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Homero Bazán Zurita

MI MAMÁ ME MIMA

Mimar es “hacer caricias y halagos, tratar con excesivo regalo, cariño y condescendencia a alguien, y en especial a los niños; favorecer a alguien, tratarlo con mucha consideración; tratar algo con especial cuidado y delicadeza”. Y, efectivamente, nuestra mamá nos mima, nos “apapacha”, nos engríe, nos “chochea”, nos socorre, nos consiente, nos endulza la vida y hasta nos “malcría” (aunque estemos viejos). La llamamos de niños cuando algo bueno o malo nos pasa; y la invocamos -maduros o ancianos- en los momentos malos que todos tenemos y, según se sabe y se conoce, en el instante postrero y supremo la palabra última es mamá.

¿Por qué? Porque nacemos de su esencia, de su parte más íntima y vital, de su principal cavidad, de su centro, como de las entrañas de los montes o de la tierra. Nos lleva nueve meses dentro de ella; “flotamos” en su vientre; respiramos de lo que ella absorbe; nos alimentamos de lo que ella come. Y nos pare con dolor, pero con exultante contento. Es, sin duda, el nacimiento, un milagro más que reconocido. Y es la Madre el milagro de amor por excelencia.

Y, cuántas veces, ¡qué ingratos somos con ella! No la apreciamos, no le decimos que la queremos, no la respetamos, no la acompañamos, o no la amamos lo suficiente; por varias razones, pero más por desidia o porque la vorágine de la existencia nos apabulla y no tenemos tiempo para “esas cosas” (lo cual siempre será un mal pretexto). Y cuando ya no está, cuánto quisiéramos tenerla viva y verla aunque sea una última vez, para decirle lo que no le dijimos, porque no quisimos o no pudimos.

Siendo así, querámosla en vida. Cuando está en sus cabales y no cuando su intelecto está destruido. Cuando todavía se dé cuenta, nos reconozca y se sienta recompensada por el amor de sus hijos; no por los regalos materiales o por el “vil metal” que le hagamos llegar, sino por el premio de haber criado a personas buenas, justas y decentes, que son gratas con lo que recibieron.

En otras palabras, aprendamos y practiquemos esta sencilla máxima: ¡Yo mimo a mi mamá!

 

Cajamarca, 10 de mayo de 2020

 

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