NUESTRA IDENTIDAD

 

Jacinto Luis Cerna Cabrera

Profesor Auxiliar de la FE-UNC

 

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia, Identidad deriva del lat. identĭtas, -ātis, de ídem, que quiere decir: “el mismo, lo mismo”. f. Cualidad de idéntico. || 2. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás. || 3. Conciencia que una persona tiene de ser ella misma, distinta de las demás. En este mismo sentido, tanto el Pequeño Diccionario etimológico español, de Félix Diez Mateo, Neguri Editorial y el Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, de Joan Corominas, Editorial Gredos. 3ª edición 1973, 5ª reimpresión, 1990, corroboran estas afirmaciones.

    Consecuentemente, la IDENTIDAD consiste en valorarse como idéntico a sí mismo. Una persona posee identidad cuando se parece a sí misma, desea fervorosamente parecerse a sí misma y no a otra persona. Nosce te ipsum es la expresión que quiere decir “conócete a ti mismo”, versión latina de la inscripción griega que figuraba en el frontón del templo del dios Apolo en Delfos. Se le atribuía a Tales y a Solón. De allí la tomó Sócrates como: [Gnothi seauton gnozi].

 

Más tarde Francisque Vial, en su obra La Doctrina Educativa de Juan Jacobo Rousseau, nos dice del gran filósofo ginebrino que sabe muy bien que “si no se conoce a fondo la nación para la que se trabaja, por excelente que pueda ser la obra de sí misma, pecará siempre por aplicación”. Puesto a prueba lo solicitado para trazar un plan de gobierno y un sistema de educación para Polonia, su principal cuidado es que este sistema “dé a las almas la forma nacional”. “Quiero –dice– que aprendiendo el joven polaco a leer, lea las cosas de su país; que a los diez años conozca todas las producciones del mismo; a los doce, todas las provincias, todos los caminos, todas las ciudades; que a los quince sepa toda su historia; a los dieciséis, las leyes; que no se haya realizado en toda Polonia una acción bella ni hay existido un hombre ilustre de los que no pueda dar cuenta al instante”.

 

En la inmortal novela El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha, el protagonista principal, antes de que Sancho fuera a gobernar la Ínsula Barataria, le aconseja: “Lo segundo, has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra” (II, 42, 495, Ed. Porrúa, S.A.). A través de esta obra, Cervantes nos muestra de una forma tan sencilla como palmaria el verdadero sentido de la identidad.

 

Muchas otras obras nos hablan de identidad, de la necesidad de ser nosotros mismos, de no enajenarnos. También existen, por otra parte, otras que tratan de la no-identidad, alienación o asimilación. En La palabra del mudo, de Julio Ramón Ribeyro, en uno de sus cuentos titulado, precisamente, Alienación nos narra la historia de un personaje llamado Roberto López, un adolescente de raza negra que busca deslopizarse, aprende el inglés para ir a los EE.UU., donde presumiblemente piensa hacerse rico, se autodenomina al comienzo Boby y después Bob y se pinta el pelo de color rubio, entre otras actitudes asumidas con el afán de ocultar su identidad.

 

Un caso patético es el que nos narra el norteamericano Richard Patch en su testimonio titulado Un caso de asimilación y no-asimilación en una familia serrana, inserto en La Parada, en el que nos cuenta lo que le ocurrió a una familia puneña cuando se trasladó desde Puno hasta El Terminal de Lima, y en donde, después de que sus hijos crecieron y se acriollaron, tratan de “serranos” a sus propios padres.

 

En este mismo sentido, no podemos dejar de mencionar a Sebastián Salazar Bondy, cuando en su obra Lima la horrible nos habla de la huachafería, o cursi, donde nos muestra en forma meridiana que la apariencia de elegancia y riqueza es ridícula y de mal gusto. “Al pobre le quedan –dice Salazar Bondy– dos caminos: la subversión contra los opresores, o la infiltración entre ellos. Lo primero equivale a la violencia, mientras que lo segundo es una maniobra que se ejecuta mediante ardides, por imitación de aquellos entre quienes quiere situarse el ‘advenedizo’. Para ser lo que no es se precisa de un disfraz. Este disfraz, que genera inexorablemente la alienación o asimilación, es detestable en cualquier sociedad educada y culta.   

 

A partir de la llegada de los españoles al Perú –conquista, o invasión, como se la quiera llamar– el grupo conquistador no promovió una comunicación intercultural, sino una comunicación vertical, en la que la tawantinsuyana quedó avasallada ante la invasora. Se instauró un nuevo idioma, el castellano; se impuso un nuevo tipo de tenencia de la tierra, la propiedad privada; se propagó una nueva religión, la católica; se optó por una nueva forma agraria, el cultivo de la caña, la vid, el olivo; se implementó una nueva actividad pecuaria, la cría de ovinos, porcinos, caprinos y vacunos, y de aves de corral; se cambió el hábitat rural, campesino, por el urbano, citadino de la población, un nuevo modo de vivir en la ciudades, y, finalmente, lo más dramático, se cambió radicalmente el modelo educativo de la población. Se instauró la educación occidental, se enseñó a los que tuvieron la suerte de ir a la escuela a estigmatizar todo lo indígena, abominar nuestra raza y cultura antiguas; de tal suerte que las palabras “indio” o “indígena” sonaban como un insulto irremisible. Así fuimos perdiendo, en forma progresiva, nuestra identidad, nuestra razón de ser nosotros mismos, es decir, fuimos humillados en nuestra propia tierra, en nuestra casa. Todos los que fueron a la escuela lo hicieron con la esperanza de “dejar de ser indios o indígenas”, para que nunca más se los trate de esa manera tan despectiva. Hubo casos en los que los criollos no perdonaban ni el color de la piel: inventaron el calificativo de “indio blanco”, tan solo por la forma de hablar motosa de algunos habitantes de tez blanca y hasta colorada de las alturas de los Andes. Finalmente, no se era indígena por los rasgos fisonómicos, sino por el modo de hablar. Eso es asimilación, alienación.

 

De lo expresado podemos colegir que cuando se enseña un idioma, se enseña directa o indirectamente la cultura de ese idioma. No es posible impedirlo, pues, durante la adquisición de una segunda lengua, para desarrollar la competencia y la actuación lingüísticas se torna esencial pensar en la nueva cultura. Cuando aprendemos el español, pensamos en español; si aprendemos el quechua pensamos en quechua, si aprendemos el inglés pensamos en la cultura norteamericana o británica. No hay otra alternativa. No se puede aprender mecánicamente. Si esto último ocurriera, entonces no aprenderíamos a hablar, sino a parlotear, y esto no es propio de los seres humanos. Pero, cuál es la ventaja de aprender una lengua nativa, propia de nuestra tierra, por ejemplo el quechua, el Awajún, el aimara u otra de nuestra Amazonía. Tenemos la certeza de no olvidarla jamás, pues, existen muchos miles y hasta millones de compatriotas, paisanos nuestros que aún hablan estas lenguas; especialmente el quechua que es hablado por cerca de cinco millones de peruanos entre monolingües y bilingües. Ahora, si contamos a los hablantes de sustrato quechua, podríamos asegurar que constituyen más del 90% de toda la población; a este respecto, la mayoría de estudiosos afirma que el quechua es hablado –ya en forma directa o como sustrato– en todo el Perú.

 

Esta es la razón por la que hablamos de una educación basada en nuestra identidad, en una educación que nos permita encontrarnos con nosotros mismos, que nos ayude a conocer nuestra propia cultura, y que este conocimiento, a su vez,  nos permita sensibilizarnos frente a otras culturas. Este es el reto que debe trazarse el peruano de hoy y de todos los tiempos. Pero este análisis no es gratuito. Hay ejemplos palmarios en otras latitudes: en el norte de España, v.g., la lengua euskera es hablada por toda la Región Vascongados, sin desdeñar por cierto la lengua española; en el Paraguay, el guaraní, lengua nacional es hablado por más del 90% de paraguayos, mientras que el español tan solo por el 50%. En Francia, las políticas de gobierno privilegian la educación estatal y el estudio de sus lenguas nativas, franco-provenzal, occitano, gascón, bretón, corso, alsaciano, vasco y neerlandés, por ejemplo como fuentes inagotables de sabiduría.

 

En nuestra Patria no solo debemos redimir los idiomas nativos (quechua, Awajún, aimara, kawki, jakaru y las 44 familias de lenguas conocidas de nuestra Amazonía), sino que hay que recuperar ese acervo inconmensurable de expresiones espirituales y materiales que, felizmente, aún persisten en nuestra nación, pese a que sus hablantes han sido y son objeto de una irracional agresión física y moral de parte de sus propios compatriotas y hasta de nuestros gobernantes al implantar políticas educativas de exclusión y discrimen irreverentes. Estamos en el siglo XXI. Pueda ser que haya cambiado la forma de pensar del hombre moderno. En esta perspectiva, se hace razonable que por cada hora de inglés, francés, alemán, chino o portugués que se enseñe en la escuela oficial peruana, se debe enseñar una hora de quechua en todo el Perú, o una hora de cualquiera de las demás lenguas nativas en sus respectivos lugares de influencia.

 

Por otra parte, para lograr un verdadero equilibrio intercultural se hace necesaria la difusión en todos los niveles educativos e instituciones culturales públicas o privadas de nuestra Patria nuestra música, tradiciones, leyendas, vestimenta, danzas, comidas típicas y las demás manifestaciones artísticas que actualmente se encuentran muy venidas a menos o, peor aún, ignoradas. Ello requiere indefectiblemente un cambio radical y urgente de las políticas que rigen el funcionamiento de los medios de comunicación masiva –que deberían llamarse de comunicación pública–, a efectos de que sirvan para reforzar o corroborar las diversas actividades educativas y culturales propias de nuestra sociedad.

 

Solo por un lujo de detalle podríamos mencionar una nómina de connotados cultores de la música folclórica de la Región Andina: Ima Súmac, Siwar Q’ente, Esmila Zevallos, Florencio Coronado (gran arpista recientemente fallecido), Manuelcha Prado, Raúl García Zárate, Martina Portocarrero, Víctor Alberto Gil (Picaflor de los Andes), Irene del Centro, La Flor Pucarina, La Flor de la Oroya, La Lira Tarmeña, La Lira Jaujina, La Estudiantina Perú, El Cazador Huanca, Jacinto Palacios, Julia Campoblanco, La Estrellita de Pomabamba, La Perlita de Pomabamba, María Alvarado Trujillo (Pastorita Huaracina), Ernesto Sánchez Fajardo (Jilguero del Huascarán), La Alondra Ancashina, Dolly Príncipe, Adón Heredia, Edwin Montoya (El Puquiano de Oro), Nelly Munguía, Trudy Palomino, Jaime Guardia, La Lira Pausina, Los Errantes de Chuquibamba, Los Campesinos, Los Grauinos, y en Cajamarca nos enorgullecen La Cuyanita, Manuel Chonón, Carlos Minchán, Los Hermanos Zañartu, Los Reales de Cajamarca, Amapolita Encantadora, Silverio Urbina, y la lista se torna muy extensa. Me excuso ante los que no los menciono en esta página.

 

Esta música de la Región Andina y aquellas que identifican a las regiones Chala y Amazónica, respectivamente, deben retomarse como ejes transversales del currículo en todos los niveles de la educación nacional y en todos los medios de comunicación públicos y privados de nuestra nación. Esta es una de las propuestas, sin lugar a dudas, asertivas para recuperar y fortalecer nuestra identidad. De otro modo, nos tendremos que resignar a que nuestros niños, adolescentes y jóvenes consoliden en sus mentes y en sus corazones los moldes de culturas exóticas, con el agravante de que, si no conocen bien nuestra tierra en su geografía, en su historia, en su literatura y en su arte en general, es razonable que vayan perdiendo el amor a la Patria.

 Cajamarca, 24 de noviembre de 2009

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