y Juan Velasco Alvarado –que redimió a los “indios” y “cholos” de las ataduras del gamonalismo inclemente– tal como lo señala Alberto Ruiz Eldredge en la obra En qué momento se jodió el Perú. Luego todos los gobiernos, con muy raras excepciones, han arremetido contra el pueblo peruano y, como consecuencia, son responsables de mucha sangre derramada, tienen muchos muertos en su haber. Por ello, desconfiad de los oradores, retóricos y facundos. Confiad siempre en los hombres elocuentes, libres y heroicos del Perú y el Mundo.

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*Jacinto Luis Cerna Cabrera. Lic. En Educación en la Especialidad de “Lengua y Literatura” Graduado en la Universidad Nacional de Cajamarca, Ex Especialista de Educación Bilingüe, Quechua-Castellano en la Dirección Subregional de Educación de Cajamarca. Sec. Cultura, Promoción Científica y Académica del Sindicato Único de Docentes U. Nac. Cajamarca, Director del Consejo Académico de la Academia Regional del Idioma Quechua de Cajamarca, ha escrito gran cantidad de artículos periodísticos muy ilustrativos que han sido publicados en diarios y revistas de Cajamarca, ha publicado Leamos y comentemos libro de lectura para los primeros grados de Educación Secundaria.

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